Orgullosamente anticolonialistas

17 06 2016
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Marina del “Rubicón, Titeroygacat (ex Lanzarote)”. Foto: Maria Pilar Etxebarria

 

 

 

El primer asiento del colonialismo en Canarias tuvo lugar en el año 1402, en el Rubicón, Titeroygacat (ex Lanzarote) por los esclavistas y genocidas Bethencourt y La Salle, colonialismo que constituye la convergencia de dos fenómenos que acaecieron el primero a raíz de las “cruzadas”, por lo tanto en la edad media y, el segundo, en el mal denominado renacimiento europeo con el capitalismo. La apropiación de lo ajeno mediante el saqueo y el control de las principales rutas comerciales constituyen los principales objetivos de la expansión comercial europea.

La primera fase de esta expansión se inició, desgraciadamente, en Canarias a principios del siglo XV y aún no ha concluido, desde donde se extendió al continente americano, sin olvidar el enclave del colonialismo en Sudáfrica y consistió en someter militarmente un territorio de forma cruel, vil y sanguinaria para expoliarlo económicamente y esterilizarlo culturalmente, como sucedió en las colonias españolas, mediante la aculturación, proceso de recepción de otra cultura y de adaptación a ella, en especial con pérdida de la cultura propia, lo que constituye la principal herramienta del dominio colonial español, ese es el motivo por el cual actualmente no se enseña nuestro idioma materno, el wanche, en las escuelas, institutos y universidades españolas en Canarias y de ahí también la urgencia de desarrollar nuestra ancestral cultura, incluido nuestro excelente idioma.

No podemos detallar los sufrimientos infinitos causados por la bestia del colonialismo y, haciendo un salto histórico muy grande, nos remontamos a principios del siglo XIX, momento en el que las potencias colonialistas europeos perdieron el dominio de sus imperios americanos. En efecto, España, Gran Bretaña y Francia ya habían perdido la casi totalidad de sus posesiones coloniales por la lucha de liberación llevada a cabo por los anticolonialistas que condujeron a la emancipación de las poblaciones criollas, en el caso de España y Gran Bretaña, y de conquista en el caso de Francia. Respecto a Portugal y su colonia brasileña, ésta se separó pacíficamente en 1821. Las pérdidas territoriales resultaron inmensas, no así en términos económicos, debido a que no ha habido un verdadero proceso de descolonización y a que mantuvieron el dominio de las islas caribeñas (las “islas de azúcar” mencionadas por Voltaire), las cuales continuaron generando durante décadas inmensas ganancias a sus metrópolis.

La segunda fase del colonialismo comienza en el siglo XIX y adopta una forma más brutal y agresiva, si ello fuera posible, que el colonialismo de la edad media, fase a la que se denomina, por motivos didácticos, imperialismo, siendo las intenciones las mismas: someter, saquear y esterilizar territorios y sus pueblos con la excusa de “civilizar” pueblos que definían “bárbaros” o “salvajes” como en África, o culturas “decadentes” como en Asia.

El Reino Unido de la Gran Bretaña inició su expansión imperialista estableciendo puntos de interés estratégico como los de el Cabo (1814), Singapur (1819), Aden (1839) y Hong Kong (1842), así como los territorios insulares en el Atlántico sur o el océano Índico, entre otros enclaves, que les permitieron controlar territorios en todos los continentes, como la India, Australia y Canadá, además de las posesiones asiáticas y africanas.
Asia y África también sufrieron la rapiña imperialista de otros estados europeos, como el país de la “libertad, igualdad y fraternidad”, Francia, que instauró otro imperio colonial, comenzado con el sometimiento de Argelia (1830) y continuando con otros países africanos, Asia y el Pacífico.
Alemania, Bélgica e Italia se unieron al expolio del colonialismo, ensañándose particularmente con los hermanos pueblos africanos, que termimaron repartiéndose. No obstante conviene hacer notar que el sometimiento de los pueblos africanos nunca fue sencillo para el colonialismo, que sólo consiguió sus viles objetivos con el desarrollo del complejo industrial militar. Por ejemplo el sometimiento de Canarias que se inició en el años 1402, como se dijo al principio, no finalizá hasta la claudicación de Chinet (ex Tenerife), el 26 de julio de 1495, después de un siglo de heroica resistencia del pueblo wanche.
En el caso de África continental su sometimiento por los regímenes imperialistas no tuvo lugar hasta que se descubrió el tratamiento de la malaria por medio de la quinina.
Las rivalidades entre las potencias imperialistas que comenzó a generar el sometimiento de África, ante el miedo a un conflicto armado entre saqueadores, indujo al canciller alemán Bismark a convocar en 1884 un encuentro diplomático sobre África, la Conferencia de Berlín, en la cual se repartieron el continente africano: Etiopia (Abisinia), Liberia y los estados libres de Orange y Transvaal fueron los únicos territorios que pudieron escapar a la voracidad del imperialismo europeo. El Congo, que todos ambicionaban y siguen ambicionando, se entregó a la monarquía belga, como una propiedad privada (bajo el invento del colonialismo de Estado Libre del Congo). España y Portugal, cuyos territorios estaban también en la mira de los británicos, franceses y alemanes, pudieron mantenerlos e incluso ampliarlos. Sigue siendo el caso de Canarias, pese a haber rechazado su españolidad la única vez que hemos tenido ocasión de manifestarla, el glorioso Referéndum celebrado el 12 de marzo de 1986 en contra de incluirnos en la OTAN y cuyos resultados están aún pendientes de ejecutar, con las falsedades de que en el Estado español triunfó la posición favorable a la integración, olvidando que esto es un enclave colonial español e incluso con la torticera argumentación del colonialismo de que algunas islas votaron a favor, a sabiendas de que Canarias constituyó una única circunscripción electoral.
La misma suerte corrió Asia. En la segunda mitad del siglo XIX la India estaba bajo dominio británico. El sudeste asiático fue la siguiente presa de este insaciable imperialismo europeo. Desde el siglo XVII el archipiélago indonesio era una posesión holandesa. En el siglo XIX los diferentes reinos de la península del sudeste asiático fueron sometidos por Francia bajo el nombre de Indochina.
China fue después de África el caso más vergonzoso del imperialismo europeo, al representar, dentro de la lógica capitalista, un potencial comercial de primara magnitud, que todavía mantiene. Británicos y portugueses comerciaban por los puertos de Hong Kong y Macao (1557). Francia, Alemania y Rusia también poseían puertos chinos en los que controlaban la totalidad del comercio, la hacienda y las aduanas, además de derechos extrajudiciales.
Francia penetró en China desde Indochina, con la cesión del puerto de Zhangjiang y luego controló las regiones de Yunnan y Guangxi. Por su parte, Rusia llegó a dominar todo el norte de China, desde Xinjiang hasta Manchuria. Alemania recibió el puerto de Qingtao y el control de Shandong. Otra vez más, la porción más grande fue para Gran Bretaña, que logró dominar todo el centro de China, desde el Tíbet hasta Nanking. Shangai, por su parte, fue establecida como “puerto libre”, abierta al comercio de todos los países.
Otra variante de este imperialismo europeo decimonónico fueron Austria (Austria-Hungría a partir de 1867) en los Balcanes y Rusia en el oriente. Esta última, dueña desde el siglo XVII de Siberia y de la mayor parte del reino de Polonia-Lituania en el XVIII, se extendió después por el Cáucaso (1828) para luego hacerse con el control de las regiones de Kajastán (1853) y de Turquestán (1873) en Asia Central y del territorio alrededor del río Amur en el Lejano Oriente (1869). De ahí, al finalizar el siglo XIX, se adentró en Afganistán y llevó sus reivindicaciones territoriales hasta el Tíbet.
Por último citemos el Imperio Otomano (conocido también como Imperio Turco), un imperio que, paradógicamente, terminó siendo víctima del imperialismo europeo. En el ocaso de su poderío, este imperio se extendía hasta Argelia en el sudoeste, Yemen y Kuwait en el sudeste, además de dominar toda la península de los Balcanes y Hungría, en pleno corazón de Europa. A partir del final del siglo XVIII el Imperio Otomano entró en decadencia. Luego, diferentes presiones e intervenciones europeas lo obligaron a otorgar la independencia a Grecia (1830), después a Rumania (1859), Serbia, Montenegro y Bulgaria (1878) y, finalmente, Albania (1912). En África renunció a Argelia y Túnez en beneficio de Francia (1830 y 1881 respectivamente), Egipto (1882) a favor de Gran Bretaña, Libia en detrimento de Italia (1911), hasta ser finalmente reducida a la Península de Anatolia, es decir a la Turquía actual (1922).
En conclusión, la bestia del colonialismo sigue tan vigente como en sus orígenes, reconociendo las Naciones Unidas al menos diecisiete territorios bajo dominio colonial, entre los que, incomprensiblemente, no ha incluido todavía al archipiélago canario. Los territorios que estuvieron bajo regímenes coloniales todavía siguen sufriendo sus desastrosas consecuencias, tanto económicas como psicológicas, debido fundamentalmente a que la proclamación de su independencia no llevó aparejado el proceso de descolonización, de ahí que la descolonicación e independencia siga siendo la única consigna libertaria en un colonia.
Movimiento por la Unidad del Pueblo Canario

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