EL PRIMER MÁRTIR DEL ESCAMBRAY

8 04 2013
Enrique Villegas.1958

Enrique Villegas.1958

París, 6 de abril de 2013.

Recordada Ofelia:

Nuestro viejo amigo ex guerrillero del Escambray, me acaba de enviar dos de sus interesantes testimonios sobre lo ocurrido en los años cincuenta en aquellas montañas cubanas, cuando combatía contra el régimen del déspota Fulgencio Batista, soñando con que Cuba sería Libre. Te hago llegar hoy el primero, dentro de poco te mandaré el segundo: “El primer juicio Revolucionario en el Escambray”

“Cuando Menoyo dio la orden para que partieran, Luis Vargas pidió que le facilitáramos un par de machetes y unos alicates, porque, según él, transitaría por trillos y senderos que le obligarían, en muchos tramos, a tener que abrirse paso entre la maleza y las posibles cercas de púas que se interpusieran en el camino.

La ruta a seguir desde el Campamento El Cacahual hasta Charco Azul, fue trazada, meticulosamente, y dividida en distintas etapas. Avanzarían de noche y descansarían de día, en cada uno de los puntos preestablecidos.

Una vez iniciada la marcha del grupo que conducía Enrique Villegas, partiría, con doce o más horas de diferencia, otra guerrilla compuesta por doce hombres que llevarían como práctico de cabecera y como capitán, al Viejo Cadenas, experto conocedor de todas aquellas montañas y muy querido por los campesinos, por su bien ganado prestigio, luego de alzarse durante la dictadura de Machado.

La misión de esta segunda guerrilla, era seguir el rastro del primer grupo, protegiendo y cubriendo la retaguardia. Es decir, si se producía una delación del paso de la primera caravana, el ejército los seguiría, tal como lo haría el segundo grupo de guerrilleros, quienes estarían encargados de detener la persecución del ejército al primer grupo. Los militares, muy probablemente, al chocar con el segundo grupo, creerían que se trataba del primero, garantizando con la estrategia, que los “casquitos” no siguieran mas al grupo guerrillero de ofensiva.

Leonardo Bombino, otro de nuestros prestigiosos prácticos, fue el encargado de conseguir un arrea de diez o más mulos, los cuales, llegado el día de la partida, fueron cargados debidamente, con los bultos bien balanceados y amarrados, teniendo cuidado de que la carga asignada a cada una de las bestias, no se pasara del peso reglamentario que acostumbran a transportar, pues de lo contrario, nadie los haría caminar.

Simultáneamente, mientras se daba por terminada la carga del arrea de mulos, con el cargamento de miles de tiros a transportar; los seis hombres seleccionados daban por terminado el aprovisionamiento de sus mochilas, en las que no faltaba el gofio, el azúcar prieta, leche condensada, chocolate, latas de salchichas, masas de puerco, etc.

La primera caravana se encontraba lista para partir, los hombres aguardaban impacientes en la ladera de la montaña de El Cacahual. Acordaron que saldrían tan pronto cayera la noche. Enrique Villegas daba las últimas instrucciones: Luis Vargas y Joaquín Rodríguez, abrirían la marcha en la vanguardia, Serapio Cabrera y Joseíto Cordero, caminarían guiando a los mulos y vigilando que la carga no se les corriera, finalmente Víctor Vázquez y Enrique Villegas, cubrirían la retaguardia detrás del arrea.

La información suministrada por los campesinos de la zona, aseguraba que en muchos kilómetros hacia adelante, no existía movilización alguna de tropas del ejército. Y así, en medio de una emotiva despedida, partió la caravana a la hora convenida, iniciando su primera jornada.

El tramo programado para la primera noche de caminata, se haría largo, dada la oscuridad de esas horas y lo resbaladizo del terreno. Pero lo crucial era que se mantuviesen todas las medidas de seguridad, no importaban los obstáculos ni la lentitud de la marcha, tampoco la fatiga de los hombres y las bestias, el esfuerzo se vería recompensado tan pronto llegaran a Caballete de Casas, lugar programado para establecer la primera parada, donde dispondrían del día entero para reponer sus energías.

Al caer la segunda noche, iniciarían de nuevo la segunda etapa y así, sin perder la disciplina en medio de la rutina del transcurrir de los días, deberían tener en cuenta, las mismas medidas de seguridad para todo el camino: sobre todo, evitar los terraplenes y caminar durante las noches.

A la noche siguiente partió el segundo grupo al mando de El Viejo Cadenas, y como segundo a Roger Redondo González, esta guerrilla compuesta por doce hombres, bien armados. Estos, a pesar de salir doce horas después que el primero, terminarían por topar con la ofensiva porque no llevaban la carga de los mulos y podrían andar mucho más rápido.

Los planes siempre se tratan de concebir con el mínimo margen de error, pero la realidad, en ocasiones, y no los dice la experiencia, sumada a la subjetividad humana, puede convertir el éxito previsto, en fracaso.

Las torrenciales lluvias que cayeron durante los meses de diciembre y enero de 1958, convirtieron los senderos y trillos de las montañas en caminos de muy difícil acceso, esto hizo pensar, erróneamente, a Luis Vargas, práctico de cabecera, que en semejantes condiciones el ejército no podría transitar por aquellos parajes. Desobedeciendo las órdenes dadas, Luis logró convencer al resto del grupo, de que deberían transitar las siguientes etapas, por el camino de terraplén, para avanzar con mayor rapidez y con el mínimo de desgaste físico.

La argumentación de Luis no dejaba de tener peso, sobre todo cuando la realidad se quiere observar a través de un lente “color rosa”, pero el camino fácil no deja de tener su parte oscura y así fue. A pesar de que continuaron transitando sólo durante las noches, como estaba acordado, crearon las condiciones para que sucediera lo inevitable.

Al salirse de los trillos, ya no les importó, ni cruzar delante de casas abandonadas en los caminos y lo peor, ni atravesar hasta algunos caseríos, en donde tal vez no llamara la atención el paso de un arrea de mulos, pero sí el paso de un arrea custodiada por hombres armados.

Por supuesto que pudieron avanzar un gran trecho, tan es así que se encontraban ya en la zona de Gavilanes, en medio de un monte bastante espeso. Luis Vargas y Joaquín Rodríguez, encargados de los mulos, los llevaron a pastar durante todo el día, como tenían previsto en su rutina. Ellos no acostumbraban a llegar al campamento improvisado, hasta la caída de la tarde. Pero al llegar aquel anochecer, los hombres empezaron a inquietarse porque Luis y Joaquín no venían, y temieron una delación.

Desde hacía tiempo los guerrilleros, recelaban de estos dos individuos, y les preguntaban, si se estaban exponiendo o no, en puntos muy cerca de los terraplenes, con todo el cargamento de armas, porque de ser así, dejarían el rastro de la caravana con las huellas de las bestias cargadas, pero tanto Luis como Joaquín lo negaban.

Incluso, en ocasiones, los presionaron para que confesaran si iban a “matar el hambre” a los bohíos cercanos, durante el día, punto que también negaron, afirmando una y otra vez que ellos se limitaban a darle de comer a los mulos, turnándose entre sí, para dormir. Finalmente, aunque tarde, Luis y Joaquín llegaron al campamento, provocando una nueva discusión entre los miembros del grupo.

En ese ambiente de malestar y recelo, la caravana continuó su marcha hasta llegar al río Agabama, cuyas aguas producían un rugir impresionante, hasta el punto que el mulo guía, se negó a cruzarlo.

Luis Vargas comenzó a atizarlo, hasta que logró que el animal se lanzara, seguido por las otras bestias, pero la corriente era sumamente fuerte y dificultaba el paso.

En el intento, uno de los mulos no pudo sostenerse en pie y fue arrastrado por la corriente con toda su carga. Y así, la tropa vio desaparecer una parte importante de la carga, pero en ese momento nadie le dio demasiada importancia al hecho y lo guardaron en sus memorias, como algo insignificante.

Todos los hombres tuvieron que hacer un gran esfuerzo para alcanzar la otra orilla y allí, tras un breve descanso, reanudaron a marcha. Las condiciones eran pésimas: la ropa mojada pegada a sus cuerpos, les calaba hasta los huesos, haciéndolos titiritar.

Las huellas que iban dejando a su paso, más las imprudencias cometidas, provocaron la inevitable delación que no tardó en llegar al Cuartel de Güinía de Miranda y de inmediato, parte de su pequeña guarnición se puso en movimiento, no para seguir el rastro dejado por la caravana, si no para buscar información e interceptarlos en el camino.

A la mañana siguiente del incidente del río Agabama, Luis Vargas eligió para acampar, un pequeño cafetal cerca de un bohío pegado al camino, según le dijo a los hombres, el conocía a los campesinos que habitaban la casa y los consideraba “buena gente”.

Como era costumbre Luis Vargas y Joaquín Rodríguez se llevaron los mulos para que pastaran, en algún lugar cercano. Serapio, Víctor y Joseito Cordero se quedaron al cuidado de las municiones y Enrique Villegas trepó por un cañón que estaba pegado al cafetal, con el propósito de explorar la zona desde lo alto, o recoger algo comestible de lo cosechado en la zona.

Villegas no tardó en regresar, llevaba el rifle cruzado en su espalda, y al descender por el cañón sostenía dos racimos de plátanos en sus manos. De pronto, se escuchó una voz de “alto” y Enrique soltó los plátanos de un tirón para intentar alcanzar el arma, pero su cuerpo rodó bajo una ráfaga enemiga, cayendo mortalmente herido, en aquel Cañón de Pico Blanco.

Los hombres escucharon los disparos y reconocieron la presencia del ejército. Todos se sintieron aturdidos, desconcertados, buscando el lugar adecuado en donde parapetarse. Notaron que Villegas no apareció con su acostumbrada contraseña que imitaba el sonido de un jubo al atrapar una rana y supusieron que Enrique estaba muerto, herido o prisionero, pero nadie acudió para verificarlo, a pesar de que ya no se escuchaban disparos.

Serapio, uno de los prácticos, desapareció del escenario como por arte de magia, Joseito y Vitea, treparon loma arriba por aquel cafetal, hasta coronar la cima, en la que se encontraron, agazapados, a Luis Vargas y Joaquín Rodríguez. Y allí mismo abandonándolo todo, comenzaron el regreso al campamento de El Cacahual.

Esta segunda vez, el cruce del Agabama no les resultó tan complicado al grupo porque ya no llevaban la impedimenta del arrea de mulos y contaban con la claridad de la tarde. Avanzaron con gran velocidad y antes de que cayera la noche se encontraban en la zona de Gavilanes. De repente, escucharon voces que les pedían “la contraseña” y detuvieron su paso. El sobresalto sólo duró un instante, enseguida se dieron cuenta de que tenían frente a sí, al grupo que capitaneaban el Viejo Cadenas y Roger Redondo.

El segundo grupo, se lamentó, al saber que no pudieron acudir en ayuda del primer grupo, y se resistían a creer en la muerte de Villegas. Luis Vargas y Joaquín Rodríguez, decidieron continuar la marcha, solos, andando lo más rápido posible, con la intención de llegar a El Cacahual cuanto antes para informar todo lo ocurrido.

Mientras tanto, en El Campamento El Cacahual, trascurría el tiempo normalmente, teniendo un desconocimiento total, sobre el verdadero destino de la caravana.

Artola y Menoyo seguían la ruta imaginariamente, haciendo especulaciones sobre la ubicación de los grupos: unas veces, los creían subiendo alguna montaña, otras, cruzando un río determinado, o andando por un trillo señalado, cortando cercas y abriéndose camino al filo del machete… pero jamás los imaginaron por los caminos de terraplén.

Transcurrieron muchas horas antes de que llegara a la comandancia la primera versión de los hechos. Serapio, uno de los prácticos que acompañaba a Villegas, reapareció en el campamento jadeante, completamente agotado; hizo el recorrido de regreso sin detenerse, ni descansar, ni dormir. Llegó sin el fusil garant que se le confió y se excusó diciendo que lo perdió durante el cruce del Río Agabama. Serapio, narró la pérdida del mulo con la carga de municiones en el cruce de tan temido río. Trató de explicar el tiroteo de Pico Blanco, a su manera, pero afirmaba que personalmente, el no vio a ningún soldado, ni pudo precisar quiénes estaban muertos, heridos, o a salvo. Al parecer su desaparición la realizó bajo el lema de sálvese quien pueda.

Con Serapio, sólo les quedó claro a Artola y Menoyo, la pérdida enorme, de la carga de municiones que con tantísimo trabajo, lograron recolectar y subir al Escambray. De tan sólo pensar que sus reserva de parque, estaban en manos del ejército, les helaba el cuerpo. De confirmarse esa pérdida, sólo les quedaba a cada uno de los guerrilleros, el arma que portaban y cien o menos balas por cabeza. Además, a partir de ese momento, el ejército quedaba alertado de la existencia de un nuevo Frente Guerrillero que contaba con equipos para enfrentarlo.

En el Campamento de El Cacahual, Menoyo ordenó al comandante Lázaro Artola que se tomaran medidas suplementarias para evitar cualquier sorpresa, principalmente que se multiplicaran y reforzaran las postas de vigilancia.

Los días siguientes, fueron testigo de la llegada al campamento de Luis Vargas y Joaquín Rodríguez, portadores de una versión distorsionada, con la que pretendían ser exonerados de toda responsabilidad.

Los guerrilleros tuvieron que esperar la llegada de todos para saber la realidad de lo sucedido. La versión de Joseito Cordero, con su honestidad acostumbrada, los ayudó mucho a reconstruir los hechos, igualmente las opiniones del Viejo Cadenas, Bombino, Roger Redondo, Domingo Ortega y otros, que aportaron versiones coincidentes, recopiladas durante su paso por Pico Blanco, entre los campesinos del lugar, quienes les dijeron, que algunos guajiros de la zona, hasta hablaron con los guardias sobre aquellos hombres armados que vieron pasar”. Miguel García Delgado

Con gran cariño y simpatía desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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