El COMBATE EN RÍO NEGRO EN EL ESCAMBRAY

19 01 2013
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Sierra del Escambray, Cuba. Foto- Aldo Van Zeeland

París, 13 de enero de 2013.

Querida Ofelia:

Te envío un nuevo testimonio de nuestro viejo amigo Miguel García, ex guerrillero del Escambray, el cual contribuirá a esclarecer algunos sucesos que la Historia Oficial del régimen de los Castro ha escondido o falseado.

“A los pocos días después de la muerte de Julito López e Irán Rojas sucedido en el cruce del río Guanayara, Eloy Gutiérrez Menoyo nos reunió para decirnos que íbamos a expulsar a los guardias de aquella zona del valle de Guanayara, Charco Azul y Río Negro.

Partimos por el camino conocido por La Mata de Café hacia la casa del Congo Pacheco, allí comimos y al anochecer nos dirigimos hacia el cuartel de río Negro para atacarlo, pero antes de llegar Eloy ordenó que había que dejar las mochilas allí. Se dirigió a mí y me dijo:

-Tú Miguelito, te quedas cuidando las mochilas.

-¿Por qué?- le respondí.

– Porque tú sólo tienes un revólver.

– Le respondí: –Pero Eliope también tiene sólo un revólver y va con ustedes.

– Eloy le contestó: –Eliope se queda contigo.

Eliope formó tremenda bronca porque él quería ir y Eloy le ordenó:

– Tú te quedas con Miguel Camajuaní.

Se fueron y atacaron el cuartel. Eliope muy molesto conmigo me dijo que por culpa mía él no había participado en el combate. Estuvo unos días distanciado de mí, pero todo pasó.

A partir de aquel momento Eliope Paz, Beraldo Salas Valdés y yo, fuimos un trío de amigos que nos apartamos sólo en el mes de febrero de 1959, cuando nos licenciaron en la ciudad de Cienfuegos y nos fuimos para nuestros hogares respectivos.

El combate en Río Negro

En una de aquellas ocasiones, el ejército acampaba en el secadero de café de una vivienda hecha de piedra en la zona de Río Negro y a pesar de que eran más de 200, nos bastaba con poner en movimiento a unos treinta guerrilleros para darles un escarmiento, y para colmo de lo irracional, por la parte de la casa a la cual nos íbamos aproximando, habían puesto de centinela a un fumador empedernido, el cual con su constante enciende y apaga, no sólo nos servía de guía sino de indicativo de que nada habían escuchado y todo estaba normal. Avanzábamos silenciosos, arrastrándonos poco a poco, y a unos 25 metros detuvimos la marcha en espera de que prendiera el próximo cigarrillo.

Movía lástima el pensar que aquel cándido soldado tuviera que morir inhalando su última bocanada de humo, pero el pobre ni siquiera nos hizo esperar, nos guiaba hasta la misma puerta del secadero de café, como si se tratara del acomodador de un cine, guiando con su linterna a los recién llegados para acomodarlos en sus asientos. La sorpresa fue total, y el desbarajuste increíble, la comodidad que buscaban no se veía compensada, fueron varios minutos de espanto para ellos, hasta que pudieron organizar una línea de defensa a cien metros del secadero, desde donde empezaron a ripostar con sus lanzagranadas, fusilería, y ráfagas de ametralladoras cuyos impactos no hicieron mella en las filas rebeldes y pudieron replegarse sin mayores contratiempos. La operación se había realizado a pedir de boca, todos se sentían contentos pero extremadamente cansados.

Apenas habíamos andado medio kilómetro, Menoyo ordenó que acampáramos para pasar la noche. Aquello produjo una reacción de disgusto en muchos de los que lo acompañaban, cuya opinión favorecía el que siguiéramos caminando la noche entera hasta alcanzar un mejor lugar. Aquel lugar estaba muy cerca de donde habíamos hecho el ataque. Menoyo por su parte estaba convencido de que el golpe que les habíamos dado había sido demoledor, tan contundente, como para quitarle las ganas a cualquiera de salir en nuestra persecución. Para los guerrilleros aquello era un nuevo experimento, cuyos resultados se haría palpable con el nuevo día, y cualquier duda al respecto quedaría despejada, y así fue.

Allí estaban anclados en la afuera de la casa del Congo Pacheco, prácticamente en sus narices, sin que nadie se preocupara por seguir el rastro fresco que habían dejado. Sólo dos avionetas de observación recorrían una y otra vez todo el desfiladero que estaba cerca del lugar el ataque que se efectuó la noche anterior. Protegían la retirada de un ejército con claros indicios de desmoralización, lo cual hacía cada vez más factible que nuestras guerrillas operaran en las principales vías de comunicaciones, cada vez con mayor efectividad hostigando en pequeñas escaramuzas el paso de los vehículos militares, ocupándoles cargamento de víveres y pertrechos destinados al abastecimiento de sus cuarteles. Realizamos un sin número de operaciones que dificultaban las comunicaciones, dañando inclusive el servicio eléctrico, y telefónico, no obstante el ejército aunque a regañadientes, y en medio de un creciente malestar, se veía precisado a penetrar en nuestras zonas, con más ganas de salir que de entrar, lo hacían en una forma oculta, como si se tratara de fugitivos y por muchas precauciones que tomaran no escapaban de ser detectados, al reincidir en el mismo error, mínimo riesgo al andar por los montes, máximo riesgo al elegir la comodidad”. Miguel García Delgado.

Y así fueron las cosas en nuestras Inquietas Villas en aquellos ya lejanos años cincuenta.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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