Mi experiencia personal de cómo se concibe y utiliza la historia de España

12 08 2013

Madrid durante la guerra civil. Foto; Recuerdos de Pandora.

 

El tema de la Guerra Civil española se está discutiendo, por fin, de una manera algo más neutral. Ha habido varias entrevistas televisivas, registradas en Internet, donde especialistas libres de subordinación a uno u otro bando han tratado de poner las cosas claras.

Mi propio ejemplo biográfico es significativo.

Mi padre era una persona de gran calidad humana. Era pintor (tengo algún cuadro y dibujos suyos) aunque no llegó a destacarse en esa tarea. Fue, sin embargo, jefe del departamento de tareas de pintura del Ayuntamiento de Madrid, que se ocupaba de las tareas de renovación de edificios y lugares públicos. Eran los años de la República española, precedentes al llamado Alzamiento Nacional. Su departamento estaba lleno de conflictos e intrigas (según pude llegar a leer en algún papel suyo, antes de que mi madre, estúpidamente, lo quemara todo) entre los obreros de uno y otro bando de la dictadura anterior (la de Primo de Rivera) que enturbiaban el ambiente. Por lo que pude entender, mi padre tenía problemas con algunos grupos de empleados. El era republicano serio, creador de la Cooperativa El Arco Iris. Tenía alguna relación con los socialistas en la Casa del Pueblo. Pero era crítico contra el odio y el trato entre unos y otros. La República estaba dominada por socialistas, anarquistas y comunistas, que se llevaban mal entre ellos. La deuda con Stalin (proveedor de armas) era enorme.

Mi padre vio con molestia y desprecio la quema de conventos. Por las noches se había desarrollado la costumbre de dar lo que llamaban “el paseo” (es decir sacar de casa, asesinar y arrojar en un descampado) a personas de otro bando político o incluso por rencillas familiares o personales. Mi padre, que quería abandonar su cargo en el ayuntamiento, había hecho construir una casa de dos pisos en lo que entonces eran las afueras de Madrid (hoy barrio muy céntrico). En esa casa, en la que yo viví y en la que (aumentada en varios pisos) vive hoy mi hermana, estableció mi padre un pequeño taller de pintura con dos empleados. Quería así tener un negocio personal y deshacerse de la dependencia de la tarea municipal. El tener empleados hacía que los izquierdistas le calificaran de “patrono”, es decir “de derechas”.

Otro interés de mi padre era la ciencia jurídica, algo que reconozco yo en mi propia idiosincrasia y en la del mayor de mis hijos. Empezó a estudiar derecho laboral para poder trabajar como defensor laboral del obrero. Las insinuaciones de los socialistas en la Casa del Pueblo le hicieron empezar a pensar en ser “abogado patronal”. Estaba harto de los “proletarios”, aun cuando era un hombre republicano de izquierda sana.

Cuando Franco inició el aslto a Madrid mi padre se enroló en la brigada que haría frente al franquismo. Recuerdo perfectamente la casa de la Calle Maria de Molina, de la que salió una mañana para no volver más. Le enviaban, con otros tres brigadistas, en un coche para

ir al frente de Brihuega, donde le encargaron de dirigir la pintura de coches y carros de guerra. Al salir de casa aquella mañana dejó las llaves de casa a mi madre. Es como si presintiera lo que iba a pasar. El viaje en coche hacia Brihuega era solamente una emboscada. Uno de los asesinos parece haber contado que mi padre, al darse cuenta de lo que se traían entre manos, dijo: “¡Canallas! ¿Me habéis traído aquí para matarme?” Un cerdo llamado Barberán llegó a decir a mi madre: “No se preocupe señora, que no le habrán dado más que cuatro tiros”.

Era el verano de 1936. Tenía yo un año de edad. He sabido que cogía yo el teléfono de vez en cuando y trataba de hablar con mi padre: “Papaíto, (rico), ¿vas a venir?” (No pronunciaba yo todavía la erre de “rico”, naturalmente). Nunca se encontró el cuerpo de mi padre (aunque mi madre lo intentó).

Mi familia (especialmente mi hermano), que no tenía implicación política, se orientó hacia la derecha, a causa de lo sucedido. Mi evolución política fue más neutral, conocedor de la posición de mi padre. Hay documentación jurídica en la que se atestiguaba la posición republicana de mi padre, lo cual suponía que mi familia habría tenido protección del gobierno republicano, si éste hubiera ganado la guerra. Pero como quien la ganó fueron los franquistas y mi padre había sido asesinado por gente de izquierdas, se elaboraron documentos judiciales que me consideraban hijo de caído, en el sentido vigente en la época de Franco. Eso llevó a que el Régimen protegiera a mi familia (que pudo conservar la propiedad de la casa edificada por mi padre) y a que yo ingresara, a los ocho años, en un internado municipal que reunía hijos de fallecidos de guerra madrileños. Se trata del Colegio de San Ildefonso, un orfanato creado en tiempo inmemorial (siglos antes) y que sigue siendo hay día una institución conocidísima en España. Los niños de San Ildefonso son los que cantan los números y premios de la Lotería Nacional.

Después de terminar mi escolaridad en San Ildefonso (a los 15 años), continué estudios de bachillerato, magisterio y filosofía y letras, financiado por una beca del Colegio que mantuve y se prolongó, debido al buen resultado y continuidad positiva de mis estudios.

A mi no me agradaba el ambiente del franquismo, en el que me vi inserto por fuerza.

Obtuve el título de Magisterio, pero no opté por trabajar de maestro en la Escuela Primaria, porque no comulgaba con las ideas que el régimen franquista exigía en la enseñaza primaria. Podría haberme creado problemas. Continué mis estudios en Filosofía y Letras, lo cual me permitía completar mi economía dando clases de escuela privada, en materias concretas y neutrales como el latín o la gramática. En 1959, cuando estaba a un año de terminar mi licenciatura en filosofía, hice un viaje de varios meses a la Alemania de la postguerra, sustentándome económicamente mediante diversas tareas laborales. Cuando regresé a España aquel otoño, ya no quería seguir allí. Sin terminar la licenciatura de humanidades, hice la maleta y emigré a Alemania, de donde ya no regresé más que de visita. Continué allí estudios en la Universidad de Marburgo, donde obtuve una beca de estudios y daba clases de español. En 1963 me casé allí con una joven sueca y emigré a Suecia para siempre.

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El franquismo es criticable a mi juicio, pero el bando republicano no era tampoco defendible. Si la República hubiera ganado la guerra, la discordia entre los bandos existentes y el predomino del estalinismo (al que la República tuvo que enviar su tesoro público para pagar las armas adquiridas de Rusia) habrían distorsionado España quizá más aún que el franquismo. Franco era aliado de Mussolini y Hitler, pero cuando Hitler (con el que Franco tuvo un encuentro famoso y decisivo en Hendaya) intentó que España se aliara con el bando nazi en la Segunda Guerra, el gallego Franco se negó a ello, alegando que España no podía meterse en una nueva guerra. Permitió Franco que voluntarios fascistas denominados “División azul” se enrolaran con Hitler en contra de Rusia, pero España permaneció neutral. Eso permitió que Franco fuera respetado por los estados occidentales y que incluso lograra ayuda económica de ellos. Un país que en la República todavía era un país agrario, de terratenientes, y sin industria ni evolución moderna, pudo ir modernizándose económica, industrial y socialmente, aunque sin democracia. Ese paso de la sociedad atrasada agraria a la sociedad moderna, con el desarrollo de una clase burguesa, hizo que España, al caer el franquismo, pudiera ponerse a la altura de las sociedades occidentales. (A Portugal le costó más tiempo).

Franco era un dictador militar y necesitaba tener alguna organización política que encubriera el carácter castrense de su dictadura. Se apoderó de dos organizaciones reaccionarias de índole totalmente opuesta una de otra (fascista y monárquica tradicionalista), fusionándolas en Falange Españala Tradicionalista y haciéndose su jefe, deshaciéndose de sus dirigentes. El fascismo de Franco era un fascismo oportunista. Él no era más que un dictador militar.

Se ha dicho que la historia la escriben los vencedores. Es una afirmación demasiado unilateral. Pues en un régimen dictatorial sigue existiendo una opinión adversa que, sin poderse deshacer de la situación impuesta por la fuerza, sin embargo idealiza la parte vencida y perseguida, cuya idea de la sociedad nunca llegó a desarrollarse, mostrando el proyecto que encerraba. Durante toda la época franquista hubo una fuerte opinión reprimida y latente, idealizadora de la fracasada República. La historia prohibida, pero vigente siempre a nivel oral fue la historia de una frustración democrática, idealizadora de los vencidos (a pesar del espectacular Valle de los Caídos y de las narraciones permitidas oficialmente en la escuela y en la prensa). El antifranquismo reprimido por la dictadura, nunca disminuyó. Al contrario. Los asesinatos en que se pensaba eran los del franquismo, no los de la izquierda. Y esa opinión solapada se mantuvo y se hizo pública con toda fuerza, una vez superado el franquismo y “restaurada” (es decir “establecida por fin”) la democracia.

En estos últimos años se decretó incluso la celebración y documentación de la llamada “Memoria histórica”, que yo denominaría más bien “memoria histérica”. La positiva evaluación histórica y ensalzamiento de la República española muestran que la historia no siempre la escriben los vencedores, sino que toda visión histórica es parcial. Hablamos de “facticidad” como el único camino de interpretar lo sucedido. Yo siempre he sostenido la idea de lo “contrafáctico” (aquello que “pudo haber sido y no fue”, como dice la canción) y que está, a mi juicio, a la base de lo que hoy se denomina “teoría de la evaluación”. Escribí sobre este asunto en una revista madrileña de pedagogía por los años 60.

En lo que se refiere a la historia de la Guerra Civil española, la concepción idealizante de los vencidos y despectiva de los vencedores hasido la opinión sostenida en el resto

de Europa durante la postguerra. El franquismo se asocia al nazismo y la República de 1931 se convierte en un ideal truncado que acudieron a defender con las armas incluso voluntarios europeos (Brigadas Internacionales). En Suecia eso es patente y existe incluso un monumento en Estocolmo denominado “La Mano” que reúne el primero de mayo socialistas, comunistas y anarquistas (antifascistas), conmemorando su participación en la Guerra Civil Española del lado republicano.

Los conmemoradores de las Brigadas Internacionales suecas sostienen una visión heroica y acrítica de la historia de España. Al comunismo español no le fue difícil manipular a la socialdemocracia sueca durante la época última del franquismo. E incluso personajes como Olof Palme y su mano izquierda, Pierre Schori, (amigos de Fidel Castro) no dejaron de acentuar su antifranquismo a costa de un acercamiento entre socialismo y comunismo. Yo era bibliotecario del Archivo histórico del Movimiento Obrero y pude advertir esta ruptura de fronteras políticas y esa infiltración hispanocomunista. Un club español denominado Los Cronopios, creado por el comunista Franciso Uriz, inspirado por Cortázar y su amigo el académico sueco Artur Lundkvist (un comunista sueco promotor de premios Nobel a hispanos de izquierda) estuvo imponiéndose como el único centro cultural español, inflitrando la sociademocracia y los sistemas públicos de ayuda. No se presentaban como comunuistas. Se denominaban “España democrática” y sostenían la inhibición del turismo a España, en una época en que el franquismo estaba en vías de morir y lo que más favorecería el proceso era precisamente el que la mayor cantidad posible de extranjeros visitaran España y aportaran su mentalidad. Yo mismo organicé una visita clandestina a España del Comité Socialdemócrata pro España de Estocolmo. Las subvenciones a la inmigración española estuvieron largo tiempo manipuladas por los comunistas, que se habían apoderado de la dirección de la FAES (Federación de Asociaciones de Españoles en Suecia). Llegué a ser secretario de la FAES y descubrí la corrupta manipulación que existía.

José Luis Ramírez

agosto 2013

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