YALTA

3 03 2013
Tres jóvenes trabajadores de Yalta.

Tres jóvenes trabajadores de Yalta.

París, 3 de marzo de 2013.

Querida Ofelia:

En el famoso balneario de Yalta, en Crimea a orillas del Mar Negro la aristocracia rusa construyó palacios, palacetes y mansiones a lo largo del siglo XIX para competir con las celebérrimas Nice y Cannes de la Riviera Francesa. Cuando los comunistas tomaron el poder, las lujosas residencias de un blanco inmaculado se convirtieron en sanatorios y casas de reposo o de vacaciones para obreros y campesinos de vanguardia. A partir de los años cincuenta del siglo XX, surgieron como horribles hongos, los inmuebles prefabricados de estilo soviético. Hogaño muchos de ellos están siendo demolidos para construir inmuebles de lujo para la nueva oligarquía formada por “hombres de negocios”.

Durante la famosa Conferencia de Yalta, el presidente de los EE.UU. Roosevelt testimonió su pena profunda a propósito de “las destrucciones absurdas e implacables efectuadas por los alemanes en Crimea”.

La ciudad pasa de sus 78 000 habitantes fijos a más de dos millones durante el verano. El ancho y agradable Paseo Lenin, se extiende paralelo a la playa, con: sus plantas subtropicales, hoteles, restaurantes, tiendas, etc. Un gran monumento a Vladimir Ilich Ulianov Lenin se alza en la plaza homónima, como está cubierta por mesas bajo grandes sombrillas rojas de Coca-Cola, parece como si Lenin marchara sobre un mar de sombrillas. Desgraciadamente, no pude tomar la foto, pues me percaté de ello cuando ya era la hora de tomar de regreso el ómnibus. Quise subir a la terraza de un gigantesco MacDonald’s de tres pisos que está frente a la plaza, pero la guía muy autoritariamente me lo impidió.

Una simpática escultura de bronce rinde homenaje a Tchekhov, pues representa a una elegante dama con su perrito de paseo.

Se sube por un funicular hasta lo alto de la colina Darsan, desde donde se puede admirar un bello panorama, que recuerda la Costa Amalfitana italiana. Allí comienza el hermoso Parque Yuri Gagarin, donde se encuentra el monumento a Máximo Gorki y un obelisco que recuerda el decreto por el cual Lenin convirtió todas las mansiones y palacios de la aristocracia rusa en lugares de veraneo para los obreros y campesinos de vanguardia.

Una escena simpática fue la de tres jóvenes, dedicados a la limpieza de las aceras, que estaban sentados descansando junto a una chica, a la sombra de un frondoso árbol.

Tomamos un taxi y fuimos a la cercana casa museo de Antón Tchekhov, donde el gran escritor pasó los últimos años de su vida (1899-1904) junto a su madre y su hermana. La datcha blanca se encuentra al centro de un bellísimo parque y como en todas las casas de los grandes escritores que he visitado, en ella se encuentran: fotos, manuscritos, cartas, documentos, objetos personales, etc. En ella el escritor hospedó a muchos de sus amigos, entre los cuales se destacan: Fédor Chaliapine, León Tolstoi, Rachmaninov y Máximo Gorki.

En el siglo XIX los médicos de Moscú y de San Petersburgo enviaban a Yalta a los aristócratas tuberculosos o con problemas respiratorios. Fue esta la causa por la cual la familia real y Tchekhov fueran a vivir en sus alrededores.

Cerca de Yalta, al dirigirnos a almorzar, pudimos ver en lo alto de una montaña La Catedral de la Resurrección. Posee una gran cúpula rodeada por cuatro más pequeñas. Al pie de la montaña y sobre un acantilado con tres niveles de terrazas, se encuentra el Restaurante Elena.

El restaurante tiene aire acondicionado en el primer piso que da a la carretera; las guías situaron allí a los turistas rusos. En la terraza del piso -1 las guías almorzaron a la sombra bajo sombrillas y las ramas de grandes árboles (ese día había +40°c.). Al grupo francés y al español nos enviaron al piso -2 bajo un techo de vidrio. ¡Era un verdadero horno! No corría ni una pequeñita brisa. Subí y me quejé a la guía Tatiana, la cual me llevó ante la propietaria, ésta muy “amablemente” para que le perdonara las molestias, me regaló un almanaque de papel con fotos del restaurante y un llavero plástico de publicidad. Me quedé callado después de darle las gracias por tan “preciosos regalos”. Cuando fui a los aseos, tuve la gran sorpresa de que el aire acondicionado era tan fuerte que parecía que había entrado en un congelador.

Lo único positivo de haber almorzado en aquella especie de sauna, fue la extraordinaria vista que disfrutamos del “Nido de las golondrinas”, pero de ello te contaré en la próxima carta.

Un gran abrazo,

Félix José Hernández.

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