Casa de Gobierno

12 05 2014
Entrada al Hotel Al Kabir en Tripoli. Foto tomada en tiempos de Muamar el Gadafi, el 18 de Marzo de 2006, por Duimdog

Entrada al Hotel Al Kabir en Tripoli. Foto tomada en tiempos de Muamar el Gadafi, el 18 de Marzo de 2006, por Duimdog

Mario Héctor Rivera Ortiz
México DF, 10.05.2014.
II/II

A las nueve de la mañana los miembros del Tribunal Antiimperialista de Nuestra América (TANA) estábamos en el café de la planta baja del Hotel Alkabir, en el “Patio Árabe” que los arquitectos hispanos, constructores del edificio, llamaron “Andaluz”. Comentábamos nuestras experiencias en Libia y tomábamos buen café pero en ese momento, precisamente, un grupo de jóvenes árabes llegó intempestivamente, invitándonos a salir inmediatamente para realizar una visita que no había sido programada. Fue tan repentina la cosa que tres compañeros que se retrasaron en sus habitaciones se quedaron allí. Salimos del hotel los 19 miembros del Tribunal y algunos de los invitados especiales en una caravana de autos de marcas japonesas y alemanas a toda velocidad. Ninguno de los muchachos que llegaron por nosotros nos dijo a donde íbamos, pero a los pocos minutos llegamos a la Casa de Gobierno, un gran edificio color ladrillo y amurallado, cuyas puertas estaban resguardadas por personal militar armado. Paró la caravana en uno de los patios interiores de la fortaleza frente a un gran pórtico ojival. Caminamos sobre alfombras de violentos rojos, hasta el salón de espera cortinado de verde tierno donde tomamos asiento en amplios sofás de piel azul marino; después de pocos minutos de espera se abrió una gran puerta de madera labrada y entramos al recinto principal, en cuyo centro se veía un podio alfombrado sobre el que estaba un hombre alto, corpulento, de una estructura facial fuerte, cabello negro rizado, de porte distinguido, que por sí mismo expresaba la gran dignidad y orgullo de un pueblo milenario; de inmediato, quienes entramos al recinto identificamos en aquel hombre al “Gran líder hermano”, Muammar El Gadhafi. Alguien nos indicó que formáramos en fila india y subiéramos al podio de uno en uno a saludar al gran jefe, quien luego de la presentación personal que el Presidente Internacional del TANA, doctor Guillermo Toriello Garrido hacía de cada uno de nosotros, estrechaba nuestras manos, nos abrazaba y aproximaba sus mejillas a las nuestras.
Gadhafi que parecía tener entonces poco más de cincuenta años, vestía un traje blanco de lino de impecable corte inglés, zapatos negros mocasines, camisa verde de seda sin corbata y de sus hombros pendía una capa blanca fileteada en oro.
Después de saludarnos nos invitó a sentarnos en las butacas dispuestas al efecto en la luneta del salón.
A continuación el Dr. Toriello le explicó brevemente el desarrollo del juicio contra Ronald Wilson Reagan y sus socios sionistas, que recién había terminado en Trípoli y le hizo entrega de una copia de la sentencia dictada por el TANA, misma que condenaba al presidente norteamericano como reo, convicto y confeso, de graves crímenes contra la humanidad.
Gadhafi, en seguida, hizo uso de la palabra y nosotros lo escuchamos a través de un traductor árabe. Primero, felicitó la labor de aquel grupo de ciudadanos latinoamericanos devenidos en jueces y magistrados y afirmó que el TANA era un tribunal de conciencia que no tenía cárceles ni policías, pero que, sin embargo, contaba con poderosos recursos morales. Dijo de Ronald Reagan, el acusado principal en el juicio de Trípoli, que era un cobarde, al no acudir a la cita del Tribunal ni enviar representante alguno a responder los cargos que se le hicieron, pero que en cambio sí había mandado barcos y aviones militares a asesinar a 266 personas inocentes, niños, ancianos, hombres de bien de Trípoli y Bangazi Aseguró que aunque Reagan podía escapar, en lo inmediato, de la justicia, no escaparía al juicio de la historia. Sostuvo, además, que la ausencia de Reagan en el proceso fue una gran derrota moral para él.
Gadhafi hablaba tranquilamente, con una voz que apenas se escuchaba en el salón de trabajo donde nos recibió
Finalmente Gadhafi prometió leer y difundir la sentencia condenatoria del Tribunal y a través de nosotros envió un saludo fraternal a todos los pueblos de Centro y Sudamérica en lucha por la soberanía e independencia de sus respectivos países, frente al imperialismo norteamericanos.
A las 10:30 terminó la cordial y memorable entrevista con uno de los dirigentes más distinguidos en la historia de los pueblos árabes.
Luego, en la tarde del mismo día asistimos en el estadio de fútbol de Trípoli a la ceremonia de graduación de los alumnos de las escuelas militares de infantería, marina y aviación de las fuerzas armadas de La Gran Jamahiria Árabe Socialista y a escuchar un discurso de Muammar El Gadhafi. Los visitantes no entendíamos ni “j” de árabe, motivo por el cual no supimos lo que allí dijo, pero sí veíamos en el balcón del estadio un hombre decidido a organizar la defensa de su patria, el mismo hombre que habíamos saludado en la Casa de Gobierno. El mismo, pero ahora en uniforme militar, con un tono de voz agradable y modulado, entre el tenor y el bajo, con un ritmo lento, haciendo breves pausas sin ninguna exaltación, con ademanes simétricos y cortos empuñando y abriendo las manos o bien extendiendo simétricamente los dedos índices. Su discurso era interrumpido frecuentemente por las porras multitudinarias que surgían del fondo del estadio y que tenía que frenar con breves golpecitos en el micrófono. Era un hombre que seducía a las multitudes con su palabra, su presencia y su política. Su discurso estaba entre el de Gandhi y el de Nehru, o quizá un poco más allá. No se trataba de un ideólogo marxista-leninista, pero él estaba seguro de la necesidad de su programa socialista y por ello, a los gobernantes yanquis analfabetas, les parecía excesivamente radical.
El gobierno libio se preparaba para la guerra que el imperialismo le había prometido desde un principio de la Revolución Verde, lo hacía, pero lamentablemente la vida demostró que no lo hizo en la medida de lo necesario.
Al día siguiente, primero de septiembre, después del almuerzo, en uno de los salones del Gran Hotel, recibimos la visita de otro de los grandes líderes árabes: Yasser Arafat, fundador de la organización política Al Fatah y presidente de la Organización para Liberación de Palestina (OLP). Yasser Arafat era un hombre sencillo y amistoso a primera vista. El encuentro fue cordial e inolvidable y al final, hizo al TANA y a la Asociación Americana de Juristas (AAJ) una consulta sobre las perspectivas legales del proceso palestino.
Por la noche asistimos a un gran mitin en la Plaza Verde, al lado del Fuerte Jamra, como culminación de los festejos del XIX Aniversario de la Revolución Al Fatah.

(Continuará)

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