LA VIDA EN LA GUERRILLA DEL ESCAMBRAY

1 11 2013

El Escambray desde la torre del Palacio Cantero en Trinidad/ Escambray sierra from tower-top of Cantero Palace in Trinidad, Cuba. Foto: lezumbalaberenjena.

París, 31 de julio de 2013.

Querida Ofelia:

Aquí tienes un nuevo testimonio de nuestro viejo y querido amigo ex guerrillero del Escambray en los años cincuenta Miguel García. Lo recibí ayer desde Miami.

“Miami, 28 de julio de 2013.

Después de la muerte de Julito López y en medio de la ofensiva del ejército Menoyo informó a las guerrillas que teníamos que hostigar al ejército sin afrontar un ataque frontal. Teníamos que ubicarlos, tirarles algunos tiritos para que supieran que los estábamos vigilando y que conocíamos que estaban allí. El problema era que el ejército nos superaba en número y los guerrilleros no tenían ni armas ni municiones para entablar un enfrentamiento con ellos.

Las guerrillas se multiplicaban cada vez más, permitiéndonos ocupar nuevos espacios. La presencia de los guerrilleros del Segundo Frente Nacional del Escambray se hacía sentir en todos aquellos puntos por donde el ejército trataba de penetrar. En algunas ocasiones una sola guerrilla, en breve escaramuza en intervalo de tiempo los hostigaba varias veces haciéndoles creer de que estaban siendo atacados por fuerzas superiores. Si acampaban en algún lugar se destinaban algunos francos tiradores, para que los mantuvieran en vela toda la noche. Aquello contribuía a mantenerlos en tensión y les producía un desgaste necesario. Aprendíamos a despistarlos, desorientarlos, inclusive a aquellos campesinos cuya posición no habíamos podido definir de qué lado estaban.

Aquellos núcleos guerrilleros llegaban a sus casas solicitando que se les hiciera café para cincuenta o más personas, cuando en realidad eran unos pocos. Igualmente llegaban pidiéndoles informaciones de lugares a los cuales ni remotamente pensaban ir. A la hora de despedirnos se les advertía que si llegaba el ejército, bajo ningún concepto se les informara del lugar adonde nos dirigíamos. Luego acampábamos cerca y dejábamos pasar un tiempo prudencial, pasado el cual enviábamos dos de nuestros guerrilleros, lampiños, vestidos con uniforme del ejército de la dictadura y portando idénticas armas, e inclusive los mismos cascos utilizado por ellos, así con dichos atuendo se personaban en el bohío indagando por nuestra presencia, y preguntado: ¿Han estado los alzados por aquí? ¿Cuántos eran? ¿Qué tiempo hacía desde que se habían marchado? ¿Por dónde se habían marchado? ¿Qué rumbo llevaban? …

La mayoría de las familias seguían fielmente las instrucciones que les habíamos dados indicándoles rumbos ficticios hacia donde nos dirigíamos. En algunos casos éramos objeto de delación. En esos casos, que eran mínimos, los supuestos militares ponían en práctica distintas estratagemas con el fin de dejar una imagen en las mentes de aquellas personas. Imagen que les permitiera diferenciar y hacer comparaciones entre el buen comportamiento de los guerrilleros, su corrección y el pago que habían recibido por los alimentos o por cualquier servicio que habían solicitado y la grosería y descortesía de los militares a quienes se les había facilitado información acerca de los alzados y comida según decían para llevar a su patrulla, acantonada en la cercanía. A la hora de retirarse lo hacían sin pagar ni un centavo por la comida que se habían llevado.

Al día siguiente de la escenificación de este teatro necesario para nuestra seguridad, recibían de nuevo la visita de nuestras guerrillas, la cual les hacía saber a los campesinos que habíamos capturado a unos soldados y que uno de ellos nos había confesado la delación de que habíamos sido objetos. Así les advertíamos que de repetirse aquello nos veríamos obligados a tomar medidas extremas, cosa que no sería de nuestro agrado. El resultado era como un remedio santo, nos juraban y perjuraban, que aquello no volvería a repetirse que aquellos soldados eran unos descarados, que ni siquiera les habían pagado lo consumido y para colmo uno de ellos se había puesto a limpiar su fusil, con el vestido de unas de sus hijas que encontró colgado en una silla. El delator todavía mostraba su indignación y repetía: “se lo juro son unos cabrones, mal rayo los parta”. Sin dudas habíamos ganado nuevos adeptos y con el tiempo podríamos comprobar que el método había funcionado y que podíamos contar con aquella familia.

Pero lo del vestido no le hizo mucha gracia a Menoyo y habló con el imberbe Héctor Rodríguez (Santa Clara) que era el encargado de cumplimentar aquellas misiones que tan de su agrado resultaban. Menoyo le recriminó lo del vestido y cuando terminó, Héctor le contestó: –Bueno reconozco que me pasé de rosca, pero a los soplones hay que irritarlos y darles un escarmiento– y añadió medio en broma. –Te prometo Eloy que en la próxima vez limpiaré el rifle con la camisa que lleve puesta el delator y no usaré ninguna prenda de la familia–.

Muchos fueron los subterfugios que tuvimos que emplear para proteger nuestro frente guerrillero y a nuestros colaboradores de los enemigos solapados que potencialmente pudieran ocasionar estragos en nuestras filas, como ocurrió en diversas oportunidades en que sus autores actuaron impunemente al no haber sido detectadas sus actividades con la prontitud que nos hubiera permitido evitar los estragos que nos causaron. Uno de ellos, al que finalmente pudimos descubrir, logró acumular un impresionante récord de delaciones cuyo average incluía el haber conducido personalmente al ejército a un enclave guerrillero. Fue a la guerrilla de Alfredo Peña, en las cercanías de Trinidad donde fueron asaltados en plena noche, cuando en Boca de Carrera, fue asaltado su campamento con tal efectividad que cuando vinieron a darse cuenta ya tenían el ejército dentro del campamento disparando a diestra y siniestra y dejando como única alternativa la dispersión y el abandono del lugar en que tres guerrilleros perdieron sus vidas, para pasar a engrosar la interminable lista de los mártires caídos.

Un día se recibió un mensaje en la comandancia de los guerrilleros. Ya ellos habían organizados una red de información con los campesinos por todo el Escambray que les hizo pensar: ¿Cómo es que no pudimos enterarnos antes? A tal extremo que hasta los aficionados a los montajes propagandísticos hacían acto de presencia en medio de un teatro espectacular, nos referimos a Víctor Bordón Machado que sin medir el trastorno que le podía ocasionar a los guerrilleros les hizo llegar un alarmante mensaje de que había llegado al Escambray, junto a un pequeño grupo que lo acompañaba y que se encontraba cercado por el ejército en la zona conocida como Hoyo de Padilla. Menoyo y los que lo acompañaban no se podían explicar cómo era posible que ningún campesino les hubiera reportado la presencia de los nuevos guerrilleros en esa zona, pero no había tiempo para conjeturas, ellos no podían permitir que fueran aniquilados como quiera que fuera, se trataba de elementos valiosos y había que acudir en su ayuda. Menoyo y Artola no sabían el monto del enemigo ni el tiempo que tardarían en sacarlo del cerco pero el S. O. S. que ellos recibieron les imponía realizar una movilización general con la que pudieran dar una respuesta adecuada en el campo de batalla.

Se les mandó un mensaje a todas las guerrillas desde: El Naranjo, Circuito Sur, Crucecita, Guanayara, Manantiales, Jibacoa, Charco Azul, El Nicho, y Nuevo Mundo, para que se dirigieran hacia la zona de Hoyo de Padilla y que allí nos veríamos.

Los prácticos escuchaban atentos las últimas instrucciones y se disponían a partir veloces al encuentro de las guerrillas con el claro mensaje que les ordenaba acudir con urgencia para combatir en Hoyo de Padilla.

Afortunadamente aquella movilización masiva pudo ser atajada a tiempo cuando sólo habían partido tres o cuatro mensajeros, pues un campesino de total confianza para los guerrilleros, le narró a Menoyo y Artola con lujo de detalles que los recién llegados irrumpieron en su bohío y allí se les preparó comida y se quedaron descansando. El campesino les aseguró que uno de sus hijos los conduciría a nuestro campamento tan pronto estuvieran listos para emprender la caminata. Por lo demás el campesino juraba y perjuraba hasta involucrando a su madre, que en Hoyo de Padilla no se encontraba ni siquiera un mosquito enemigo. Por suerte la cosa no pasó de ahí y sólo dejó el recuerdo de un S. O. S. fuera de tiempo elaborado quizás con la mejor intención y concebido como forma mágica para establecer contacto con nosotros.

Fuera lo que fuera, en el mando rebelde del Escambray se sintió un alivio y al mismo tiempo una alegría al poder confirmar la inexistencia del cerco y poder recibirlos en nuestro frente como ellos bien se merecían, con la consabida bienvenida que acogíamos a todos aquellos que con su presencia venían a jugarse la vida por tal de derrotar al tirano Batista.

A todos ellos se les fue leído nuestro reglamento disciplinario, al que debían de ajustar su comportamiento. Estábamos en guerra, empuñábamos las armas y éstas estaban en nuestras manos para defender a la población campesina y enfrentar al enemigo. Nuestra presencia en las montañas no era para establecer relaciones sexuales ni por las buenas ni por las malas. Cualquier denuncia al respecto podría acarrear graves consecuencias al infractor. Nuestro reglamento abarcaba todos los aspectos y puntualizaba bien por lo claro desde la deserción hasta la traición. Tratábamos de que nuestra gente fuera ejemplar y que ninguno de ellos se viera envuelto en cuestiones que pudieran ser motivo de escándalo.

Nosotros seguíamos nuestro planes y un buen ejemplo que avala lo dicho, lo traemos a colación, recordando simplemente los operativos que se llevaron a cabo en un sólo día: un ramal de la vía férrea por donde pasaba el tren que hacía el recorrido de Santa Clara a Trinidad. La guerrilla al mando de Rolando Cubela y Tony Santiago logró interceptar el tren haciendo que el maquinista detuviera su marcha. El sargento que venía al frente de la patrulla que lo custodiaba, se enfrascó en una infructuosa resistencia en la que perdió la vida, y neutralizado el resto del personal, lograron apoderarse de un importante cargamento de alimentos y equipos útiles para nuestras guerrillas”. Miguel García Delgado.

Un gran abrazo desde la espléndida Ciudad Luz,

Félix José Hernández

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