Unas flores a los caídos en marzo del sesenta

5 03 2014

Por Enrique Maitín

Un hecho que marcaría mi adolescencia fue sin duda lo ocurrido el día 4 de marzo de 1960 poco después de las tres de la tarde, cuando tuvo lugar una explosión en el barco francés La Coubre fondeado en los muelles de la Pan American Dock, donde arribo a las 08:12 AM de ese viernes repleto de armamentos y explosivos para la cacareada “defensa” de la Isla.
Dicho vapor era propiedad de la Flota de la Trasatlántica Francesa, de cuatro mil 309 toneladas brutas y dos mil 155 netas, con un calado de 17.8 pies. Bajo el mando del capitán George Dalmas, de 49 años, con una tripulación de 35 hombres, había salido a mediados de febrero del puerto francés de Le Havre, para tocar en Amberes, Bélgica, donde tomó a bordo carga militar con destino a Cuba, con escalas posteriores en Bremen, Hamburgo y Liverpool y de La Habana debía seguir viaje hacia un puerto estadounidense de La Florida.
Ya en plena faena de descarga, tiene lugar una explosión que provocó la muerte a varios obreros portuarios cubanos y desató un enorme caos en las zonas aledañas a la rada habanera. La población se lanzó a auxiliar a los heridos.
—¡Coño “Mi’herma” mira para allá! Parece un hongo atómico, creo que los yanquis ya decidieron acabar con nosotros. Grité al escuchar la primera explosión.
—Vamos para allá, todos corren, yo creo que fue en la Planta eléctrica de Tallapiedra.
Yo y mi hermano, seguidos por algunos de los alumnos del Instituto de La Habana y pueblo en general, salimos por la calle Ejido, para tomar por Cienfuegos rumbo a la Terminal de Ferrocarriles. Yo pude subir a un jeep y de hecho arrastré a mi hermano, casi en el momento en que el vehículo arrancaba a gran velocidad. Al doblar por la Terminal de Ferrocarriles, aminoró la marcha debido al tráfico y cuando volvimos a doblar a la derecha para dirigirnos hacia Tallapiedra, se produce la segunda explosión. Más tarde el gobierno en un comunicado diría que fueron dos explosiones con un saldo de más de cincuenta muertos y de trescientos heridos.
La fuerza expansiva de esta segunda explosión nos desvía, el vehículo en que viajábamos choca contra el muro de la Terminal, lanzando a mi hermano fuera del mismo, quien rueda por el pavimento, recibiendo algunos golpes y rasguños, aunque no de importancia. Al ver a mi hermano me lanzo del Jeep para socorrerlo y me cruzo con algunos transeúntes que vienen corriendo procedentes del lugar de la explosión buscando refugio en la Terminal. Algunos de ellos mostrando heridas y quemaduras en el cuerpo.
La tarde se obscurece. La nube de humo negro cubre toda esa parte de la Habana Vieja, mientras el miedo hace su presencia en toda la ciudad, a la par que el aullar de las sirenas de los carros bombas y de las ambulancias nos ensordece a todos.
—Parece que nos están bombardeando. Recuerdo que gritaba alguien, sin detenerse en su carrera, hacia un destino. Aunque no podría precisar cuál sería el mismo.
—¡No! Fue un barco que explotó en el puerto. ¡Hay miles de heridos! Exclama otro, mientras se esconde tras el pedazo de La Muralla que hay frente a la Terminal.
—Mejor nos vamos de aquí, no vaya a ser que sigan las explosiones. Me dice mi hermano mientras intenta levantarse del suelo.
—¿Estás bien? Le pregunto y lo tomo del barzo para ayudarlo. ¡Corramos hacia la calle Monte! A ver si podemos tomar un ómnibus que vaya para la casa.
Finalmente nos alejamos del lugar sin atinar a mirar atrás, junto a otros que también corren. Subidos en el ómnibus que compartimos con otros ciudadanos intrigados por lo que ha pasado. Más tarde nos enteraríamos de lo acontecido.
* * *
Ya desde el propio inicio de la toma del poder por Castro, el interés de Estados Unidos por debilitar la capacidad de respuesta cubana ante la agresión militar que se venía gestando, se había hecho notorio, desde que la administración norteamericana no quiso continuar vendiendo armas a Cuba para su defensa, a la par que ejerció fuertes presiones a otros proveedores de material bélico y equipos militares a la Isla, tales como Inglaterra, Bélgica e Italia, gobiernos estos que recibieron advertencias para que no hicieran nuevos acuerdos, ni renovaran los anteriores, que pudieran permitir el envío a la Isla de equipos militares, y mucho menos pudieran modernizar el ya existente.
Más tarde, a mediados de 1960 se constituyó el llamado grupo especial WH-4 dentro de la CIA, que fue el encargado de coordinar, controlar y ejecutar la operación armada para derrocar al gobierno. Dicho grupo se implementaría al año siguiente, dando lugar a una serie de operaciones encubiertas contra el territorio cubano, unido al apoyo que se le presto a los primeros alzados en las lomas del Escambray.
Era obvio que la lucha abierta entre los bandos a favor o en contra del castrismo comenzaba a tener lugar, apoyada por un lado por el marcado sentimiento anticomunista, que veía en el nuevo poder un peligro para la sociedad cubana y que clamaba ayuda a Estados Unidos y al mundo entero para derrocar la dictadura castro comunista que se venía venir; por el otro el fanatismo por llevar el proyecto castrista a sus últimas consecuencias. La dirigencia “revolucionaria” no era ajena a que existía en el país un marcado sentimiento anticomunista, que si bien había que eliminar a los más “preclaros” que enfrentaban al castrismo, dicho sentimiento, en sentido general, había que revertirlo en un sentimiento nacionalista y por supuesto antiimperialista, que convirtiera a Estados Unidos al causante de todos nuestros males y el Gran Enemigo del proceso que trataba de implementarse.
Por ello cabe pensar que la situación existente en el país y el gran sentimiento anticomunista reinante en esos momentos, fue utilizado por el régimen para reinvertirlo a su favor y no ver a los comunistas sus enemigos sino una falacia de Estados Unidos ante la confusión ideológica del momento, por lo que no resulta ilógico pensar que el hecho de volar el vapor La Coubre que venía cargado de armas y pertrechos militares para “defender” al país de una posible agresión, le brindaba la oportunidad esperada o creada para que la tal auto agresión apareciera como un acto del imperialismo, como un hecho para invadir a Cuba.
Como era ya habitual en Castro, en el discurso que pronunció en despedida de duelo a las víctimas de la explosión celebrado el sábado 5 de marzo, en una tribuna improvisada, en la calle 12 entre Zapata y 23, casi a las puertas del Cementerio de Colón, acuso al gobierno de Washington por todo lo sucedido, cuando expresó: “…no sólo sabremos resistir cualquier agresión, sino que sabremos vencer a cualquier agresión, y nuevamente no tendríamos otra disyuntiva que aquella con que iniciamos la lucha revolucionaria, la de la libertad o la muerte; solo que ahora la libertad quiere decir algo más todavía, libertad quiere decir patria, y la disyuntiva nuestra Patria o Muerte”.
Concluía Castro con una frase tan apologética como derrotista que de inmediato se tornaría en consigna que a partir de entonces, denotaría el concepto fatal de “nuestra”, mejor de ellos, de Patria, pero la Patria suicida. Lema con el cual ha tratado de conscientemente de confundir al pueblo con la idea de que su programa es el único camino posible de alcanzar la libertad de Cuba, amenazada por el Gran Enemigo del Norte, libertad añorada desde los tiempos de los primeros independentistas, todo ello, siempre a su entender, y arrastrando a muchos, a pesar de los avisos y denuncias de los más preclaros cubanos. “La idea de Patria —como apuntara Cabrera Infante, en su obra “Mea Culpa”— apenas tiene sentido en el contexto y mucho menos en su expresión máxima, que es la del Máximo líder… en todo caso Fidel Castro, siempre acentúa al final de cada discurso si no la idea, por lo menos la forma fatal que va con el sonido de la muerte en su voz aguda, agorera”.
Por varias semanas, acusaciones como esta se sucedieron, a través de los voceros del régimen, y de los medios radiales y televisivos, para hacer aparecer la explosión de La Coubre como un acto semejante a la voladura de El Maine, auto agresión achacada a Estados Unidos para justificar la intervención militar a la Isla en 1898. Eso fue lo que la prensa castrista transmitió al mundo. Con ello hacían aparecer al gobierno revolucionario como la víctima, y al “imperialismo” yanqui como el agresor.
Pasado ya tantos años de aquella autoagresión, como prefiero llamarla viene a mi mente el aullar de las sirenas de los carros bombas y de las ambulancias que ensordece a los que huimos, mientras decenas de palomas se aprestaban a emprender el vuelo salvador, y lo acontecido junto a mi hermano. Igual que ayer miro hacia atrás y recuerdos aquellos que murieron en esa autoagresión del castrismo.
Mentalmente me encuentro allí mentalmente para recoger un puñado de flores que arropo en un manojo de brillantes y salvajes colores y luego arrojarlo al corazón del residuo de muralla que aún persiste frente a la Terminal de Ferrocarril de La Habana en honor a los obreros caídos aquel horrible día de marzo de 1960.

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: