MADRE AMÉRICA, un pedazo de tierra que vale la pena. (Primera parte)

15 08 2015

“Sea la América para la Humanidad” Roque Sáenz Peña, 1889. Foto: Wooly Matt

Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo en una sola nación con un solo vinculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene su origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; […] Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración…” Simón Bolívar, Carta de Jamaica de 1815.

Jeb Bush, precandidato republicano para las elecciones americanos del 2017, promete re-impulsar el ALCA, el área de libre comercio para toda América, continuando en la misma sintonía que la vieja Doctrina Monroe.

Aclaraciones conceptuales:

Designamos como ‘HISPANOAMÉRICA’, en sentido estricto de la palabra, no solo a los países americanos en los que se habla español sino también a Brasil, pues este país fue colonia de la Corona Portuguesa, y Portugal, junto con España, formaban la antigua provincia romana Hispania, de donde deriva Hispanoamérica. Con todo, en Portugal y en Brasil se prefiere el término ‘IBEROAMÉRICA’, pues Hispania resulta excluyente, ya que el vocablo está demasiado ligado al nombre de España. Se piensa en Hispanoamérica como comunidad no como territorio.

‘LATINOAMÉRICA’, palabra de origen francés, a los países sudamericanos colonizados por la Corona española, portuguesa o francesa. Este es un término más amplio, pues engloba a las naciones en las que se habla español, portugués o francés. En este sentido, ‘Latinoamérica’ está constituida por casi toda América del Sur (excepto Guyana y Surinam), América del Centro (excepto Belice), parte de América del Norte: México, algunas zonas del suroeste de EE. UU. Además, se incluye al Canadá francófono, así como las islas antillanas Haití, Guadalupe y Martinica, francófonas también.

La expresión “América Latina” fue utilizada por primera vez el 26 de septiembre de 1856 en el poema ‘Las dos Américas’ del colombiano José María Torres Caicedo publicado por una revista parisina el 15 de febrero de 1857. El término fue promovido por el Imperio francés de Napoleón III durante la invasión francesa de México (1862-1867) como forma de incluir a Francia entre los países con influencia en América, para así poder excluir a los anglosajones, separar a Hispanoamérica de España emocionalmente y justificar la invasión de México.

Como derivación de la expresión “América Latina” se ha extendido mundialmente el uso del adjetivo “latino” para referirse a las personas de origen o ascendencia cultural hispanoamericana. Etimológicamente la denominación “latino” es un gentilicio que originalmente indicó pertenencia al Lacio, región de Italia que tiene como eje central a Roma designada con el nombre de Latium en la época de la Antigua Roma. Posteriormente, y por interés francés, aquel significado fue extendido a cualquier persona hablante de una lengua derivada del latín romano, es decir lo que se conoce como lenguas romances, como el italiano, francés, español, portugués, rumano, gallego, catalán, etc.

Por último, nos referimos al PANAMERICANISMO a la unión de todo el continente americano basada en la Doctrina Monroe, con la cual Estados Unidos se abroga el derecho de protección de todos los países del hemisferio, frente a cualquier penetración de potencias, sobre todo del continente europeo.

1.- LA TRAICIÓN LIBERAL PORTEÑA, AMÉRICA PARA GRAN BRETAÑA.

Durante la década de 1880, un tema clave de la agenda política en las relaciones entre los gobiernos de Bs.As. y Washington fue el esfuerzo puesto en práctica por la diplomacia norteamericana en pos de la unidad continental. Tal decisión está vinculada con el surgimiento del país del norte como potencia hegemónica continental y su decisión de ejercer su influencia sobre América toda. El investigador e historiador inglés Gordon Connell-Smith (autor de “Los Estados Unidos y la América Latina”, 1974), nos refiere que: “ha sido un mito cuidadosamente cultivado sostener que el sistema interamericano, establecido en toda forma como resultado de la conferencia de Washington, se basa en los ideales de Simón Bolívar, y que Bolívar es el padre del panamericanismo. Tal mito sirve de mucho a los intereses de quienes en los Estados Unidos y en la América latina ansían promover el panamericanismo”.

El patriota Simón Bolívar se preocupó por la unidad hispanoamericana y que excluía tanto a los Estados Unidos como a la Europa. No obstante buscó el apoyo de Inglaterra para su idea de unidad.

En carta al Mariscal Antonio José de Sucre, en enero de 1826, le hace saber que “la alianza con la Gran Bretaña es una victoria en política más grande que la de Ayacucho, y si la realizamos…nuestra dicha es eterna. Es incalculable la cadena de bienes que va a caer sobre la Gran Colombia si nos ligamos a la Señora del Universo”. Pero, en carta a su secretario y confidente, José Rafael Revenga, fechada en Magdalena, el 17 de febrero de 1826: “la alianza de la Gran Bretaña nos dará una grande importancia y respetabilidad. A su sombra creceremos, y nos presentaremos después entre las naciones civilizadas y fuertes. Los temores de que esa nación poderosa sea el árbitro de los consejos y decisiones de la asamblea; que su voz, su voluntad y sus intereses sean el alma de ella, son temores remotos y que, aun cuando se realicen algún día, no pueden balancear las ventajas positivas, próximas y sensibles que se nos dan ahora. Nacer y robustecerse es lo primero; lo demás viene después. En la infancia necesitamos apoyo, que en la virilidad sabremos defendernos. Ahora no es muy útil, y en lo futuro ya seremos otra cosa”.

En el Congreso de Panamá de 1826 -la primera de las conferencias hispanoamericanas durante el S.XIX- fue propuesta por Simón Bolívar a fin de formar una confederación de estados hispanoamericanos. Luego hubo otras tres conferencias similares: el Primer Congreso de Lima (diciembre de 1847 a marzo de 1848); el Congreso Continental, de Santiago de Chile (septiembre de 1856); y el Segundo Congreso de Lima (noviembre de 1864 a marzo de 1865). Todas ellas fueron esfuerzos de las pocas naciones asistentes para hacer frente a amenazas externas. Según Connell-Smith “las circunstancias reinantes en la última de estas “conferencias políticas” ilustra el dilema a que se enfrentaban las naciones latinoamericanas por esos días: si los Estados Unidos eran lo bastante fuertes para hacer cumplir la Doctrina Monroe, su poderío sería una amenaza a su independencia, y si eran muy débiles, muy probablemente la amenaza vendría de Europa”.

Una característica importante de estas conferencias fue el reducido número de países que participaron de ellas. Pocos de los estados hispanoamericanos se hicieron presentes. Estados Unidos estuvo generalmente ausente pero no fue el único, ya que ninguno de los otros estados no hispánicos asistió a ellas. Haití no fue tenido en cuenta, y Brasil, aunque invitado al Congreso de Panamá, no lo fue -al igual que Estados Unidos- por Bolívar. De la misma manera, la Argentina no tomó parte en estas reuniones, iniciando una larga tradición de rechazo a vínculos que tuvieran que ver con la unidad hispanista.

Otro rasgo fue que se hizo evidente la gran dificultad para alcanzar alguna concreción en la práctica del ideal de la unidad hispánica. A la falta de unión para hacer frente a las amenazas de agresión externa, se sumó el hecho de no poder lograr el establecimiento de un mecanismo para resolver las disputas entre sí. Incluso estas reuniones no lograron hacer avanzar a las naciones hispanas-lusitanas en el camino de la cooperación continental. Sin embargo ellas sentaron precedentes para los Estados Unidos para impulsar su estrategia política continental, completamente diferente a lo propuesto por nuestros pueblos.

La concepción panamericanista encabezada por el gobierno norteamericano a fines de la década de 1880 tuvo por objeto promover el comercio hemisférico y desarrollar mecanismos para la resolución pacífica de disputas entre los países de la región. En el fondo de tan nobles consignas se esconden los intereses de sus hombres de negocios que habían descubierto interesantes posibilidades inversoras en la región, como de ingentes ganancias. La idea de las autoridades de Washington de reunir a toda América en una sola organización bajo su propio liderazgo, evitando otras influencias exteriores y procurando revitalizar el contenido de la Doctrina Monroe en un sentido acorde a los intereses del gobierno y de los sectores privados norteamericanos, caracteriza la relación entre ellos y nosotros durante todo el S.XX y lo que va de este milenio.

Por cierto, esta visión Panamericanista-norteamericana albergaron serios problemas que no tardaron en generar irritación en las relaciones con las autoridades de Bs. As. En primer lugar, la aplicación de la Doctrina Monroe de 1823 y de la visión panamericanista en la década de 1880 por parte de los americanos generó políticas contradictorias hacia el resto de América. La primera, con su lema “América para los americanos”, fue en la práctica una política unilateral que justificó la intervención norteamericana en el área del Caribe. En la segunda, aunque los delegados norteamericanos en las conferencias panamericanas entre 1889 y 1930 postularon en el discurso políticas de cooperación con los países de la región, especialmente en lo relativo a comercio internacional, en la práctica los gobiernos norteamericanos impulsaron una tendencia hacia el intervencionismo unilateral en vez de la cooperación multilateral.

Asimismo, el panamericanismo norteamericano tuvo otro inconveniente. Al excluir en su visión las vinculaciones con Europa, chocó en forma inevitable con el enfoque europeísta de la dirigencia política argentina en particular, sector para el que el vínculo con Europa era de vital importancia de su éxito económico y su inserción en el mundo. En consecuencia, el panamericanismo de 1880 fue inaceptable para la Argentina, opuesta a un esquema de unidad regional cuyo centro estuviera en Washington.

Esta actitud de la oligarquía argentina contraria al panamericanismo norteamericano seguía en realidad una línea de pensamiento bastante tradicional en la historia argentina, ya claramente trazada en uno de los intelectuales más importantes de la llamada etapa de la Organización Nacional (1853-1862): Juan Bautista Alberdi.

Para ellos, la idea de una unión americana fue la de una entidad de alcance regional, que no incluía a Estados Unidos y que sí incorporaba a Europa, en particular a Inglaterra. El americanismo argentino se manifestaba en un doble sentido, el de la oligarquía portuaria de orientación europeísta y anti-español; y la de los hombres del interior, de un sentimiento hispano y sin rechazar la influencia española. El estado argentino, controlado por la oligarquía portuaria, evadió, desde el comienzo de su organización nacional-liberal, compromisos permanentes con los países hermanos americanos, que pudieran atentar contra los lazos económicos, políticos y culturales existentes entre nuestro país y las naciones europeas. En el pensamiento de este sector de poder, como en el de Bernardino Rivadavia, Alberdi o Mitre, los vínculos con Europa eran la garantía de la prosperidad y bienestar de nuestras naciones.

Cuando hacían referencia a Europa queda excluida España. Ellos asumieron una actitud de rechazo contra España y toda la tradición hispánica. Es más, no solo proclamaban la existencia de un pensamiento americano propio, distinto al peninsular, sino que, incluso, afirmaban que aquel armonizaba mejor con el pensamiento francés que con el español. Llegaban así a esta afirmación “nosotros hemos tenido dos existencias en el mundo: una colonial, otra republicana. La primera nos la dio España; la segunda Francia”. Con estos criterios era imposible que Argentina escuchara a los países hermanos en su lucha por una unidad hispanoamericana.

En la percepción de Alberdi, mientras Europa era la fuente de la esperanza y el poder de América latina, Brasil y Estados Unidos eran los focos de amenaza a nuestros países. Alberdi se opuso terminantemente a la Doctrina Monroe, prenunciando el camino de la confrontación con el gobierno de Estados Unidos, que siguieron los delegados argentinos ante la Primera Conferencia Panamericana en Washington en 1889.

En ella, la posición argentina, fue opuesta a cualquier intento de los Estados Unidos a ejercer algún liderazgo regional en detrimento de la influencia europea en América. Guiados por el éxito económico del modelo primario-exportador, los líderes argentinos necesitaban en ese entonces establecer un rol de la Argentina como socio comercial de Europa -cuya influencia era considerada vital por la oligarquía argentina en tanto era la llave de su éxito económico-, rol claramente opuesto a los deseos de Estados Unidos. Así, la oposición de los representantes argentinos a la propuesta norteamericana implicaba hasta cierto punto los siguientes supuestos: a) el bienestar argentino dependía de relaciones fluidas y abiertas con las naciones europeas, mercado principal de las exportaciones argentinas; b) la Argentina no tenía ni necesitaba de relaciones estrechas con el resto de Hispanoamérica; c) la Argentina era en algún sentido superior a los demás países de la región; d) Estados Unidos representaba un competidor para los intereses argentinos; y e) la Argentina, dado su progreso material, igualaría o sobrepasaría el nivel de capacidad económica de Estados Unidos.

Ya quedaba claro que el interés argentino estaba en el comercio con Europa y no con la región. El presidente Sáenz Peña atacó la política proteccionista del gobierno norteamericano y su desatención hacia los mercados sudamericanos, y además acusó a dicho gobierno de tener la intención de convertir en vasallos económicos a Estados soberanos. Exaltó la intimidad de las relaciones con Europa e invocó el liderazgo argentino en la región.

De esta manera, la diplomacia argentina mantuvo su actitud de confrontación hacia la idea panamericana impulsada por el gobierno norteamericano. En una inequívoca demostración de esta actitud el gobierno de Luis Sáenz Peña, argumentando razones de economía, se negó a pagar la contribución anual de 700 dólares que la Argentina debía para el mantenimiento del Bureau Comercial o Bureau Regional de las Repúblicas Americanas, agencia considerada por las autoridades argentinas como “una filial del Departamento de Estado”. La Argentina se alejó del Bureau entre 1892 y 1898.

En numerosas ocasiones el gobierno argentino mostró su abierta discordancia con el norteamericano. Cuando el gobierno americano intentó la disminución de las barreras aduaneras por medio de tratados bilaterales de reciprocidad, las autoridades argentinas mantuvieron su postura de que no podía haber reciprocidad mientras hubiera aranceles sobre la lana en los mercados norteamericanos. Cuando la administración del presidente Cleveland invocó la Doctrina Monroe para intervenir en la controversia anglo-venezolana de 1895, los argentinos sintieron temor y desconfianza por el ascendente poder norteamericano. Carlos Pellegrini, apoyado por una prensa argentina francamente anglófila, atacó el uso de la Doctrina Monroe por parte de las autoridades de la Casa Blanca. Idéntica reacción se registró cuando la administración sucesora de la de Cleveland, la de William McKinley, intervino en las cuestiones internas de Cuba en 1897. Las poderosas comunidades italianas y españolas en la Argentina criticaron a través de reuniones en masa y artículos periodísticos este nuevo ejemplo de expansionismo norteamericano. Dos figuras de la clase dominante argentina, Paul Groussac y Roque Sáenz Peña, expresaron, en sus respectivas opiniones acerca de la guerra desatada entre los gobiernos de Estados Unidos y España por Cuba, su “amor” hacia la Madre Patria y su “odio” hacia Estados Unidos. Sáenz Peña sostuvo que el gobierno norteamericano buscaba destruir no sólo la autoridad española en Cuba, sino toda autoridad nativa. Con perspicacia, Sáenz Peña subrayó que “la Doctrina Monroe se pronunció contra la intervención, pero su pronunciamiento se hizo con reservas mentales (…) reservando la intervención norteamericana”.

“¡Sea la América para la humanidad!”, exclamaba Roque Sáenz Peña, durante una de las sesiones de la Primera Conferencia Panamericana, comenzada en 1889 en Washington. Y la expresión de quien dos décadas más tarde sería presidente argentino no iba en otro sentido que el de chocar de punta con aquella otra frase recordada, “Sea América para los Americanos”, que representaba las aspiraciones estadounidenses de hacer de sus vecinos del continente su propio “patio trasero”. Entonces, en ocasión de refutar aquella tesis que sintetizó la Doctrina Monroe, Sáenz Peña decía: “La América para los americanos, quiere decir en romance: la América para los yankees, que suponen ser destinados manifiestamente a dominar todo el continente”.

Acompañado por Vicente G. Quesada y Manuel Quintana, Sáenz Peña representó al país en aquellos cónclaves diplomáticos. La iniciativa corría por cuenta del país anfitrión, cuyos delegados realizaron un denodado esfuerzo por lograr la conformación de una Unión Aduanera Americana, y para crear una moneda común continental. Pero entonces, Argentina decidió preservar sus intereses vinculados al comercio con el viejo mundo, especialmente con Gran Bretaña, antes que aventurarse en un proyecto impulsado por una economía que era más competitiva que complementaria, pues ambas eran grandes productores agropecuarios mundiales.

La reacción argentina durante las sesiones de la Conferencia, enseñando un ocasional “antiimperialismo”, fue la de oponerse a todo lo que propusieran los delegados estadounidenses, cosa que lograron con gran efectividad, pues fue un rotundo fracaso. Argentina hizo gala del librecambismo argentino que beneficiaba a Europa para rechazar el librecambismo que iba a beneficiar a Estados Unidos.

Argentina, a instancia de Inglaterra, dio por tierra con el Panamericanismo americano. En el 2015 sucederá lo mismo con el ALCA americano.

LUIS E. GOTTE.
CENTRO DE ESTUDIOS DR. RAMÓN CARRILLO.
MAR DEL PLATA, AGOSTO DEL 2015.

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