UN BARCO HACIA EL INFIERNO

8 12 2013

in

París, 17 de agosto de 2013.

Mi querida Ofelia,

Desde que regresé del crucero de dos semanas, me he dedicado a oír los viejos discos, a escribir y a leer. De las cuatro novelas que he “devorado” la que más me ha impresionado es “Un bateau pour l’enfer”. A continuación te la comento.

En Alemania, la noche del 9 de noviembre de 1938, fue la tristemente célebre Noche de Cristal. Las sinagogas fueron incendiadas, las casas de los judíos saqueadas, las masas antisemitas germánicas se desencadenaron en medio de una orgía de fanatismo.

Los judíos tenían que huir de la Alemania nazista, pero ¿adónde ir?

Desde la llegada del nacional-socialismo al poder, sólo un 20% de los judíos habían logrado salir del país. Las naciones occidentales del llamado mundo libre, condenaban oralmente la represión, pero no abrían sus puertas a los perseguidos, puesto que sus opiniones públicas, estaban en contra de la llegada de olas de nuevos inmigrantes.

Roosevelt había lanzado un llamado al mundo para encontrar un sitio “donde fueran admitidos los judíos en cantidades casi ilimitadas”. Varios dirigentes habían propuesto “su solución”. Se propuso enviarlos hacia: Madagascar, Etiopía, Rusia, Alaska, Angola, Kenya, Tanganica, etc., pero no se lograba concretizar el éxodo.

La única solución que encontraban los judíos era la de irse, pero, ¿cómo y hacia dónde?
Fue en ese contexto terrible, en el que comenzó el drama del San Luis.
Esta historia auténtica nos es contada por Gilbert Sinoué en forma de novela, teniendo como fuente una sólida documentación histórica.

Los sucesos tuvieron lugar desde el 13 de noviembre de 1938 hasta el 17 de junio de 1939. Las autoridades nazis decidieron autorizar a los judíos alemanes para que se fueran “libremente” del país, pero confiscándoles todos sus bienes.

Un primer barco trasportaría un millar de pasajeros: el transatlántico San Luis. En realidad se trataba de una trampa, Hitler estaba convencido de que ninguno de los países que tanto lo criticaban, estaría dispuesto a recibir a los judíos indeseables en Alemania.

Cuando el San Luis partió de Hamburgo, las apariencias eran las de un crucero de lujo. Para los 937 pasajeros (la lista por orden alfabético, se encuentra al final del libro: más de 200 niños, unas 300 mujeres y 400 hombres), que tenían visas cubanas en sus pasaportes, era el fin de una pesadilla y el inicio del camino hacia la Libertad. Y esa Libertad les esperaría en … La Habana, Cuba, en donde ya se encontraban 2 500 judíos refugiados provenientes fundamentalmente de Alemania y Polonia. Allí pensaban vivir hasta que se les autorizara la entrada en territorio de los U.S.A., ya que 743 pasajeros tenían en sus pasaportes la visa estadounidense.

Las visas cubanas eran vendidas en el consulado cubano en Berlín a tres mil marcos, suma enorme para aquella época y que los judíos desposeídos de todos sus bienes, lograban pagar gracias a la ayuda de familiares, residentes fundamentalmente en los U.S.A.

Pero el 23 de mayo, al llegar a La Habana, las autoridades cubanas les prohibieron el desembarco en el puerto, puesto que “la llegada de estos inmigrantes podría privar de sus empleos a los trabajadores cubanos”. El gran buque de lujo se convirtió así en prisión dorada.

La desesperación fue inmensa entre los buscadores de la Libertad, a tal punto que hubo que organizar patrullas anti suicidios a bordo.

El 8 de mayo, el ex-presidente cubano Ramón Grau San Martín, había instigado a hacer una manifestación de protesta en La Habana, contra la llegada del San Luis. Habían participado en ella unos cuarenta mil habaneros.

Hubo intrigas, corrupción, chantajes, intimidaciones, etc., entre los personajes políticos como el presidente Federico Laredo Bru y los militares de aquella época, entre ellos Fulgencio Batista, el coronel Benítez, Director de Inmigración, cuyos bolsillos se llenaron con marcos gracias a la venta de visas a los judíos, y su hijo Manuel Benítez Junior.

Los influyentes espías alemanes como Robert Hoffman manipulaban la prensa cubana, influyendo en sus artículos, como en el periódico Avance.

La actitud del cónsul de los USA en La Habana Coert du Bois (con sus informes cotidianos) y de los abogados de New York Lawerence Berenson y Cecilia Razovskya, (cuya lucha por encontrar un sitio para los refugiados fue infructuosa), son notables.

Por otra parte se pueden destacar la irresponsabilidad y la cobardía de los agentes de la compañía Hamburg American Line.

Mientras el San Luis estaba anclado en el puerto de La Habana, hasta él llegaba la música de las fiestas organizadas a lo largo de la Avenida del Puerto, para bailar y beber frente “a la curiosidad del barco judío”.

La actitud del capitán alemán Schröder fue muy valiente (sabía el fin trágico que esperaba a sus pasajeros en Alemania). El no acató la orden de regresar a Hamburgo con la “carga” y trató de convencer infructuosamente a varios países latinoamericanos: Colombia, Argentina, Chile, a los USA y a Canadá, para que aceptaran a los refugiados.

Los telegramas de los jefes de Estado con la negativa a recoger a los judíos llegaban uno detrás de otro, comenzando por el de Roosevelt. Parecía que el mundo los convertiría en judíos errantes, por los mares a la búsqueda de la Tierra Prometida.

El implorante telegrama que enviaron las madres judías a la Primera Dama de la República de Cuba, para que ésta salvara a los niños que estaban en el San Luis, no recibió respuesta. Según el autor, el presidente cubano prohibió a su esposa que lo contestara.

¡Dios mío! ¿Cómo se pudo ser tan insensible ante una tragedia tan grande?

¿Qué habrán pensado esas madres judías de la Sra. Laredo Bru y de los cubanos, cuando en su inmensa mayoría entraron en las cámaras de gases de los campos de concentración, con sus hijos en brazos?

En Berlín Goebbels muy divertido exclamó: ¡Nadie los quiere!

Este ministro de la propaganda, hasta ese momento había permitido abandonar el país solamente a los judíos pobres, pues estimaba que había que dar una imagen al mundo entero de que los judíos eran: “pobres, feos y sucios”.

Apoyándose en documentos de archivos y en las confidencias de los sobrevivientes, Gilbert Sinoué nos cuenta, hora a hora, una epopeya , que es tan terrible que se podría pensar que no pudo ocurrir.

El capitán del San Luis, intentó llegar a Miami. Los desesperados pasajeros veían los inmuebles y los coches circular por Miami Beach, pero los guardacostas los obligaron a dirigirse hacia el Atlántico.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el capital Schröder fue arrestado y acusado por haber sido militar nazi. Posteriormente fue liberado gracias a los testimonios de algunos de los pocos sobrevivientes del San Luis.

Durante los bombardeos aliados contra el puerto de Hamburgo, el San Luis fue incendiado. En 1949, el capitán Schröder visitó sus ruinas por última vez.

El 11 de marzo de 1993, Yad Vashem decidió rendir homenaje al capitán acordándole el título de “Justo de las Naciones”, en nombre del pueblo de Israel.

Sin contarte en detalles el horrible desenlace de esta historia dramática, al regresar el barco a la Vieja Europa con su “carga”, te recomiendo de todo corazón que leas este libro, para que constates la insolidaridad, el egoísmo y los intereses mezquinos de aquella inhumana humanidad, en nuestra Cuba de fines de los años treinta.

Este libro es una historia que fue adaptada a la gran pantalla, como “La Lista de Schinller” o “El Pianista”.

En 1959, sólo veinte años después, nos tocó a nosotros los cubanos salir huyendo por cientos de miles y buscar puertos, países y tierras, que nos abrieran las puertas.

Gilbert Sinoué nació en El Cairo en 1947. Es el autor de numerosas obras entre las cuales “El libro de zafiro” (Prix des Libraires 1996), “El Niño de Bruges” (1999), “Días y Noches” (2001), “La Embajadora” ( 2002), “Los Silencios de Dios” (Grand Prix de littérature policière, 2003), “Akhenaton, el dios maldito” (2004).

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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