El triunfo de la Revolución cubana

27 12 2013

Album de la Revolucion Cubana. Foto:Jeremy Richardson

 

 

Por Manuel Castro Rodríguez

El 31 de diciembre de 1958 mis padres y yo cenamos a las nueve de la noche y nos acostamos. Lo mismo hicieron las familias que conocía. Cuba no estaba para fiesta.

El 1 de enero de 1959 se desplomó la tiranía (1952-1958), fruto del golpe de Estado que el 10 de marzo de 1952 dio inicio a este holocausto que parece no tener fin. En la madrugada mis padres me despertaron; me dijeron que Batista había huido y que nos íbamos para casa de Ramona, la tía de mi padre y madre de René de los Santos Ponce. Despertamos a Ramona y su hija Edita, que empezaron a llorar de alegría cuando conocieron la noticia.

Desde hacía unos ocho meses, René se encontraba en la Sierra Maestra. Cuando estábamos hablando con Ramona, Edita y Armenio –el único hermano varón de René-, no sabíamos si René vivía. Al poco tiempo, llegaron Lidia -la esposa de René- y sus tres hijos: Norma, Adalys y Elio.

A media mañana, cuando no cabía más nadie en la casa, llegó un vecino con la noticia de que en una alocución radial que había hecho Fidel Castro, ordenaba que le buscaran al comandante René de los Santos. Empezamos a gritar de alegría. No sabíamos que al frente de la Columna 10, René había tomado el cuartel Moncada –la segunda fortaleza militar de Cuba-, sin necesidad de hacer un solo disparo.

René fue un cercano colaborador de Fidel Castro, desde los tiempos en que ambos militaban en el Partido Ortodoxo. Desde 1957, René había sido el jefe del  Movimiento 26 de Julio (M-26-7) en Guanabacoa y uno de los más buscados por los cuerpos represivos de la tiranía batisitiana, a tal punto que uno de los peores criminales, Esteban Ventura Novo, había dado la orden de matarlo en el lugar donde lo encontrasen.

Cuando la huelga general del 9 de abril de 1958, Guanabacoa fue una de las dos localidades cubanas que estuvieron controladas por el Movimiento 26 de Julio. Al fracasar la huelga, René se escondió en casa de mis tías paternas. La noche antes de ir a realizarle la visita dominical a mis tías -vivían en Corralfalso 62, al lado del antiguo depósito de la cervecería Polar en Guanabacoa-, mis padres me hablaron sobre la situación en que se encontraba René, me insistieron en que no podía decirle a persona alguna algo relacionado con él, ni las características que tenía la casa de mis tías paternas; esa advertencia estaba de más, yo sabía lo que le pasaría a René si lo encontraban. Siendo un niño, ya había aprendido que tenía que ser sumamente discreto, máxime en presencia de policías, soldados y desconocidos.

Hacía tiempo que no veía a René, pero recordaba sus discusiones con mi padre, que siempre se opuso a la violencia. Mientras que papá fue militante comunista desde su adolescencia hasta finales de la década del cuarenta y murió defraudado con el castrismo, René fue anticomunista hasta que murió en 2007, aunque ocupó altos cargos militares y políticos después del 1 de enero de 1959: creador de la policía política, jefe militar de las provincias de Pinar del Río y Camaguey, miembro del comité central del Partido Comunista de Cuba (PCC) y otros cargos en el PCC. Incluso, Fidel Castro utilizó a René como testigo en el juicio contra el comandante Huber Matos, para demostrar que era mentira que había influencia comunista en el Gobierno Revolucionario.

Además, la organización de los comunistas cubanos era la única de las agrupaciones que se oponían a la tiranía que no habían acudido a la violencia; los comunistas cubanos nunca habían incluido en su estrategia la lucha armada. No es hasta abril de 1958, en que el Partido Socialista Popular crea una pequeña guerrilla en Yaguajay, Las Villas, al mando de Félix Torres. Es en junio de 1958, cuando Carlos Rafael Rodríguez -miembro del Buró Ejecutivo Nacional del Partido Socialista Popular-, es designado su representante ante Fidel Castro, en la Sierra Maestra, pero sin responsabilidad militar. A pesar del cambio de concepción en cuanto a la lucha armada, los comunistas cubanos siguieron sin utilizar la violencia en las ciudades; el Partido Socialista Popular siempre se opuso al terrorismo practicado por el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario.

Volviendo a la visita a mis tías paternas cuando René se encontraba escondido. En esa ocasión no hubo discusión alguna; no sé si porque mi padre comprendió la situación tan estresante por la que estaba pasando René o por la presencia de Norma, la hija mayor de René. A los pocos días, la Policía cercó la casa. René pudo salvar la vida gracias a que se ocultó en un pozo hecho en el traspatio. Después de recibir la autorización de Fidel Castro, René pudo salir de la capital y llegar a la Sierra Maestra, donde después de participar en innumerables combates, fue nombrado comandante del Ejército Rebelde, jefe de la Columna 10 ‘René Ramos Latour’ y segundo jefe del III Frente Santiago de Cuba, que dirigía el comandante Juan Almeida Bosque.

Más nunca he vuelto a ver tanta alegría como la que se vivió en Cuba en esos días de enero de 1959, es una experiencia inolvidable e imposible de describir. La Habana, mi ciudad natal, jubilosa a decir no más. Las milicias con brazaletes del M-26-7 estaban por todas partes.

Había triunfado una revolución comprometida con la libertad y la justicia, que terminaba con casi siete años de tiranía. Pronto se empezó a conocer que en otros países también despertó las simpatías de millones de personas.

Empezaron a visitarnos algunos de los oficiales del triunfante Ejército Rebelde que mis padres conocían; recuerdo a los capitanes Orlando Lamadrid y Julio Suárez.

El verdadero nombre del capitán Julio Suárez era Indamiro Restano, conocido como ‘Machito’ por los vecinos de La Rosalía, donde tenía una barbería en la Calzada de San Miguel del Padrón y Primera. ‘Machito’ perteneció a la guerrilla del Partido Socialista Popular en Yaguajay, Las Villas -la división político-administrativa vigente en esos momentos comprendía seis provincias: Pinar del Río, Habana, Matanzas, Las Villas, Camaguey y Oriente.

‘Machito’ fue nombrado delegado del recién creado Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) en la provincia de Matanzas  Dos o tres años después, ‘Machito’ confrontaría problemas con la tiranía que ayudó a instaurar. Tres década después, en 1992, su hijo, Indamiro Restano, fue sentenciado a diez años de prisión, por fundar una organización política opositora; después sería desterrado.

El capitán Orlando Lamadrid fue uno de los pocos sobrevivientes del asalto al Palacio Presidencial, realizado por el Directorio Revolucionario. Antes de que pasaran dos años después del triunfo revolucionario, Lamadrid tuvo que exiliarse.

A los pocos días fuimos a ver a René al antiguo Servicio de Inteligencia Militar (SIM), ya que Fidel Castro le había encargado que crease y dirigiese el Departamento de Investigaciones del Ejército Rebelde (DIER), que después se transformaría en el Departamento de Seguridad del Estado. René estaba más flaco y con barba; portaba una subametralladora que puso sobre el escritorio de la oficina que ocupaba. Yo no dejaba de mirar la subametralladora; mi padre me había prohibido tener armas de juguete, lo cual siempre le he agradecido. Pero en ese momento, yo me sentía fascinado por el arma de uno de los principales héroes de la Revolución; René se dio cuenta y me permitió empuñarla, después de quitarle el cargador.

Pronto empezamos a conocer información cuantitativa sobre la corrupción de los integrantes de la tiranía derrotada, mientras que una parte de la población vivía en condiciones deplorables, lo cual es inconcebible en un país tan rico como Cuba. Aunque la República de Cuba era conocida como ‘La Perla del Caribe’, existían grandes diferencias entre las zonas rurales y urbanas.

Cuando Fidel Castro arribó a La Habana el 8 de enero de 1959, los cubanos pensaron que al fin verían realizados sus sueños de libertad y justicia social, como consagra la Constitución de 1940 que Fidel había prometido restablecer y hacer cumplir. El 18 de enero 1959, dos semanas después del triunfo de la Revolución cubana, salió publicada la segunda parte de la ‘Edición de la Libertad’, de la revista Bohemia, en la que Raúl Castro declaró:

Puedes asegurar que si nosotros logramos hacer cumplir fielmente la Constitución de 1940, habremos realizado una verdadera revolución”.

En 1959, existían las condiciones para que esos sueños se hiciesen realidad: el ingreso per cápita de Cuba casi duplicaba el de España, y Cuba estaba clasificado entre los 31 países más desarrollados del mundo.

Sin embargo, a los pocos meses de llegar al poder, Fidel Castro comenzó a exportar la subversión armada a América Latina y a reprimir a sus antiguos compañeros de lucha. Ordenó el encarcelamiento por veinte años del comandante Huber Matos. Gustavo Arcos Bergnes y Mario Chanes de Armas, dos de los compañeros de Castro en el asalto al cuartel Moncada, también sufrieron en las prisiones castristas: Arcos durante diez años; Chanes durante treinta años, superando por tres años a Nelson Mandela. Castro ordenó el fusilamiento de varios comandantes, entre ellos Humberto Sorí Marín y William Morgan.

En reiteradas oportunidades Fidel Castro se comprometió con celebrar elecciones generales en el plazo de un año –véase al final de este subdominio el Manifiesto de la Sierra Maestra-, con todas las garantías necesarias para lograr una sociedad democrática, una sociedad donde: no existiría  la opresión de los poderes político y/o económico, todos participaríamos en la toma de las decisiones colectivas y se elevaría el nivel de vida de la población cubana. Pero cuatro meses después de vencerse el plazo, Castro declaró el 1 de mayo de 1960:

Nuestros enemigos, nuestros detractores, preguntan por las elecciones …”.

El pueblo concentrado en la Plaza exclamó:

“¿Elecciones para qué?  ¿Elecciones para qué?” 

“¡Ya votamos por Fidel, ya votamos por Fidel!”

Dotado de un gran carisma, hechizo personal, inteligencia y capacidad histriónica, Fidel Castro sedujo a los cubanos con su oratoria encendida y épica, demostrando ser un excelente orador y un actor único.

Pero en los días iniciales de 1959, un clima de paz y prosperidad se avizoraba para Cuba. Ni un solo cubano podría ni tan siquiera haberse imaginado que la Revolución cubana sería la mayor estafa que ha sufrido pueblo alguno en América, ni que Fidel Castro sería el sepulturero de la Revolución cubana.

¿Cómo fue posible que abandonase los ideales de libertad y justicia social que preconizaba, traicionando la enorme confianza que el pueblo cubano depositó en él, considerándolo casi como su Mesías? ¿O es que realmente nunca tuvo esos ideales y todo fue una gran farsa? ¿Quién podría ni tan siquiera haberse imaginado en enero de 1959, que a Fidel Castro le obsesionaba el poder? ¿Esa obcecación fue la que llevó al joven revolucionario a transformarse en el peor tirano que ha sufrido América?

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