En el LXXI Aniversario de la Batalla de Stalingrado

12 11 2013

Estalingrado
Por Mario Héctor Rivera Ortiz. México DF. A 11 de noviembre de 2013

La Segunda Guerra Mundial se había iniciado con la invasión de Abisinia por el ejército italiano en 1935, la intervención de Italia y Alemania en la guerra civil española y la ocupación de China por el Japón en 1936, Austria y los Sudetes por Alemania en 1938. Hitler proclamaba en 1939 que el Reich dominaba ya todo el territorio que se extendía desde el Rhin a la frontera soviética.
Los Estados agresores, Italia, Alemania y Japón, habían hecho añicos los tratados de Versalles, el de las Nueve Potencias y el mismo pacto de no agresión germano-soviético. El eje Berlín-Roma-Tokio terminó abandonando la Sociedad de Naciones, para continuar extendiendo la guerra libremente, frente a la complacencia de las potencias democráticas: EEUU, Inglaterra y Francia.

La situación era crítica para la humanidad entera y sucedió lo que se esperaba.
El 22 de junio de 1941 las divisiones Panzer reforzadas por otros ejércitos europeos de la misma calaña, irrumpieron sin previo aviso en el territorio soviético y pronto se ubicaron frente a Leningrado, Moscú y Stalingrado, ciudades donde justo ahí fue detenido el bárbaro ataque de los fritzes y socios.

La batalla de Stalingrado, cuidadosamente preparada por el alto mando soviético, se inició el 19 de noviembre de 1942 a las 7.30 Hrs. con el bombardeo masivo, ininterrumpido, de la artillería de largo alcance del frente suroeste. A las 9.50 Hrs. entraron en acción la infantería y las divisiones blindadas. Tras cien horas de combate las fuerzas soviéticas de los frentes de Stalingrado, del Don y del suroeste, habían cerrado el cerco en torno de los ejércitos nazi-fascistas comandados por Paulus, Hoth y Manstein. Era el fin de la llamada “Operación Barbarroja”.
El heroico Ejército Rojo con su gran estratega al mando, mariscal Joseph Visarionovich Stalin, dio a los agresores una lección histórico-mundial que definió el curso victorioso de la Segunda Guerra Mundial.

En cien horas de combate la artillería pesada, los blindados y la aviación soviética en Stalingrado, superaron las proezas militares de Wellington y Napoleón en Waterloo. El Blitzkrieg, o sea, la llamada guerra relámpago sin previo aviso, con la cual Alemania había asolado a Polonia, Francia, Países Bajos, Dinamarca y Noruega quedaba superada desde el punto de vista militar por la táctica estaliniana. Fue así que el 24 de de diciembre de 1942, los combatientes soviéticos pudieron celebrar la Navidad en una ciudad liberada a sangre y fuego…


Un año después de iniciado el contraataque, el 31 de diciembre de 1943, Friedrich von Paulus rendía sus armas al mando militar soviético y junto con 90,000 soldados alemanes y de varias nacionalidades europeas marchaba prisionero a los campos de detención siberianos.
Gloriosa victoria militar que los historiadores burgueses han tratado de deformar o minimizar con bufonadas grotescas como la del “general invierno” y la “locura” de Hitler.
En el mapa publicado en el Suplemento de la Revista Militar Soviética No. 12 de 1982, que a continuación se anexa, se pueden ver los pormenores de la batalla de Stalingrado.

Pero la crítica desmedida y la labor devaluatoria contra esta gesta imperecedera y contra el propio Stalin, no sólo se fabricó en los centros de propaganda imperialista, sino también, paradójicamente, en las entrañas de los órganos del Poder soviético durante y después del mandato de Nikita Sergéievich Jruschov. Ciertamente Stalin, allá en su tumba, tuvo que sentir las heladas ráfagas de la ingratitud de sus ex camaradas: en el año de 1961 el nombre de Stalingrado fue arrebatado a la ciudad heroica y repuesto el título zarista de Tsaritzin, luego rebautizada como Volgogrado. Dichas medidas y muchas otras, iniciaron la campaña de desestalinización y al mismo tiempo el termidor soviético, bajo el manto de la lucha contra el culto a la personalidad de Stalin, oficializada a partir de la sesión secreta del XX Congreso del PCUS, del 25 de febrero de 1956.

Y en cuanto a la cuestión de la lucha contra el culto a la personalidad hay que señalar en el marco del frente teórico que Marx, Engels y Lenin, nunca negaron la importancia de las personalidades en la historia de la humanidad, ni condenaron la tendencia natural de las multitudes a amar a los grandes hombres. En una ocasión en que H. Starkemburg preguntó a Federico Engels ¿Qué papel desempeñan los grandes hombres en la concepción de la historia de Marx y Engels? Engels contestó únicamente que eran producto fundamentalmente de la necesidad económica, que en ocasiones se manifiesta en forma de azar. Engels explicaba que el que tal o cual hombre, y precisamente ese hombre, surja en un momento determinado en un país dado, es por supuesto puro accidente. “Pero suprímaselo y habrá demanda de un sustituto, y éste será encontrado, bueno o malo, pero a la larga se le encontrará.” Esto lo decía Engels ejemplificando con los casos Napoleón, César Augusto, Cronwel e inclusive del propio Marx.
Y por si no fuese suficiente con lo anterior, Engels agregaba en la misma carta: “Los propios hombres hacen su historia, pero hasta ahora no la hacen con una voluntad colectiva o de acuerdo a un plan colectivo, ni siquiera dentro de una sociedad dada perfectamente definida.” La personalidad de Joseph Visarionovich Stalin al conducir la construcción del socialismo en la URSS y llevarlo hasta Berlín y, el fin victorioso de la II Guerra Mundial adquirió dimensiones universales porque como sostiene Edwar H. Carr: “un gran hombre es grande porque lo que hace o dice representa no ya meramente su propia voluntad sino la voluntad de grandes multitudes de sus semejantes, y quizá no sólo de su propia generación, sino de generaciones aún no nacidas. La relación de los grandes hombres con el mundo de la historia es recíproca.” Stalin fue y seguirá siendo grande sencillamente porque fue quien en un momento extraordinariamente peligroso para el pueblo soviético y para toda la humanidad, supo hacer lo ellos demandaban.

Lamentablemente la llamada lucha contra el culto a la personalidad no sólo fue un error teórico, sino que tuvo efectos prácticos funestos para la ex Unión Soviética y para gran parte de los partidos comunistas del mundo, dentro de los cuales las fracciones más esclarecidas de la burguesía lograron imponer procesos de degradación que a pretexto de corregir los errores terminaron propiciando su liquidación.


1 Carta de Federico Engels a H. Starkemburg, Londres, 25 de enero de 1894. Editorial Problemas- Buenos Aires, 1947, pp., 527-530
2 Carr H. Carr, El Gran debate (1924-1927), Cuadernos de Pasado y Presente, Argentina, 1972, p. 137.

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