Isla de Gore (Senegal)

1 01 2014

senegal

Enviado por Isabel Rivas
ipantonino@gmail.com

La chalupa a la isla de Gore zarpa a las once en punto. Todavía no ha comenzado la estación de lluvias en Senegal, aunque este lunes ha amanecido húmedo en Dakar. Y con temperaturas que, al rayar el mediodía, se presentan altamente calurosas. En cubierta viajan grupos de jóvenes escolares de uniforme instruidos para la corta travesía que por mar les depara. Y en la cabina de pasajeros toman ordenado asiento ancianos y mayores que buscan así un lugar protegido de sol receptor de bocanadas de brisa marina. En el puerto de Dakar, buques de matrícula palermitana de la naviera Grimaldi efectúan trabajos de carga y descarga. Mientras el transbordador a Zinguinchor -línea de triste recuerdo (1)- permanece amarrado en espera de partir al atardecer. Para ya al día siguiente remontar el río Casamanza tras dejar atrás las costas de Gambia. La isla de Gore se encuentra a menos de dos millas de tierra firme, justo frente a la dársena portuaria. Es un lugar silencioso al que dan sombra cocoteros y otros árboles autóctonos. Cuelgan buganvillas. Y crecen plantas silvestres. En una primera impresión parece un poblado colonial similar a los que construían los portugueses en sus antiguas posesiones de África. Está amparado por un castillo que descansa sobre un antiguo baluarte conocido siglos atrás como Fort Saint-Mitchel. Y desde el que asoma una batería con dos enormes cañones que permanecen aquí desde la Segunda Guerra cuando la Francia de Vichy y la que respiraba libre combatían entre sí. Un segundo baluarte, ya en el extremo norte de la isla y de nombre Fort d’Estrées (por el vicealmirante francés que arrebató la isla a los holandeses en 1677), completa el viejo sistema defensivo de este enclave de 43 acres de tierra. Y que también cumplía la misión de proteger de eventuales ataques al puerto de Dakar. En tiempos de navegación a vela. E incluso después. Gore fue descubierta en 1444 por el capitán portugués Denis Días, explorador a las órdenes de Enrique el Navegante. Pero después los holandeses se apoderaron de la isla. Y le dieron en 1617 su actual nombre al llamarla Goede Reede, La Rada buena. Tras el asalto del vicealmirante D’Estreés, permaneció bajo dominación francesa durante siglo y medio, lo que no impidió ser apetecida por otros. Entre ellos los ingleses. Y más allá de su posición estratégica, no sólo representa hoy un símbolo en África sino un triste recuerdo del desolado pasado de este continente pues desde aquí partieron veinte millones de nativos para ser vendidos como esclavos en las nuevas colonias americanas. Dejando atrás a sus familias, sus costumbres tribales y la tierra sagrada de sus antepasados. Fueron forzados a viajar entre grilletes y cadenas en lúgubres bodegas de buques negreros para ser sometidos a subasta en plaza pública por apenas unas guineas de oro. Muchos morían en la travesía. Otros eran arrojados vivos al mar para aligerar la carga. Y los que llegaban al Nuevo Mundo se encontraban ante una vida cruel e inhumana con trabajos de sol a sol y de sumisa obediencia al látigo del hombre blanco. Fue así durante siglos. Porque a inicios del XVII ya habían sido trasladados a las que serían después grandes plantaciones de algodón, ingenios de azúcar y haciendas de labranza de América y el Caribe más de 900.000 esclavos. A los que seguirían otros tres millones en esa misma centuria. La chalupa va alejándose del puerto de Dakar desprendiendo una estela de vapor de gasóleo que el remolino provocado por el rotor de la hélice convierte en momentánea filigrana. Un gendarme se preocupa desde la escalerilla de proa de que nadie asome su cabeza al mar. Y que ningún travieso escolar de los que viajan en grupo altere con inconsciencias de infantes el sosiego que reina en cubierta. Sobre la silueta ya alejada de Dakar emerge hacia los cielos el alminar de su Gran Mezquita. Alá akbar, se oye entonar al almuédano en su llamada a la oración. Grandes canoas a todo motor de pescadores lebu se cruzan en lenta navegación. Unos de regreso ya a puerto. Y otros aún a mitad de faena ansiosos sus tripulantes de completar la suerte. Los esclavos eran capturados por los europeos –holandeses, ingleses, franceses, portugueses y españoles- mediante batidas en las regiones más al interior del continente. Con la diestra maña de bereberes norteafricanos. Y en complicidad con tribus dadas a la traición. Que no reparaban en contemplar cómo sus propios hermanos eran arrancados violentamente de la tierra en un viaje a lo desconocido que, en el mejor de los casos, les condenaría de por vida a la esclavitud. Y, en el peor, a la muerte. La isla de Gore es un espacio de respeto. Declarado Patrimonio de la Humanidad. Y en su poblado se conservan intactas 39 antiguas casas de esclavos, si bien sólo una (de color rojizo y restaurada ex profeso) es mostrada al visitante para que la memoria del hombre mantenga imborrable por los siglos de los siglos lo que jamás debió ocurrir entre ellos por ser únicamente diferentes en cuanto a color de piel.
Los negreros seleccionaban a sus presas en función de la fortaleza física, salud y juventud de cada individuo. Y en lo que respecta a la mujer, por su lozanía, facilidad de procrear y capacidad de nutrición. Marcaban en su piel un hierro candente como si fueran cabezas de ganado (Cimarrones). Y los sujetaban de pies y manos con grilletes extendiéndoles cadenas por todo el cuerpo. Cautivos primeros, vendidos en trata después y esclavos de por vida, sólo les quedaba acatar destino o rebelarse frente a éste, difícil y arriesgada elección la última. Porque eran fácilmente capturados y sometidos a brutales castigos. Es ahí cuando nace el cimarrón (Marca de ganado), el hombre salvaje que se refugia en la montaña. Y también los palenques, cumbés o quilombos (comunidades de esclavos en fuga que se organizaban en terrenos de difícil acceso para el hombre blanco). Como el que liderizó en Brasil el malogrado Rey Zumbi, de nombre Francisco Zumbi dos Palmares, último líder de un reducto en resistencia que permaneció libre durante cien años.
En la casa de esclavos de Gore, ciegos y minúsculos habitáculos van mostrando como eran seleccionados hombres, mujeres y niños antes de ser embarcados en botes con destino a las bodegas de los veleros que fondeaban frente a la isla.
Los hombres no debían de pesar menos de 60 kilos. Y si no los alcanzaban, eran introducidos en oscuras celdas de engorde hasta completar las exigencias de la balanza. Los niños eran alejados de sus madres en lugares insonoros para evitar que sus llantos las soliviantaran y no les acarrearan sufrimientos añadidos que pudiesen ser nocivos para la salud. También existían celdas de castigo. Desde una balconada, con doble escalera de acceso, los tratantes ajustaban precios y, mediante un estrecho pasillo con muros de estuco y ladrillo, que conduce al mar, llamado desde entonces la puerta de donde no se regresa, estos africanos iniciaban un viaje sin retorno para el que no se les permitía mirar hacia atrás. Aunque, siempre en el recuerdo, les quedaría la frondosa copa del Baobab (Árbol sagrado africano), junto al que nacieron, y crecieron, libres. Las dependencias superiores de la casa de esclavos eran utilizadas como viviendas por los tratantes y sus familias. Todavía en la memoria que por tradición oral se trasladan los senegaleses, y en particular los de la ciudad de San Luis, permanece como referencia una de las sociedades esclavistas más importantes de la época. La compuesta por las familias bordelesesas Maurel&Prom, comerciantes que, tras la abolición de la esclavitud, diversificaron sus negocios llegando a ser grandes banqueros y comerciantes a lo largo África y América Latina. Todavía en San Luis se puede observar la casa colonial que ocupaba esta compañía, en cuyos bajos se conservan intactas las celdas destinadas a los esclavos, con ridículas rejas de ventilación e iluminación que dan a la calle. Y todavía el nombre de la firma Maurel&Prom campea por el mundo, ahora dedicada a los negocios de petróleo y gas pero con distinta propiedad.
En España, y en relación con la isla de Cuba, también se prodigó el tráfico de esclavos. Muchas de las grandes fortunas que han llegado a nuestros días tienen su origen en la trata, si bien cuando la historia no conviene, y no se quiere que registrada quede, tiende a ser borrada o manipulada. La novela El Negrero, publicada en 1933 por el periodista cubano de origen gallego Lino Novas, es toda una referencia de lo que fueron aquellas prácticas. Y su principal personaje en la ficción es el malagueño Pedro Blanco Fernández de Trava, hijo de marinero y de dama de alta alcurnia. Que trepó sin piedad hasta hacerse con una importante casa de esclavos, creando una factoría en Sierra Leona y erigiendo en sus costas un palacio con harén (Compuesto por muchas mujeres que tenían un solo dueño). Pero a este andaluz de alma negra nunca le sonrío el lado blanco, y humano, conque suele agraciar de vez en cuando la vida cuando la conciencia permanece tranquila.
Paseo por la isla de Gore entre estos recuerdos. Y algunos otros que prefiero silenciar. Un joven que porta un termo al hombro distribuye té por apenas cien francos confederados. No me resulta cómodo visitar esta casa de esclavos perfectamente conservada tras su restauración en 1990. Y que inauguraron casi de inmediato Elizabeth Diuf y Danielle Miterrand, primeras damas entonces de Senegal y Francia. Cada habitáculo daba cabida a quince esclavos. E incluso a más. En unas vitrinas se exponen los grilletes de pies y manos, las cadenas que giraban alrededor del cuello extendiéndose por todo el cuerpo, bolas de hierro de diez kilos de peso, un conjunto de balanzas y los fusiles que empleaban los negreros para disuadir cualquier conato de rebelión. La celda de engorde advierte que allí eran recluidos los inaptes temporaires.
Ya afuera de esta casa rojiza, un conjunto escultórico representa a una pareja de esclavos rompiendo sus cadenas sobre un tambor africano, él con su mirada puesta en el cielo. Y ella, abierta de brazos. Es una contribución que en 2002 realizó a esta isla el gobierno de La Guadalupe, departamento de Ultramar francés. Y cuyos autores -los artistas Jean y Christian Moisa- son descendientes de esclavos. La chalupa que me ha traído desde el puerto de Dakar permanece aún en el muelle de atraque. Quedan unos minutos para que levante amarras. Me ha dado tiempo a visitar la modesta iglesia de San Carlos Borromeo -sobrino del pontífice Pío IV-, contemplar el viejo ayuntamiento y avistar de lejos la mezquita. Un enorme baobad de larga sombra se erige en solitario en una plaza de tierra sin batir. Los dos fuertes defensivos otorgan poder a la isla. Los restaurantes turísticos se presentan vacíos. Y las tiendas de regalos y recuerdos apenas generan actividad. Los escolares que me ha acompañaron en la ida se han introducido entre los cocoteros en busca de acampada. Al frente van sus profesores. Y en la retaguardia portadores que trasladan packs de botellas de agua potable, recipientes con alimentos y cocinas de barbacoa. Ya en la chalupa, ocupo una plaza en popa desde donde sólo distingo a babor el Fuerte D’Estrées. Y a proa, la silueta de Dakar. Puedo mirar hacia atrás, pero prefiero no hacerlo. Francisco Zumbi, el Rey Zumbi, nació libre en el quilombo brasileño de Palmares, cerca de Pernambuco, a mediados del siglo XVII. Cuando tenía seis años fue capturado por esclavistas portugueses, pero a los quince pudo escapar a la tierra en que nació convirtiéndose muy pronto en líder y estratega militar de su comuna. Peleó contra los colonos. Y se mostró siempre rebelde. El gobernador de Pernambuco proyectó su captura. Herido en un asalto, pudo huir. Pero fue traicionado por uno de sus compañeros, el antiguo esclavo Antonio Soares. Murió en una emboscada. Y los portugueses cortaron su cabeza, la salaron y la expusieron en Recife en plaza pública para acabar con ciertas creencias que le declaraban inmortal. Zumbi es hoy día símbolo de resistencia entre las clases populares brasileñas. Y el aniversario de su muerte -un 20 de noviembre de 1695- ha sido declarado día de la Conciencia Negra. La chalupa acaba de enfilar la dársena del puerto de Dakar. En donde prosigue sus trabajos de carga y descarga el buque de la naviera Grimaldi. Y en espera de zarpar el transbordador a Zinguinchor. El alminar de la Gran Mezquita luce esplendorosos azulejos en verde que emiten destellos sobre la ciudad. Siento ya el ruido urbano. Y el olor a fruta fresca. Luce un sol radiante. Y el calor ataca con ferocidad el espacio abierto. Por fin, de nuevo en tierra libre. ¡Yabambó, yabambé!/ Repica el congo solongo, repica el negro bien negro;/ congo solongo del Congo/ baila yambó sobre un pie (Canto Negro, de Nicolás Guillén).
Un terrible pasado
Gorée fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978. ¿Por qué? Pues resulta que este pueblo de origen colonial fue uno de los principales asentamientos del esclavismo hasta 1815, año en que se abolió el tráfico de esclavos (pero no la esclavitud ¡!).
El comercio de personas empezó poco después del descubrimiento del Nuevo Mundo, a principios del siglo XVI, para proporcionar mano de obra barata a las colonias españolas y portuguesas. La esclavitud no desapareció definitivamente hasta finales del siglo XIX.
Los traficantes erigieron una serie de plazas fuertes a lo largo de la costa africana en las que concentraban a los esclavos antes de embarcarlos para América. Estas construcciones se encuentran desde el golfo de Benín al de Biafra, pero también en Sierra Leone, Costa de Marfil, Gabón, etc.
La isla de Gorée, que había sido tradicionalmente un refugio para las naves portuguesas, se convirtió pronto en el núcleo de un próspero negocio. Se establecían pactos con las tribus del interior para que capturasen a sus semejantes y los vendieran a los comerciantes occidentales.
Los holandeses conquistaron la isla en 1617 y construyeron dos nuevos fortines que emplearon hasta el 1664. Según parece, el nombre de Gorée viene de esta época, pues los holandeses la conocían con el nombre de “goedde redde” (buen puerto).
Durante más de 100 años los ingleses y los franceses se disputaron el control de la isla hasta que, gracias al Tratado de Versalles, ratificado en 1783, Francia consiguió el dominio definitivo del enclave. Tras la abolición del tráfico de esclavos, la isla perdió su importancia estratégica.
Aún se observan en esta pequeña isla los restos de la barbarie. El antiguo almacén de esclavos se ha convertido en el Museo de los Esclavos. Impresiona la pequeña puerta, abierta permanentemente al Atlántico, por la que pasaron miles de personas atemorizadas, ignorantes de su destino, un destino al que muchas de ellas no llegaron por culpa de las enfermedades o la desnutrición.
Al pasear por las calles de Gorée uno no puede dejar de maravillarse por el hecho de que aún existan remansos de paz como esta isla en la que los niños juegan en la calle y los habitantes charlan tranquilamente como si el resto del mundo no existiera.
La Isla de Goree…, el trampolín de la “Puerta para nunca más Regresar”
Esta fecha nos recuerda la Isla de Goree. Esta masa territorial que fue una participante inocente e importante en la historia africana-americana. La Isla de Goree es una isla pequeña de 45 acres localizada fuera de la costa de Senegal al Oeste central del Continente Africano. Ella sirvió de trampolín para la expansión de la esclavización del negro por los países de Europa. Los musulmanes se sirvieron de otra ruta en su esclavización.
El primer registro de la comercialización de negros data desde 1536, por los portugueses; los primeros en llegar a esa isla en 1444. La casa de los esclavos fue erigida en 1776, por los escoceses. Es la que todavía está erigida y convertida en un museo. Esa isla está considerada una memoria a la Diáspora Africana.
Se estiman que pasaron por ella, más de 20 millones de africanos (7 veces la población de Panamá) entre 1500 y 1800. Fue el depósito temporal de los atrapados y el mercado de venta de niños, mujeres y jóvenes para la exportación a América a través del océano Atlántico en botes rehabilitado para maximizar el estibe de seres humanos. Fueron vendidos en Sur América, el Caribe, México y norte América para ayudar en la creación de un mundo nuevo. Las condiciones humana de los esclavos eran atroces y sub humana en la Isla de Goree.
Humanos encadenados y con grilletes. Más de 30 personas apiñada en un espacio de menos de un metro cuadrado y una pequeña ranura hacia el exterior. Una vez al día recibían alimentos y eran permitidos satisfacer sus necesidades biológicas, aun así, la infestación, el desaseo y las enfermedades estaban al orden del día. La mayoría estaban desnudos, algunos con taparrabo. La necesidades biológicas de las mujeres, no se consideraban. Los niños eran separados de sus madres y alejados bien lejos para que ellas no oyeran sus gritos y sus llantos. Los hombres rebeldes eran encerrados en lugares y cubículos más chicos aún, debajo de las escaleras mientras el agua del mar los bañaban aumentando la deshidratación y el sufrimiento. Los reyes y reinas, los sacerdotes y nobles eran tratados igual. Pero arriba de sus cabezas, en las cabinas superiores, las fiestas eran interminables.
Pero aún más punzante y desgarrador que las celdas y grilletes, era la “pequeña puerta de no regreso” por donde pasaban todos los hombres, mujeres y niños hacia el barco esclavista que los llevaría a la esclavitud, la muerte y sufrimiento indescriptibles. Con una última mirada se fueron para nunca más volver..
Cuando los franceses abolieron la esclavitud en 1848; de las 6000 personas en la isla, 5000 eran negros secuestrados y destinados a la esclavitud. La UNESCO designó la Isla de Goree, sitio de la Herencia Humana y aun retiene y preserva trazas imborrables de ese pasado tan horrible.
La casa principal de los esclavos construida en 1777 aún conserva las cadenas y grilletes. El Museo Histórico, el Museo Marítimo, las casas residenciales y el fuerte todavía está erigido. En la isla aun residen más de 1000 personas.

Isla de Gorée. La puerta a un viaje sin retorno
Ángel Salaberri
La isla de Gorée, o de Gorea en español, emerge del océano Atlántico (foto04) a un par de millas al sur de Cabo Verde, la península donde hoy se levanta Dakar, la capital de Senegal.
Gorea fue uno de los primeros asentamientos europeos en Africa occidental. Se trata de una pequeña y árida isla volcánica de apenas 36 hectáreas de extensión, antaño un activo centro portuario que hoy ha perdido su hegemonía a favor de los puertos de Dakar y Saint Louis, pero que tiene gran importancia desde un punto de vista simbólico. Pues Gorea fue, entre los siglos XVI y XIX uno de los principales focos de la trata de esclavos en el continente africano.
La isla fue ocupada, a mediados del siglo XV, por los portugueses, que desalojaron a sus primitivos habitantes, los nativos Bambara. En 1617 fue comprada por los holandeses, y posteriormente (1677) conquistada por los franceses, que la convirtieron en una escala para los barcos de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. A raíz de las guerras entre Inglaterra y Francia, Gorea fue hasta cinco veces tomada por los británicos. Desde 1816, hasta la independencia de Senegal en 1960, estuvo de nuevo controlada por los franceses. Entrada a la Casa de los Esclavos
La isla de Gorea es hoy un polo de atracción para el turismo nativo, y un lugar cuya visita es casi una obligación moral para todo viajero europeo que desee conocer Senegal. Porque Gorea se ha convertido en un símbolo de la memoria histórica de la esclavitud y del tráfico de negros entre África y América.
Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978, la isla de Gorea, al igual que Auschwitz, es un bien cultural cuya importancia no radica en sus monumentos, sino en el recuerdo de un pasado trágico de cuyos errores y horrores todos hemos de aprender para no dar lugar a que se repitan.
Entre los siglos XVI y XIX, todas las potencias europeas compitieron por el tráfico de ‘madera de ébano’, término-tapadera que disimulaba la verdadera naturaleza de la mercancía humana que aquellas naves transportaban en sus bodegas. Gorea fue uno de los principales puntos de embarque de los esclavos africanos con rumbo a América, aunque no el único ni el más activo. Sólo en la zona de Senegal había enclaves con semejante cometido en Saint Louis, Rufisque, Gambia, la isla de Carabane o las llamadas ‘escalas’ del río Senegal.
El pequeño y apacible pueblo de Gorée, de poco más de mil habitantes, está dominado por los fuertes de Saint-Michel y Nassau. Sus tranquilas calles sin tráfico rodado (foto05), sombreadas por los baobabs, adornadas de coloridas buganvillas, son un remanso de paz que contrasta con el ruido y la vorágine de la vecina Dakar. La mayoría de sus edificios, con un aire entre colonial y mediterráneo, datan de los siglos XVIII y XIX, y entre ellos se encuentra la mezquita más antigua de Senegal. Abundan en sus callejas los talleres de artistas y artesanos.
La Casa de los Esclavos
Entre todos los edificios de Gorea destaca la llamada ‘Maison des Esclaves’, una bella construcción holandesa de dos pisos, de estilo barroco colonial del XVIII, con un patio central ocupado por una gran escalinata doble, cuyas sinuosas balaustradas conectan la planta baja, donde se hacinaban los esclavos en mazmorras, con el primer piso, donde vivían los amos y traficantes (foto06). La puerta al viaje sin retorno
Al fondo, una puerta se abre al océano Atlántico. Más allá del horizonte se adivinan las tierras de América, meta forzosa de los desgraciados nativos que eran encerrados –almacenados como mercancía– en esta mansión, hasta el momento del viaje. La espera podía durar casi tres meses. Se dice que por esta puerta salían los esclavos para ser embarcados rumbo a su aciago destino. Se le llama ‘la puerta del viaje sin retorno’.
Esta ‘Casa de los Esclavos’, que es sólo una entre las muchas esclaverías que había en Gorea, ha sido habilitada como un museo de la historia de la esclavitud y del tráfico de africanos. Su visita es muy instructiva, y despierta profundas emociones en cualquier espíritu sensible. Rótulos y paneles explicativos desgranan datos sobre gran cantidad de hechos históricos relacionados con la trata de negros. Argollas, grilletes, cadenas, látigos y otros instrumentos de dominación y tortura son exhibidos como pruebas materiales de aquella ignominia, como recordatorio del ingente sufrimiento infligido a los africanos por el hombre blanco.
Se pueden diferenciar las mazmorras (foto07) donde encarcelaban a los varones adultos de aquéllas donde encerraban a las mujeres o a los niños, siendo las familias desmembradas sin la más mínima consideración humanitaria, tratadas como mero ganado. Cada persona era designada por un número de matrícula, nunca por su verdadero nombre. Mientras que un padre de familia podía acabar en Louisiana, la madre podía ser trasladada a Brasil o a Cuba, y los hijos a Haití o a las Antillas.
La casa, que no es muy grande, podía almacenar entre 150 y 200 esclavos. Las celdas reservadas a los hombres medían 2,60 x 2,60 m, y en cada una de ellas se amontonaban de quince a veinte individuos sentados de espaldas a la pared, con cadenas ceñidas al cuello y a los brazos, a su vez lastradas por una gruesa bola de hierro. Se les permitía salir del antro sólo una vez al día para hacer sus necesidades. Los condiciones higiénicas eran tan lamentables que la primera epidemia de peste que arrasó la isla en 1779 tuvo su origen en este lugar.
La celda para los niños era una estrecha galería donde se acostaba a los pequeños en el suelo apretados entre sí como en una lata de sardinas. El índice de mortandad era muy elevado entre ellos.
Las chicas jóvenes estaban más cotizadas que las mujeres, por lo que eran encerradas en una celda aparte. Algunos negreros mantenían relaciones sexuales con las esclavas jóvenes, y en algunos casos, al quedar encinta, eran liberadas. Las mujeres mestizas emancipadas de Gorea eran llamadas ‘signares’, deformación del portugués ‘segnora’, y se mezclaban con la aristocracia de la isla.
El precio de un esclavo dependía de su peso, que se medía en una cámara de pesada. El peso mínimo para considerar a un esclavo vendible estaba fijado en 60 kilos, y los varones que no alcanzaban ese peso eran encerrados en una celda de ‘inútiles temporales’, con el fin de ser engordados. Los enfermos agonizantes eran simplemente arrojados al mar, para alimento de los tiburones.
El museo de la Casa de los Esclavos tiene como objetivo mantener viva la llama de la memoria de tan dolorosos hechos, y organiza cada año, en colaboración con el ayuntamiento de Gorea, actividades como el Gorée Diáspora Festival, un festival de música en homenaje y recuerdo a las víctimas de la diáspora africana, consecuencia de la compraventa de seres humanos promovida por las potencias coloniales europeas.
El actual conservador en jefe de la Casa de los Esclavos, el señor Boubacar Joseph Ndiaye, dirige periódicamente la palabra a los grupos de visitantes, y en sus arengas les informa, entre otras cosas, de que fueron 20 millones los africanos arrancados de sus países natales para ser vendidos como esclavos en el Nuevo Mundo. Activamente comprometido en la difusión de la documentación histórica en torno a la trata de esclavos, varios rótulos del museo muestran citas extraídas de los escritos publicados por el mismo Ndiaye sobre este tema. Seleccionamos una de ellas:
“El racismo, la creencia en la superioridad y en la misión particular de una raza, han costado millones de muertos. No olvidemos esto nunca”. (B. J. Ndiaye).
Otro rótulo, al final de la visita, afirma que de todas las lecciones que se pueden extraer de la historia de la trata de esclavos, la más importante es ésta: “No hubo revancha”.
Crónica negra de la trata de esclavos
Pero, ¿tenemos una idea suficientemente clara de cómo transcurría la trata de negros? Para entrar en los detalles de esta práctica, viene inesperadamente en nuestra ayuda un escritor vasco: Pío Baroja.
En su novela de 1929 ‘Los pilotos de altura’, que no es de las más conocidas del escritor, Baroja vuelca, a modo de relato testimonial, gran parte de la documentación que poseía en su biblioteca sobre el comercio transatlántico de esclavos africanos. Este novelista siempre estuvo interesado por personajes marginales como piratas, negreros, contrabandistas, aventureros, conspiradores y gentes a las que denominaba ‘hombres de acción’, y coleccionaba todo libro decimonónico que cayera en sus manos sobre estos temas.
Aunque se trata de una ficción (ambientada en la primera mitad del siglo XIX, cuando ya la trata estaba en decadencia y abocada a la clandestinidad), no por ello debe deducirse que los hechos narrados son ficticios, ya que se basan en documentos reales, escritos por personas que fueron protagonistas o testigos directos de la trata de negros. Los incidentes que aquí se describen difícilmente podrían ser fruto de la imaginación de un novelista: desprenden en todo momento un fuerte olor a realidad.
Pío Baroja hace uso del habitual recurso literario consistente en basar su relato en un supuesto documento histórico que llega a poder del bibliófilo, el cual se limitaría a transcribir sus contenidos literales, sin interferir por su parte en la redacción. En este caso, la narración original se remite a un hipotético manuscrito cuyo autor sería un historiador, un tal Domingo Cincúnegui, que había estudiado las biografías de varios navegantes y negreros vascos, como el capitán Zaldumbide o el capitán Chimista, tomando como base el testimonio de otro marino, el doctor Embil, que habría conocido personalmente a tales personajes.
He aquí unos extractos de dicho manuscrito, escrito en primera persona, que se refieren a las actividades negreras de estos aventureros en diversos países africanos, Senegal entre ellos:
Como ya no puede quedar vivo nadie que haya presenciado con sus propios ojos cómo se creaba y cómo funcionaba una empresa de trata de negros, lo explicaré yo con detalles.

En su fase previa, se constituía una sociedad, por ejemplo en La Habana, de comerciantes, bodegueros, almacenistas y armadores. Se reunía un capital suficiente, y se nombraba un administrador.
Se calculaba que un buque de trescientas toneladas podía llevar a bordo, entre el sollado y la cubierta, de quinientos a seiscientos negros. Claro que iban estibados como si fueran vacas o caballos.
La sociedad elegía un capitán. Éste adquiría un buque, generalmente de construcción estadounidense, pues eran más veloces. Atracado en un muelle de La Habana, se reparaban sus posibles deficiencias y se preparaba para el viaje. La nave era provista de barricas de agua, velas de repuesto, y un sollado desmontable de madera bajo la cubierta. Se contrataba un factor –un experto en la compra de negros–, tres pilotos, dos guardianes, un condestable y un cirujano. Se compraban diversos géneros, telas, abalorios y chucherías para su futuro intercambio por la mercancía humana, además de calderos para el rancho, leña, herramientas, pólvora, municiones, y zambullos o baldes de madera. El bodeguero almacenaba toda clase de víveres y bebidas. Se hacía una gran provisión de aguardiente, licor muy apreciado por los jefes de tribu africanos.
Se llevaban trescientos pares de grillos dobles para poner a cada negro en el pie, una o dos barras de justicia y cien pares de esposas.
Cuando el buque estaba listo, se izaba en el palo de trinquete una bandera cuadrada de color rojo, que indicaba que el barco reclutaba tripulantes. Al llamamiento acudían marineros de todos los países, muchos ya con experiencia en la trata, que eran seleccionados por el contramaestre. Los salarios con que se retribuía a los distintos miembros de la tripulación dependían del número de negros llegados vivos y vendidos en destino, y se distribuían según unos porcentajes preestablecidos.
Los primeros y segundos guardianes espiaban a los negros, observaban si comían o no, si complotaban algo, y tenían siempre media caldera de agua hirviendo con sus grandes cucharones de hierro, pues en caso de sublevación, lo que más terror producía a los negros era el agua hirviendo, y con este procedimiento bárbaro se acababan sus batallas.
Concluidos todos los preparativos, el barco negrero disparaba un cañonazo, levaba anclas y emprendía la travesía, con un grumete apostado a proa para dar la voz de alarma en caso de avistar cualquier otro buque mercante o de guerra, los enemigos del negrero.
Al llegar al poblado (en las costas de África), el capitán se embarcaba en su bote y saltaba a tierra, se presentaba en la casa del reyezuelo, le explicaba su objeto y discutía con él; el reyezuelo exigía primero sus derechos: cuatro o seis garrafones de aguardiente, un barril de pólvora, un fusil y seis piezas de guinea (telas de algodón). A este lote le daban el nombre de cábala.
El capitán preguntaba al reyezuelo cuántos esclavos podía entregarle pagándole lo de costumbre, y le pedía que pusiera guardias cuando se construyeran las barracas para que no se le escapasen los presos. El buque se conducía a un fondeadero y se daba principio a la construcción de las barracas, cerca de la costa. El capitán y el factor se internaban río arriba llevando género para comprar cincuenta o sesenta hombres.
En el primer poblado alquilaban una choza, que les servía de tienda. Con sus sirvientes principiaban a hacer unos lotes.
En un listón de madera como el que sirve para tallar a los quintos marcaban siete pies de altura, los dos últimos de arriba divididos en pulgadas. El negro valía más cuanto mayor fuera su estatura. Si medía seis pies, valía dieciocho piezas, entre ropas, abalorios, pólvora, aguardiente, fusil, etc. Cada pulgada de menos se rebajaba una pieza. Las mujeres tenían más valor si eran jóvenes y de buen aspecto.
Con relación al precio, los muchachos robustos tenían más valor; los viejos con la cabeza rapada, menos; las mujeres con hijos, menos que las solteras, y a las viejas no las quería nadie. En general, el negro, cuanto más oscuro era y más robusto, valía más. El negro pálido no producía confianza.
Los negros venían al mercado con sus comerciantes y havildares, generalmente sueltos; pero si eran prisioneros de guerra, cimarrones del bosque o ladrones, los traían atados. (…) El amo llevaba a su esclavo como un aldeano lleva a su vaca al mercado o al matadero.
Cuando un jefe mandaba un pelotón de soldados suyos a los bosques, a cazar a los cimarrones, recomendaba que los cogiera a palos o con trampas, y que si les disparaban tiros de fusil lo hicieran de las nalgas para abajo; así muchos prisioneros, al parecer fuertes, tenían las piernas débiles por las heridas, y eran inútiles para trabajar.
En ocasiones, un reyezuelo guardaba hasta doscientos presos de esta clase, y si no llegaba pronto algún buque de trata, el reyezuelo no encontraba mejor procedimiento de zafarse de ellos que cortarles la cabeza. Cuando se les reprochaban estas muertes, decían que la manutención de tanta gente les costaba mucho.
Como puede verse, el autor no hace distingos a la hora de señalar culpables para los desmanes aparejados a la trata de esclavos, repartiendo las responsabilidades lo mismo entre los traficantes blancos que entre los nativos negros que ejercían de intermediarios en estos inhumanos cambalaches.
En aquellos países de la costa de África, al menos por entonces, la mujer trabajaba en la labranza y el hombre se dedicaba a la caza y a la guerra; si la mujer era infiel al marido, podía avisar al jefe y éste vendía a la mujer como esclava con los hijos que tuviera.
Un grotesco tópico muy incrustado en el imaginario colectivo de los europeos es el de la antropofagia supuestamente practicada por los ‘salvajes’ habitantes de las profundidades de África, que se suele visualizar en los comics y chistes gráficos con la imagen del explorador o del misionero blanco metidos en un enorme puchero con propósitos culinarios. Lo curioso del caso es que el prejuicio era, al parecer, recíproco:

El viaje a América producía un gran miedo, un gran terror a casi todos los africanos, porque creían que iban a ser devorados por los blancos; la mayoría estaban convencidos de que si los extranjeros les cuidaban y querían engordarlos, era únicamente con el fin de comérselos.
Nosotros mismos encontramos un capitán mandinga de una goleta, de San Luis (Saint Louis, en Senegal), y hablando del miedo de los negros a ser comidos por los blancos, nos afirmó que él había visto meter en una caldera brazos, piernas y cabezas de negro para hacer un rancho. Nosotros le dijimos que había visto visiones, y cuando comenzó a explicarse comprendimos que se trataba de una operación hecha en el depósito de cadáveres del hospital, con el objeto de que los médicos tuvieran huesos para estudiar Anatomía. Le dijimos que en todas partes de Europa se hacía lo mismo, pero no se convenció.
(Con semejante aclaración, no es de extrañar que el pobre mandinga no sólo no se convenciera, sino que acrecentara sus temores.)
A pesar de ese terrible miedo, había gente que vendía a su familia y a sí mismo por la pasión del aguardiente. Esta pasión era tan fuerte, que el padre llevaba a vender a sus hijos, y si el hijo encontraba ocasión de amarrar al padre, a la madre o al hermano y llevarlo engañado al barco negrero y cambiarlo por unos garrafones de aguardiente, lo hacía. Era la liquidación de la familia.
En la barraca del comerciante donde se hacían las compras y se marcaba la estatura se examinaba a los negros detenidamente; se les registraba el cuerpo, el pecho, los muslos y las piernas, y se les obligaba a correr para ver si tenían dificultad por haber recibido algún balazo de posta.
Años más tarde, la trata ya no se hacía cambiando negros por géneros. Era menester pagarlos en moneda contante y sonante. Costaba entonces cada negro en la costa de Guinea seis onzas de oro; un capitán negrero podía reunir un cargamento de esclavos en un momento. En mi tiempo había que estacionarse en África y dejar allí sepultada parte de la tripulación por las calenturas malignas.
Se dieron casos excepcionales en los que algunos esclavos, que habían trabajado para algún rico terrateniente de Cuba, pudieron emanciparse gracias a un golpe de suerte, como por ejemplo al tocarles un premio de lotería –a la que los negros jugaban–, y, con el dinero ganado, reembolsar al amo el precio pagado por ellos, para quedar libres y volver a su tierra de origen. Lo primero que hacían los esclavos así libertos era vestirse con lujosos trajes, alhajas, sombreros de copa y relojes de oro, a imitación de sus ex-amos, para a continuación tomar un barco y volver a sus aldeas nativas a presumir. Grave error, pues jamás eran readmitidos en su propia tierra. Los jefecillos de sus tribus, irritados por tamaña e inapropiada exhibición de lujo, les amenazaban de muerte, o mandaban desnudarles y pintarles el cuerpo de rojo.

Ni para los negros con suerte era fácil de realizar el ideal de lucirse en la aldea con un traje bonito y con joyas. Además, al que volvía de América rico y libre se le acusaba por los demás de brujería, y tenía que pagar una multa, si es que no lo mataban.
(Pío Baroja, ‘Los pilotos de altura’. III parte, capítulo 2: Las costumbres de la trata)
¿Y cuáles fueron las naciones europeas que más despuntaron en el tráfico transoceánico de esclavos africanos? Aquí Pío Baroja, como buen francotirador que era, dispara sus tiros en todas las direcciones, y reparte las responsabilidades a partes iguales entre todos los países, incluyendo su propio País Vasco. Entre las fuentes documentales en que se basa está un periódico editado en la misma África, en Sierra Leona, uno de los países proveedores de esclavos negros.
Caso especial era el de Inglaterra, que, bajo el pretexto de perseguir la trata de negros, oficialmente prohibida, practicaba el doble juego de combatir a los barcos negreros y a la vez adueñarse de los cargamentos de esclavos, con el fin de afianzar su hegemonía en el tráfico de ‘ébano’.
En los siglos XVII y XVIII, todos los países del Atlántico practicaban la trata. En la mitad del siglo XVIII, los negreros ingleses cubrían los mares, y salían constantemente de los puertos de Londres, de Lancaster, de Bristol y de Liverpool.
Los ingleses hicieron expediciones en grande, y uno de sus más famosos negreros fue Hankins, a quien la reina Isabel dio dos títulos de nobleza y un escudo con la figura de un moro.
Los ingleses, en mi tiempo, y ya mucho antes, prohibieron oficialmente la venta de esclavos; hacían como el fuerte que se lanza a desbaratar una riña: pegaban a derecha y a izquierda, y se quedaban con lo que podían.
Todos los países del Atlántico, hasta la misma Dinamarca, participaron de ella (la trata), comenzando, como hemos dicho, por los ingleses. Luego éstos se retiraron y quedaron como los más activos negreros los franceses, los portugueses, los brasileños y los españoles de Cuba.
En el siglo XVIII hubo años en que sólo Francia transportó más de cien mil negros de África a las colonias. En el principio del siglo XIX, muchos de aquellos puertos franceses seguían practicando la trata en gran escala, y a la cabeza de ellos estaba Nantes.
Nadie ignora que en la época mencionada Francia ya había hecho su Revolución, pero los ideales de libertad, igualdad y fraternidad no eran por lo visto aplicables a seres de ‘razas inferiores’ o ‘salvajes’.
Lo curioso de los franceses era que, a pesar de su humanitarismo y de sus derechos del hombre, no les parecía mal la trata.

Es también significativo el constatar que tras la abolición oficial de la trata, ésta, en vez de desaparecer, se intensificó.
Muchas de las informaciones que nos han llegado acerca de las pésimas condiciones en que viajaban los africanos en los barcos negreros provienen precisamente del hecho de que estas naves eran interceptadas por otras naves inglesas que ‘perseguían’ la trata de negros, inspeccionaban sus cargamentos y descubrían en sus bodegas la mercancía humana que ocultaban.
La historia moderna de la trata en el siglo XIX la hacía el periódico de Sierra Leona The Royal Gazette and Sierra-Leone Advertiser.
Este periódico publicó noticias de varios cruceros de los barcos de guerra ingleses. En 1825, el comandante inglés Bullen visitó, cerca del río Calabar Viejo, el navío francés Orfeo, con setecientos negros que se transportaban a la Martinica; iban encadenados dos a dos, los unos por las piernas, los otros por los brazos y algunos por el cuello; el olor que salía del sollado era tal, que el oficial inglés no pudo resistirlo. Todos los presos pedían agua, acometidos por la sed horrible que provoca el clima de los trópicos.
El mismo comandante Bullen contó que un barco francés que había hecho su cargamento en el Calabar Viejo amontonó en el entrepuente a todos los esclavos, encadenados dos a dos, e hizo cerrar las escotillas durante la noche. Al día siguiente aparecieron cincuenta asfixiados. El capitán, con gran indiferencia, los hizo echar al mar y volvió a tierra a completar su carga.
El capitán Willis, del navío inglés Brazen, visitó en las costas de África la goleta L’Eclair, de Nantes, que conducía ciento veinte esclavos y que había perdido la tercera parte de su cargamento antes de ponerse a la vela. Este barco llevaba metidos a los negros en una cámara tan estrecha y tan baja, que tenían que estar sentados y acurrucados durante toda la travesía.
La María Pequina, barco portugués, al ser capturado llevaba veintitrés negros, cargados en el Gabón, de los cuales había muerto la mitad poco después de su partida. Estos esclavos marchaban metidos en un lugar que no tenía más que tres pies de alto.
Los Dos Hermanos Brasileños, de Bahía, tenían, cuando le cogieron, doscientos cincuenta y siete esclavos metidos en el fondo de la bodega, hombres, mujeres y niños mezclados.
El capitán Kelly encontró una barca portuguesa de once toneladas, la Nova Felicidades, con setenta y un negros hundidos en el fondo de la sentina, en un espacio de dieciséis pies de largo y siete de ancho y una altura de seis pulgadas. Entre ellos había algunos con disentería, y el olor era tal, que al acercarse los marineros ingleses estuvieron a punto de desmayarse.
En La Diana, también portuguesa, en la bodega se había declarado la viruela. (…)
Los capitanes, en general, consideraban a los negros como al ganado. Un capitán inglés del barco El Zong advirtió una gran mortandad entre los esclavos que llevaba a bordo. El capitán tomó la resolución de echar al mar a los más enfermos, y dijo a su oficialidad que los sacrificaba por falta de agua y porque no quería condenarlos al suplicio de la sed. El primer día echó cincuenta y cuatro al mar; al día siguiente, cuarenta y dos, y al tercero, aunque estuvo lloviendo de una manera abundante, y podía proveerse de agua, volvió a echar al mar a todos los que quedaban enfermos.
Pío Baroja nos sigue sorprendiendo hoy por la modernidad de su estilo, despojado de toda retórica y moralina, y de su lenguaje, sobrio, directo, sin adornos, que pareciera escrito ayer mismo. Pese a la aparente frialdad notarial con que va levantando acta de las atrocidades de los negreros, su informe no deja de provocarnos escalofríos.
Se agradece también el que llame al pan pan y al negro negro, prescindiendo de todo tipo de eufemismos, como los que nos invaden hoy día por boca de los guardianes de lo ‘políticamente correcto’, que no hacen sino traslucir los escrúpulos de conciencia de algunos blancos, presuntos herederos de una especie de pecado original por su pasado colonizador, racista y esclavista. Que si ‘negritos’, que si ‘de color’, que si ‘morenos’, que si ‘afroamericanos’, que si ‘subsaharianos’… ¿Habremos de recordar el lema que proclaman los mismos negros estadounidenses, descendientes de los esclavos?: “Say it loud: I’m black and I’m proud”. Dilo bien alto: soy negro y estoy orgulloso de serlo.
O también este otro: “Black is beautiful”.
El mismo Léopold Senghor, anterior presidente de la república de Senegal y primero desde su independencia (1960), que fue poeta antes de ser político, postulaba el término ‘negritud’ para referirse a la expresión artística y literaria de las experiencias del Africa negra.
La utilización del término ‘negro’ por parte de Baroja no implica menoscabo alguno en la consideración y respeto que le merecen los africanos como tales. En medio de la crudeza y la brutalidad de los hechos relatados, el autor intercala de vez en cuando su propio juicio moral sobre la práctica del tráfico de ‘ébano’:
Respecto a la moral de los capitanes y pilotos negreros, era indudable que se acostumbraban a ver en sus expediciones una aventura peligrosa en que se podía perder el dinero y la vida y ganar la fortuna. La desdicha del africano encadenado no les hacía mella: lo consideraban como a un animal.
La codicia les impulsaba a no dejar a los negros en su barco más que un espacio parecido al que ocupa un muerto en su ataúd. Muchos negros estaban obligados a viajar siempre sobre un lado, replegados sobre sí mismos, sin poder extender los pies. Acostados, sin vestidos, sobre un suelo muy duro, traídos y llevados por el movimiento del barco, su cuerpo se cubría de úlceras y sus miembros no tardaban en ser desgarrados por los hierros y las cadenas que los tenían atados unos a otros.
Cuando llegaba el mal tiempo y se cerraban las escotillas del barco, los sufrimientos eran horribles; echados los unos sobre los otros, sofocados por el calor insoportable de la zona tórrida y por la exhalación nauseabunda que salía de sus cuerpos, la sentina del barco parecía un horno ardiente y pestífero.
Aquellos desgraciados, encerrados de tal manera en un calabozo infecto y privado de aire, solían lanzar gritos lamentables; se les oía llamar y decir en su lengua: “Aquí nos ahogamos”; pero los negreros no hacían caso.
Había terribles negreros, capitanes crueles y desalmados, con instintos sádicos, que no sólo estibaban a los negros como si fueran fardos, sin dejarles sitio para moverse, y si morían los tiraban al mar para que sirvieran de pasto a los tiburones, sino que los martirizaban.
Algunos negreros eran verdaderamente satánicos; muchos llevaban a bordo perros antropófagos, que se alimentaban de carne y bebían sangre humana. Estos animales feroces, conocidos por los colonos de América con el nombre de perros devoradores, eran empleados en las colonias para la caza de los cimarrones.
También solían usar, sobre todo los brasileños, otro sistema muy bárbaro. Tenían a todos los negros con un par de grillos a los pies, lo mismo en la bodega que en la cubierta o en el entrepuente, y pasaban por entre las piernas de los esclavos una cadena delgada, a la cual ponían un sistema de poleas. A la menor alteración o bulla, tiraban de la cadena, la ponían tensa a cierta altura y quedaban los negros cabeza abajo.
Tampoco cae Baroja en ningún esquema maniqueo del tipo ‘blancos/malvados, negros/bondadosos’. La compasión que le suscitan las víctimas inocentes de la trata no es óbice para que insista en denunciar, sin pelos en la lengua, la complicidad que tuvieron muchos africanos en tales actividades, en perjuicio de sus propios congéneres.
El espíritu de lucro de los negreros se comunicó a los negros, y los padres vendían a los hijos, y los maridos a las mujeres. Los agentes europeos impulsaban con frecuencia a la guerra a unas tribus contra otras y a los reyezuelos entre sí. El odio se unía a la codicia, porque el vencedor no sólo ganaba la guerra cuando la ganaba, sino que vendía a todos los prisioneros.
Los franceses, en el Senegal, acostumbraron a los reyezuelos a hacer prisioneros a los indígenas de su mismo país y a venderlos; desde entonces solían coger todos los habitantes y hacerlos esclavos.
Los negros mismos eran los peores traficantes de la gente de su raza y de los que con más dureza trataban a sus esclavos.
¿Y cuáles fueron los peores negreros entre los blancos? En esta cuestión Baroja no deja títere con cabeza:
Respecto a las tripulaciones negreras, naturalmente, podía asegurarse que las constituían lo peor de cada casa. A los marineros no se les exigía libreta ni documentos.
Los capitanes y pilotos eran de distinta procedencia: franceses, ingleses, españoles, portugueses o italianos y de varios países de América, en particular brasileños y cubanos. De éstos no se podía decir quiénes eran mejores o peores: había de todo.
Entre los marineros negreros se notaban diferencias grandes: los franceses se mostraban reñidores y borrachos; los portugueses y gallegos, roñosos y disciplinados y un tanto serviles; los italianos, ladrones y vengativos; los brasileños y cubanos, gandules y perezosos, y los primeros más crueles, pues trataban a los negros peor que al ganado, como si tuvieran algún agravio que vengar de ellos.
Entre los españoles, los peores marinos para los viajes negreros eran los catalanes y los vascos. Los catalanes reclamaban siempre y creían que los engañaban, todo eran quejas. Los vascos se mostraban indisciplinados, desesperados, marineros rebeldes, marineros tigres. Creían, sin duda, que, fuera de su país y de su pueblo y en un barco dedicado a la trata, no quedaban en pie ni leyes ni respetos humanos. (…) Esta condición se sabía entre los negreros, y una tripulación completa de vascos no la hubiese aceptado ningún capitán, de miedo a la rebelión.
(Pío Baroja, ‘Los pilotos de altura’. III parte, capítulo 3: Sobre la trata)
Y ya que estamos con los negreros vascos, vamos a ver cómo funcionaban dos insignes personajes euskaldunes, marineros ambos que se dedicaron en algún momento de su vida a la trata de esclavos, que aparecen como protagonistas en tres de las novelas de Baroja ambientadas en la mar: el capitán Chimista y el capitán Zaldumbide.
Tanto uno como otro tenían bien claro que a los negros había que tratarles con cuidado. No por consideraciones humanitarias, sino porque constituían una valiosa mercancía.
Comencemos por Chimista.
Chimista cuidaba de todos los detalles con gran atención.
Por la mañana se bañaban los negros de nueve a diez; luego se les hacía bailar al son de un bombo y cantaban todos ellos lo mismo que los curas en un entierro. Al principio parecían sus canciones muy discordantes, pero luego se acostumbraba uno a ellas, y las encontraba bien. A las diez almorzaban un potaje de fríjoles y harina de boniato, hecho toda una masa con agua caliente. A la media hora se les servía medio cuartillo de agua. El potaje de fríjoles tenía que estar muy picante, porque si no, no lo querían. Del mediodía hasta las tres de la tarde había un descanso, y volvían a cantar antes de comer.
Además de las canciones en su lengua, cantaban otras en español, que les enseñó nuestro contramaestre Lozano, entre ellas una con aire de fandango, que decía así:
A la Habana me voy
En el barco velero; dejaré de ser pobre
y me haré caballero.
Irónicamente, la rima funcionaría igual cambiando la palabra ‘velero’ por la palabra ‘negrero’.
Pío Baroja, que antes de ser escritor había ejercido como médico –en Cestona, Guipúzcoa–, presta especial atención en sus novelas a las cuestiones relacionadas con la sanidad:
Un percance frecuente en los barcos era la enfermedad que los negreros llamaban bicho. El bicho es una inflamación del recto, con ulceración y gangrena. En el barco hubo ocho o diez casos de tal enfermedad, pero se le atajó pronto. La medicina empleada por los negreros para la afección era una mezcla de vinagre, pólvora y trozos de limón, que se ponía en una tina. Todas las mañanas se examinaba a los negros, y si presentaban síntomas de aquel padecimiento, se les aplicaba un puñado de la pasta, que les hacía sufrir mucho, pero que lograba curarles.
Cuando venían a bordo los negros, varones y hembras, se les quitaba a todos el taparrabos, y no se les entregaba hasta el momento de pisar tierra. También se seguía otra costumbre a bordo de los negreros: días antes de la recalada se les cortaba el pelo a todos los negros, con navaja de afeitar, para que no se distinguieran viejos y jóvenes.
(Pío Baroja, ‘Los pilotos de altura’. III parte, capítulo 6: Medidas de Chimista)
–¡Eh, piloto! ¿Cuántos? –me preguntó el encargado.
–Quinientos ochenta y tres –le contesté yo.
–¿Y negras?
–Setenta y cuatro.
–¡Vaya un negocio redondo, compadre!
(Pío Baroja, ‘Los pilotos de altura’. III parte, capítulo 7: Petulancia de Chimista)
‘Los pilotos de altura’ (1929) es la segunda novela de una trilogía compuesta también por ‘Las inquietudes de Shanti Andía’ (1912) y ‘La estrella del capitán Chimista’ (1930), dedicadas al tema del mar, y cuyos personajes son marinos vascos. En la tercera de estas novelas, el capitán Chimista llega en sus correrías hasta Filipinas y el Extremo Oriente. En la primera, cobra protagonismo un marino vascofrancés: el capitán Zaldumbide. Sus hazañas son supuestamente relatadas al autor por un viejo marino de Ghetary (País Vasco-Francés), llamado Fermín Itchaso (itsaso = mar, en vascuence).

El capitán Zaldumbide era hombre alto, encorvado, amojamado. Nosotros le llamábamos el Viejo; (…)
Antes de ser negrero, el Viejo, según decían, había hecho naufragar varios barcos asegurados, llegando hasta exponer su vida. Tantos naufragios seguidos le dieron una buena fortuna y una mala fama. Entonces se dedicó al comercio de ébano. (…)
El capitán era un bárbaro, como todo capitán negrero de esa época. Allí, al que faltaba, ya se sabía, lo azotaban como a un perro. (…)
Llegábamos a la costa de Angola; allí había gentes de todas las nacionalidades, sobre todo americanos y portugueses. Estos se metían entre los reyezuelos y jefes de tribu y hacían negocio. A cambio de los negros, daban fusiles, pólvora, instrumentos de hierro y brazaletes de latón y de cristal.
Embarcábamos doscientos o doscientos cincuenta negros, entre hombres, mujeres y chicos, y aprovechando los alisios del Sureste, íbamos casi siempre al Brasil. Allí vendíamos el saldo entero. Luego, el comerciante negociaba al por menor. Los hombres valían de mil pesetas hasta cinco mil; los niños, veinticinco duros, antes de bautizar, y cincuenta después; las mujeres se vendían a precios convencionales.
Zaldumbide no regateaba fusiles ni pólvora para adquirir un buen género. A él no le daban un anciano venerable por un hombre joven, aunque estuviese teñido; ni un hombre con una hernia por un individuo bien organizado.
El, con el Doctor Cornelius, miraba los dientes de los negros, estudiaba los músculos y las articulaciones, veía si tenían hinchado el vientre.
–Cuando yo doy negro, un buen negro, por mil duros, es que es una cosa excelente –decía Zaldumbide; y añadía–: Ante todo, la seriedad comercial.
El género femenino de color no le gustaba al capitán, quizá por razones de moralidad.
Zaldumbide no era partidario de maltratar ni de pegar siquiera a los negros; no por nada, sino por no estropearlos.
Los demás capitanes negreros trataban a fuetazos a sus negros. Estos fuetazos no eran más que el ligero prólogo de los que les darían después los bandidos de América. Hay que reconocer que los negreros franceses debieron dejar atrás a los demás en el arte de desollar negros, porque incrustaron en el lenguaje de las colonias el nombre del látigo francés, lo impusieron, y a todas partes donde había negros llevaron triunfante el fouet.
Bien es verdad que, a cambio de esa pequeña molestia de arrancar a los negros algunas piltrafas insignificantes de carne, se les bautizaba, y eso salía ganando.
Zaldumbide era el San Francisco de Asís de los negros. No los tenía a todos en la misma cámara, sino en cuatro grandes cuadras, hechas con mamparos; les ponía camas de paja y les sacaba sobre cubierta para airearlos y lavarlos.
–Es una mercancía delicada –solía decir.
No era el capitán de los que consideran que, para cumplir como buen negrero, hay que maltratar al ganado humano. Prefería matar a un marinero antes que a un negro. Varias veces le reprochaban esto, y él contestaba:
–¡Qué imbéciles! ¿Cómo quiere compararse un marinero con un negro? Un marinero no vale nada; lo reemplazo con otro en cualquier parte. Un negro puede valerme mil duros.
Con nosotros no tenían gran cosa que hacer los tiburones; otros barcos negreros, que hacinaban los bultos de ébano en la bodega, en malas condiciones, iban teniéndolos que echar al agua, a que sirvieran de pasto a los tiburones; nosotros, no; hubo viaje en que no murió ninguno.
Zaldumbide era muy político; cuando bajaba a tierra a visitar al rey Badegú o al mariscal Taparrabo, les rogaba que mandasen azotar a los negros que iban a vender. Los otros lo hacían sin ningún inconveniente. Después, Zaldumbide, al tenerlos en el barco, les hablaba, porque sabía algo de bantú y del mandigo, y les decía, en aquella infame algarabía negra, que les iba a llevar a un país en donde no harían más que tomar el sol y comer habichuelas con tocino. Los negros quedaban encantados. No les alimentaba con mijo y manteca de palma, como los demás negreros, sino que les daba pescado ahumado, habichuelas y miel. Los alimentaba mejor que a los marineros. No había sublevaciones; al revés, había negro que, salido de la prisión, al verse en el barco con cierta libertad, y sin ser golpeado, consideraba al capitán como a un bienhechor. El farsante del vasco sonreía dulcemente. (…)
Hicimos una porción de viajes llevando desgraciados negros de Angola y Mozambique al Brasil y a las Antillas.
Nunca llegué a acostumbrarme al espectáculo de miseria y de horror que ofrecían; casi siempre me metía en el camarote para no ver aquellos desdichados. Zaldumbide los trataba bien; pero eso no evita que el espectáculo fuera repulsivo.
El Dragón no era de aquellos clásicos negreros que podían considerarse como ataúdes flotantes. Estaba bien estudiada la capacidad de aire, la cantidad de agua necesaria y la manera de evitar la infección y los miasmas pútridos. Zaldumbide comprendía que su negocio no estaba en dejar morir a los negros.
(Pío Baroja, ‘Las inquietudes de Shanti Andía’)
No se puede poner puertas al mar
Al día de hoy, entrados ya en el siglo XXI, ¿ha desaparecido totalmente la trata de negros? No lo tenemos muy claro.
Habría que decir más bien que ha adoptado otras formas.
Hoy la trata ya no se lleva a cabo en grandes buques provistos de bodegas para el cargamento de ‘ébano’, sino en precarias embarcaciones como las pateras y los cayucos. En nuestra exposición de fotos mostramos diversos astilleros, situados en pueblos de pescadores a lo largo de la costa de Senegal, donde se construyen con métodos artesanales cayucos y piraguas (fotos 21, 63, 78 y 79). Los alegres colores con que están decorados no dejan presagiar el trágico fin que espera a algunos. En principio destinados a la pesca, muchos de estos cayucos se utilizan subrepticiamente para el transporte, por el océano Atlántico, de emigrantes africanos a distintos países de Europa.No se puede poner puertas al mar
Los negreros ya no son capitanes y marinos europeos o americanos, sino los propios compatriotas de los africanos. Personas anónimas, organizadas en grupos clandestinos, a modo de mafias.
Los hombres, mujeres y niños que son embarcados (embaucados habría más bien que decir) en estas chalupas rumbo a un incierto destino no conocen ni la duración ni los peligros de la travesía. Muchos de ellos ni saben nadar.
En vez de pagar por ellos, son ellos los que pagan el viaje. Y abonan al tratante sumas desorbitadas en relación a sus exiguas economías, invirtiendo a veces en la operación los ahorros de toda su vida, cuando no los de su familia.
La elevada mortandad no se produce por las pésimas condiciones higiénicas y el hacinamiento de los barcos negreros de antaño, sino por naufragios, por hipotermia, por agotamiento físico o por deshidratación, dada la fragilidad de estas embarcaciones, inadecuadas para una larga navegación oceánica, y la total imprevisión que existe en lo que respecta a las provisiones de agua, comida o ropas de abrigo.
Cuando algunos de los pasajeros mueren en el trayecto, sus cuerpos son, hoy como ayer, simplemente arrojados por la borda.
No hace mucho se detectó en aguas del Caribe un ‘cayuco fantasma’ que flotaba perdido a la deriva, y en su interior no se encontraron sino cadáveres: senegaleses que habían fallecido de hambre y de sed durante la travesía.
Conviene aclarar que aunque muchos cayucos parten de las costas de Senegal, sus pasajeros provienen también, en gran medida, de otros países africanos, y a veces incluso asiáticos. Senegal sería sólo su puerto de embarque. Y es que por su situación geográfica, Senegal viene a ser el finisterre de África. El inmenso desierto del Sahara constituye, al norte, una barrera infranqueable.
Estos hombres y mujeres no escapan únicamente de la pobreza. La endémica corrupción de sus gobiernos, las dictaduras, las sangrientas guerras civiles (Liberia, Sierra Leona, Somalia, Sudán… son sólo algunos ejemplos) les empujan a embarcarse en la aventura, en lo que no es sino una huida hacia adelante. Poco a poco, los pueblos de África van perdiendo a sus mejores ciudadanos.
Recientemente ha saltado a los periódicos que los gobiernos de algunos países (Mauritania, Malta…) se niegan a acoger, ni siquiera a socorrer, a emigrantes navegando en cayucos y pateras que han naufragado o se encuentran en apuros o necesitan repostar agua.
A su llegada a destino (los que llegan vivos, y no son detenidos y repatriados), los africanos ya no trabajan de esclavos. Entran de lleno en un sistema económico de capitalismo aún más salvaje que el de sus países de origen, donde impera la ley del más fuerte, o la del más listo.
Los puestos de trabajo que obtienen son los más duros, los que ningún nativo de aquí quiere, los peor retribuidos. Pasan de una economía de supervivencia a otra de mera subsistencia. Sus títulos universitarios o profesionales no son homologados. La venta callejera, el ‘top-manta’, el trapicheo de estupefacientes, la prostitución… se convierten no pocas veces en su única y mísera alternativa. O la de ser explotados por empresarios sin escrúpulos, que se aprovechan de la precariedad de su situación para pagarles sueldos muy por debajo del mínimo legal, sin contratos y sin cobertura de seguridad social. El alojamiento se da muchas veces en condiciones infrahumanas, apiñándose un gran número de personas en pisos desvencijados o cuartuchos de alquiler.
Si a todo esto no se le puede llamar, en un sentido estricto, esclavitud, hay que ver cuánto se le parece.
Este estado de cosas ha llevado a la ONG Medicus Mundi a reclamar a las Naciones Unidas que se declare el tráfico de emigrantes como un crimen contra la Humanidad.
A nadie se le oculta que las grandes desigualdades sociales y económicas entre los países desarrollados y los países ‘en vías de desarrollo’ (otro eufemismo) son la causa profunda de este fenómeno imparable.
Astillero de cayucos Estamos en la era de la globalización, y los modernos medios de comunicación propician que todos estemos conectados con todos, al menos virtualmente. Pero ocurre que los africanos también disfrutan, a veces en mayor medida de lo que suponemos, de la televisión por satélite y de internet (foto39). Y pueden contemplar nuestro sistema de vida. Y compararlo con el suyo.
Sólo que la imagen que les llega de nuestro European way of life está tremendamente sesgada y distorsionada. Cuando una persona pasa hambre en África, y observa en los anuncios publicitarios europeos cómo incluso a nuestras mascotas, a nuestros perros y gatos domésticos, les alimentamos con los más exquisitos manjares, ¿qué tiene de extraño que deduzca que por aquí atamos a los perros con longanizas, que esto es poco menos que el reino de Jauja? ¿Podemos reprocharles que vengan en masa a buscarse la vida?
Cierto es que los flujos migratorios de África y Asia hacia Europa no son cosa de hoy. Desde hace varias generaciones, un buen porcentaje de los ciudadanos de las metrópolis más desarrollados de Europa occidental son descendientes de emigrantes procedentes sobre todo de sus antiguas colonias en Asia y África. Pero nunca como hasta hoy la emigración se había producido de forma tan fuera de todo control.
La situación ha llegado a tales niveles de absurdo que hay gobiernos que ordenan erigir muros y barreras fronterizas para intentar frenar la avalancha. Pasa esto en los Estados Unidos, con la construcción de un muro en la frontera mexicana, pero pasa también en España, con la instalación de una doble (y luego triple, y luego cada vez más alta) alambrada de espinos en las fronteras con Ceuta y Melilla, dos de las anacrónicas colonias españolas que todavía quedan en territorio africano, barreras que ya han producido muertos (por disparos de la policía) en el intento desesperado de muchos magrebíes y subsaharianos por saltárselas. Cayó en 1989 el muro de Berlín, esa vergüenza de Europa, pero parece ser que no hemos aprendido todavía la lección.
Las sucesivas reformas de la ley de extranjería española para regularizar a los inmigrantes ‘sin papeles’ no sólo no han paliado el problema, sino que han provocado lo que los periodistas denominan el ‘efecto-llamada’. Cada vez más africanos están dispuestos a perseguir el señuelo de una nueva vida en un nuevo mundo, y el gobierno español, a instancias de los restantes gobiernos de la Comunidad Europea, se ve obligado a repatriar cada vez más inmigrantes, a convertirse en el cancerbero de Europa.
Pero de poco sirven estas medidas, pues muchos de los deportados están firmemente dispuestos, en cuanto surja la ocasión, a repetir el salto, por otras vías. No se puede poner puertas al mar.
En nuestro viaje por Senegal, oímos muchas veces de boca de nativos senegaleses esta frase: “Los españoles sois los africanos de Europa”. Nos recordaba aquello de que “Africa empieza en los Pirineos”, pero en este caso no era un menosprecio, sino un elogio, una expresión de simpatía de los senegaleses hacia los españoles, de agradecimiento por el trato que se dispensa a los africanos cuando llegan a tierras españolas, léase las islas Canarias o la costa mediterránea de Andalucía, por comparación al maltrato sufrido en otros países europeos. Incluso cuando la policía los había detenido y expulsado del país, decían sentirse mejor tratados que en otras experiencias análogas, pongamos en Francia o Italia.
Bienvenidos seáis, senegaleses. Bienvenidos seáis, africanos, porque venís a añadir color, savia nueva y pluralidad a nuestra cultura.
Pero no es dejéis engañar por los cantos de sirena del neoliberalismo. Porque aquí todos tenemos, blancos y negros, algo de esclavos.

Bibliografía consultada:
(1) Un ferry de la línea Dakar-Zinguinchor-Dakar naufragó el 26 de septiembre de 2002 provocando la muerte de alrededor de 2.000 personas. El buque era propiedad del Estado senegalés y sólo tenía permitida capacidad para 600 pasajeros.
(2) Referencia:
(3) Africana The Encyclopedia of the African and
(4) African American Experience
(5) Editors: Kwame Anthony Appiah and Henry Louis Gates Jr.
(6) Copyright 1999
(7) ISBN 0-465-0071-1

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