El primer encuentro con el ejército en el Escambray

18 08 2013

 

 

Miguel García Delgado, Camajuaní, 1959.

París, 1° de junio de 2013.

Querida Ofelia:

Continúo enviándote los testimonios de la lucha guerrillera en el Escambray, que tuvo lugar en los años cincuenta contra la dictadura de Fulgencio Batista. Son de hombres como el Dr. Armando Fleites, Roger Redondo o Miguel García Delgado- el que te mando hoy es de éste último-, que combatieron con las armas por una Cuba Libre y que hoy se ven obligados a vivir en el exilio. Ellos tratan de hacer conocer la verdad de lo que ocurrió en esa zona villaclareña, ante las mentiras e infamias de los historiadores oficiales del régimen de los hermanos Castro.

Miami, 30 de mayo de 2013.

“Avanzaba la mañana, todo el plan que Lázaro Artola, Menoyo y los que componían el núcleo que dirigían ese frente de guerra se vio frustrado. Una de las postas avisó sobre la presencia de soldados en las proximidades del campamento. La alarma se comunicó de inmediato y la movilización fue instantánea. Ellos estaban preparados para tal eventualidad, ya tenían acordado un plan para el caso de que tuviesen que abandonar el campamento: y Menoyo ordenó que nos dividiríamos en dos grupos, cosa que fue coordinado de antemano.

En breve tiempo, otra de las postas reportó también la presencia de soldados cerca de la entrada principal de El Cacahual, justo en la cañada que conducía al campamento.

Todas las postas ya estaban reforzadas, en cuanto bajaba uno para dar el parte, subía de inmediato otro, para hacer su relevo. Uno de los partes anunció, concretamente, que cuatro guardias rurales habían amarrado sus caballos a un costado del terraplén, y estaban subiendo a pie, por el potrero, en dirección al campamento. Otro informe, precisó el ascenso de dos guardias rurales por la cañada. Con esta información ya los guerrilleros tenían suficiente para impartir las últimas instrucciones.

Alrededor de Menoyo y Artola todos escuchaban con atención, incluso el norteamericano William Morgan que mientras Menoyo hablaba, movía la cabeza en signo afirmativo, como quien está entendiendo perfectamente bien lo que Menoyo estaba diciendo:

– Menoyo ordenó: no dispare nadie, a no ser que alguno de ustedes vea su vida amenazada de muerte. Ocúltense en posiciones donde ustedes los puedan ver a ellos, pero ellos a ustedes no. Menoyo volvió a repetir: no disparen. Déjenlos entrar al campamento y déjenme a mí, darles el alto y cogerlos prisioneros. Repitió Menoyo: cuando yo les dé el alto, salgan todos ustedes apuntando, pero no disparen. Ese no es el ejército regular, son guardias rurales del cuartel de Banao que vienen por el rastro de la arena en la carretera. Volvió a repetir: no disparen, vamos a cogerlos presos, déjenme a mí, darles el alto. ¿Entendido?

Todos aseguraron entender las órdenes. Fue entonces que Menoyo les dijo: bien, entonces cada cual a su puesto.

Los guerrilleros se desplegaron en el terreno, formando una especie de abanico al acecho del enemigo. Tal como Artola, lo acababa de disponer. La empinada cuesta dificultaba el ascenso de los soldados, pero paso a paso, avanzaban ganando terreno.

Como es lógico los guardias mantenían cierta distancia el uno del otro, y tan pronto se detenía el primero, lo imitaban los otros, la pausa duraba escasos segundos, en los que dirigían sus miradas hacia todas partes, como si presintieran la proximidad de un peligro. Luego, reanudaban el ascenso, aproximándose cada vez más, con una lentitud pasmosa.

Cuando los guardias estaban casi al alcance de los guerrilleros y Menoyo esperaba que caminaran veinte metros más, para darles el alto, un disparo sorpresivo, pero certero, hirió al guardia que venía más rezagado, desencadenándose al instante, un nutrido tiroteo, en el que los guardias, rodaban veloces por la pendiente, tratando de salvar sus vidas. El sargento que comandaba el pequeño grupo, en un gesto solidario, agarraba por uno de sus pies al soldado herido, arrastrándolo precipitadamente, cuesta abajo.

La tropa bisoña de guerrilleros, disparaba desordenadamente, sin saber hacia dónde. Tal parecía como si se hubiesen puesto de acuerdo, en proyectar la imagen de que les sobraban las balas.

El grupo que protegía la entrada, por la cañada, disparaba igualmente, a soldados que con seguridad ya se habían dado a la fuga. Aquel innecesario despilfarro, sólo cesó cuando escucharon la voz de Menoyo que repetía hasta la saciedad: ¡Alto al fuego!

Los guerrilleros estaban contentísimos por la acción, pero Menoyo y Artola estaban muy molestos y ansiosos por descubrir al causante de que todo el plan se malograra.

Por supuesto, apareció de inmediato, sin necesidad de investigar nada. La responsabilidad recaía sobre el norteamericano William Morgan, pero quedó exonerado por su desconocimiento del idioma.

Cuando él afirmaba con su cabeza, asegurando que entendía las órdenes, asumía que las palabras eran una arenga a la tropa antes del combate, alentándolos a que el primero que viese un soldado, le disparara sin piedad.

Morgan jamás imaginó que nuestra intención era la de tomar prisioneros a los soldados. Desde su punto de vista, los verdaderos culpables eran sus jefes, por no tener la precaución de ponerle un traductor, ya que todos sabían que él no sabía español, y que sólo alcanzaba solamente, a pronunciar tres palabras: “gaego”, en vez de gallego, cuando se refería a Menoyo; “vaco”, para llamar a las vacas; y “miulo”, cuando indicaba a los mulos. Con estos antecedentes quedó absuelto sin necesidad de juicio.

No obstante Menoyo le dijo: Por favor, William, aprende a disparar palabras en español, antes del próximo combate, enriquece tu vocabulario, aunque sea a doce palabras.

El traductor le trasmitió que William estaba apenado, y que afirmaba que tal situación no se volvería a repetir.

– De eso estoy seguro – le dijo Menoyo con una sonrisa. – Desde hoy, el que te está traduciendo ahora, será tu intérprete oficial, para que eso no se repita .

Después de este tragicómico episodio ya Menoyo y los guerrilleros sabían cuál sería el próximo capítulo: abandonar el campamento del Cacahual, tal y como estaba previsto, en dos grupos. Única fórmula aconsejable, para evitar el cerco que se avecinaba.

Los noticieros de radio dieron a conocer lo sucedido, como un cruento enfrentamiento producido entre un destacamento de La Guardia Rural del Cuartel de Banao y un grupo de alzados que operaban en la zona, sobredimensionando la pequeña escaramuza.

Incluso, plantearon que el encuentro dejó un saldo de heridos por ambas partes, y así convirtieron el suceso en noticia de primera plana, obligándonos a los guerrilleros a iniciar la retirada y abandonar el campamento del Cacahual.

Ellos se dividieron en dos columnas de treinta hombres cada una, aproximadamente. Un grupo quedaría bajo el mando de Darío Pedrosa, precisamente el que incluía a los expedicionarios del Directorio que vinieron a quedarse con nosotros: Rolando Cubela, Alberto Mora, Pablo Machín y Tony Santiago. El resto de los expedicionarios que bajarían al llano quedaban incorporados en la columna de Menoyo y Artola porque les preocupaba enormemente la seguridad de todos ellos.

Comenzaron los preparativos para la marcha y mientras todos arreglaban sus mochilas con las provisiones asignadas equitativamente, Ramiro Lorenzo, uno de los alzados, demoraba nuestra partida porque quería quedarse en el Campamento del Cacahual.

Ramiro pretendía buscar un lugar adecuado donde esconderse para que los soldados no lo encontraran, prefería ese riesgo antes de convertirse en una impedimenta a consecuencia de un tobillo que se había torcido, unos días atrás, en una cueva cercana, donde le mandamos a buscar el azúcar prieta que teníamos almacenada para todos.

Finalmente, Ramiro accedió a ponerse en marcha porque se le especificó que sería ayudado y cargado, si era necesario, pero que nosotros no abandonábamos a nadie. Le hicimos comprender que de todas formas, llevábamos a los expedicionarios que no estaban acostumbrados a caminar por las lomas forzándonos a llevar el paso del más lento.

En la madrugada dimos la orden de partida, los hombres se organizaron en fila y fuimos andando por el estrecho sendero de las montañas. Los que participaban por primera vez en una caminata nocturna tuvieron que duplicar el esfuerzo; previendo aquello intercalamos a los novatos en la hilera, de forma tal que pudieran estirar su brazo y agarrarse de la mochila del que iba delante, lo cual les ayudaba a evitar tropezones o a ser golpeados por cualquier rama que se interpusiera en el camino.

La columna, lentamente, ganaba distancia del punto de partida, el silencio sólo se veía interrumpido, de vez en cuando, por los avisos del práctico cuando alertaba en voz baja, “pendiente resbaladiza”, y como un eco, el que marchaba segundo lo repetía para el tercero, el tercero para el cuarto, hasta el último.

Otras veces, la voz del guía ordenaba “alto”, y el eco se repetía hasta que todo el mundo paraba. De esta manera el práctico les iba indicando los obstáculos del camino: “cuidado cerca de alambre”, “cuidado árbol caído atravesado en el camino”.

El práctico adquiría tal importancia que se convertía en los ojos, oídos, olfato, y en el rumbo de esa columna guerrillera. El orientarse de noche y conocer el terreno, convertía a los prácticos en hombres clave de la guerrilla.

Para esta marcha ellos contaban con cuatro prácticos que iban al frente de cada columna. Ellos se turnaban, tanto en la vanguardia, como en la retaguardia, periódicamente.

Cuando la luz del alba comenzó a filtrarse a través de la vegetación, fue recibida para todos ellos como una bendición, principalmente por todos los que como los ciegos, andaban a tientas, guiados por la mochila del que les antecedía.

Paulatinamente el andar comenzó a hacerse más cómodo y ligero, a pesar del tobillo inflamado de Ramiro que aguantaba estoicamente los dolores.

En cuanto Menoyo ordenó detener la marcha, todos, inmediatamente, buscaron donde acomodarse, pero sin perder el orden correspondiente que mantenían en la fila. Como apenas se hablaba, uno podía percibir en primer plano, el tintineo de las cantimploras, platos y cucharas: algunos mezclaban agua, leche en polvo y azúcar, otros, sencillamente, bebían agua, después de dos o tres cucharadas de gofio azucarado. Todos hacían llegar algo a sus estómagos para reponer las energías.

Con avidez esperaban el noticiero matutino, lo primero que escucharon fue el pensamiento: “La Patria es de todos y no es pedestal” de José Martí.

Era de esperar, su significado resultaba bien conocido para ellos, pero esta vez, en realidad, ellos no requerían de mensajes en clave: el noticiero dio a conocer, abiertamente, como cruzaban por Sancti Spiritus camiones con soldados del Tercio Táctico de Santa Clara con la misión de perseguir y aniquilar a “los bandidos fugitivos en El Escambray, dedicados a cometer fechorías contra los campesinos”. Miguel García Delgado

Con gran cariño y simpatía desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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