Que la historia no se repita

11 01 2013

Fusilamiento “revolucionario”. Foto: http://www.latinamericanstudies.org

Enrique Meitin

El día primero de enero de 1959, las calles estaban llenas de gente, con banderas “rojinegro” del 26, se oían disparos por doquier, ya que aun muchos de los agentes de Batista no habían dejado las armas ante el temor a ser asesinados por las turbas enardecidas por el triunfo, grupos de habaneros, donde se confundían milicianos del “Movimiento”, simpatizantes de los “rebeldes”, oportunistas, ladrones y saqueadores de mil ralea con otros que contagiados por la algarabía reinante, sin miramiento alguno entraban en las casas de los batistianos o simpatizantes del gobierno recién depuesto, en ocasiones arriesgando sus vidas, rompiendo muebles y llevándose cuanto había de valor en ellas.
No escaparon al saqueo, casas lujosas cuyos propietarios no tenían ninguna vinculación con la dictadura depuesta, mientras que presuntos agentes del régimen fueron brutalmente apaleados, algunos de los cuales pagaron con su vida, ignorándose si eran culpables de muertes y torturas. Decenas de ellos fueron llevados a las prisiones, que habían sido abiertas para sacar a los presos políticos, situación aprovechada por los delincuentes comunes que abandonaron las cárceles sin que nadie los detuviera.
De igual forma penetraban en los garitos y casas de juegos que pululaban entonces por toda la ciudad, rompían las “maquinas” tragamonedas y cuanto objeto de juego encontraban en su demoledor paso, mientras en la calle otros se fajaban con los “parquímetros” rompiéndolos y sacándoles el dinero de su interior, y “pasándole la cuenta” a aquellas personas que sospechaban estuvieran con el régimen. En ese “mare-mágnum” perdieron la vida también muchos inocentes que al llegar a determinada casa fueron enfrentados por agentes armados que disparaban para no entregarse a la muchedumbre.
Todo trascurría entre la persecución a los simpatizantes del “batistato” por parte de las milicias del 26 de Julio, la euforia general, y la proliferación de arribistas y oportunistas, que sin haber hecho nada en la lucha contra la dictadura, se identificaban como “rebeldes” portando armas—que habían acopiado como parte de los asaltos a las estaciones de policías y armerías de la ciudad—, y mostrando en sus brazos, brazaletes de M-26-7, a la par que exigían justicia…más bien venganza.
A los alaridos de Radio Rebelde que copaban las ondas radiales cubanas donde a los pormenores del avance de los “barbudos” y los discursos de los dirigentes del Movimiento se les sumaban las acusaciones a los representantes de las “clases altas”, que no habían podido escapar al Norte en eso días, tildándolos de traidores a la Patria por haber cooperado con Batista.
Muchos de los jóvenes quinceañeros de La Habana de aquel tiempo participaron “de lleno” en dichos acontecimientos, algunos por convicción y solidaridad, y otros por embullo o por darle rienda suelta a la “adrenalina” acumulada, o tal vez… los más, llevados por el impulso de la juventud.
—Adonde van muchachos, con el peligro y los tiros que hay. Expresó una madre preocupaba ante la decisión de los hijos… aunque en el fondo ella, debido a sus ideales, quería salir a festejar lo que todo el pueblo de Cuba festejaba… la caída del tirano.
—Nos vamos para la calle a celebrar mami. Tal vez respondieron al unísono. Todos nuestros amigos están en la calle, no vamos a quedarnos aquí en la casa bajo la “falda”… ya estamos bastante creciditos. No te preocupes mamá… no nos pasará nada.
Ya en la calle, entre muchos abusos verían como las turbas enardecidas sacaban a un policía de su casa y sin miramiento alguno era golpeado y asesinado, también como un joven como ellos al romper de una patada la puerta de un apartamento para penetrar a su interior, era ultimado por una ráfaga de ametralladora, cercenando en varias parte su aorta descendente, provocándole la muerte al instante. Fueron testigos también de otras atrocidades que marcarían para siempre en sus mentes juveniles lo que fue el despertar de esa Revolución, que con el tiempo sufrirían todos los cubanos en carne propia.
Días después comenzaron a darse los preparativos de lo que sería la justicia revolucionaria, o más bien el “ajuste de cuenta”, los amañados juicios, las “inventadas” pruebas, y los posteriores fusilamientos, donde fueron llevados ante el paredón connotados asesinos, junto a otros inocentes que no pudieron probarle su participación en torturas, muertes y desaparecidos, pero que igualmente fueron fusilados.
Tal fue el caso del dueño de un establecimiento de venta de carros de la Osmobile que había logrado un contrato con el gobierno de Batista para suministrarle en 1959, una docena de automóviles de esa marca, que serian utilizados por la policía de la ciudad, y al mismo tiempo equiparlos con radios de onda corta, labor contratada con otra compañía, la que se dedicaba a la venta e instalación de equipos de radio y sonido. Lo acusaron de contubernio con el régimen y le “sumaron” a ello de que había chivateado a unos miembros del Movimiento 26 de Julio cuando la Huelga de Abril, todo lo cual sirvió para llevarlo sin prueba alguna a la tristemente célebre prisión de “La Cabaña” y luego al paredón de fusilamiento, del argentino Guevara.
Muy de cerca vivieron aquellos jóvenes quinceañeros de La Habana, las primeras atrocidades del nuevo régimen, les hizo caer en profundas contradicciones que arrastrarían durante los años iniciales del “cacareado” proceso revolucionario y que con el de cursar del tiempo irían en aumento. Frente a ellos murieron o fueron asesinados algunos de sus condiscípulos, otros marcharon hacia el extranjero, sobre todo hacia Estados Unidos arrastrados por sus respectivos padres que huían de las medidas, así como de las leyes contra la propiedad, que Castro trataba de justificar ante el mundo, alegando la recuperación de las propiedades mal habidas, Todo ello y mucho más les haría perder las ilusiones que traían de la niñez.
Aquellos jóvenes quinceañeros de mi ciudad –al igual que yo–pudimos apreciar durante esos pocos días las tristes realidades. Como a pesar de que muchos habían luchado por un cambio de la sociedad, sin muertes por torturas o asesinatos, se repetía la misma historia. Esta vez disfrazada por un cacareado “pase de cuentas legales”, una forma solapada de asesinato que marcaría la historia temprana de la susodicha Revolución. Conocimos así de venganzas; de actos de terrorismo; robos de propiedades, y de toda una seria de ilegalidades, a tono de la “nueva legalidad”.
Sin quererlo, fuimos mudos testigos del despegue del proceso, que iba a caracterizarse desde su inicio en una flagrante violación de los más elementales derechos humanos, y que igualmente se transformaría en una de las tiranías más sangrientas y duraderas de América Latina y el Caribe. Y por qué no, del mundo entero…
Comenzaba así una nueva etapa en la historia de Cuba, y de la familia cubana. No pudiendo dilucidar cuál de las dos seria más confusa, compleja y llena de contradicciones. Dicha etapa convulsa en si misma daría lugar a una doble y controvertida migración —si se quiere utilizar ese término—, en dos direcciones. Una, la menor, procedente de Estados Unidos y otros países de América Latina y el Caribe, sobre todo de México y de Venezuela. Otra en sentido opuesto, que iría incrementándose poco a poco por más de sesenta años a tenor de los cambios “revolucionarios”, que es mejor decir, debido a las medidas en contra de la libertad y de la democracia.
Sin detenernos a precisar las consecuencias que en estas, ambas direcciones, tuvieron para los que participaron de la misma, obligados o no, basta decir que dejaron seres queridos, padres e hijos, posesiones, riquezas o pobrezas, y sobre todos los más profundos sentimientos humanos. Unos hacia su Patria querida que abandonarían por mucho tiempo, pensando siempre en el retorno otros los llamados “repatriados” que aunque en un corto periodo de tiempo habían establecido sus vidas lejos de su terruño, y regresaban a sus seres queridos en Cuba, dejando trabajo, bienes, riquezas, nuevas amistades y porque no a personas que supieron sacrificarse y quererlos en ese “breve espacio en que no estás”, los cuales diferente a los primeros, que en el regreso estaba su futuro.
Con el de cursar del tiempo continuaría en una sala dirección. Desde Cuba hacia el exterior, en consecuencia con las diversas olas migratorias que van a tener lugar durante el cacareado “proceso revolucionario”, y donde no va a faltar nunca la necesidad espiritual de la unión familiar, desmembrada por el propio accionar de esta tildada Revolución, y que conllevaría, por supuesto, a la eterna preocupación —en ocasiones ocupación—, de regresar al punto de partida. Quiera Dios que llegado el momento, más temprano que tarde, del fin de la dictadura de los Castros, esta Historia no se repita.
Que la historia no se repita

El día primero de enero de 1959, las calles estaban llenas de gente, con banderas “rojinegro” del 26, se oían disparos por doquier, ya que aun muchos de los agentes de Batista no habían dejado las armas ante el temor a ser asesinados por las turbas enardecidas por el triunfo, grupos de habaneros, donde se confundían milicianos del “Movimiento”, simpatizantes de los “rebeldes”, oportunistas, ladrones y saqueadores de mil ralea con otros que contagiados por la algarabía reinante, sin miramiento alguno entraban en las casas de los batistianos o simpatizantes del gobierno recién depuesto, en ocasiones arriesgando sus vidas, rompiendo muebles y llevándose cuanto había de valor en ellas.
No escaparon al saqueo, casas lujosas cuyos propietarios no tenían ninguna vinculación con la dictadura depuesta, mientras que presuntos agentes del régimen fueron brutalmente apaleados, algunos de los cuales pagaron con su vida, ignorándose si eran culpables de muertes y torturas. Decenas de ellos fueron llevados a las prisiones, que habían sido abiertas para sacar a los presos políticos, situación aprovechada por los delincuentes comunes que abandonaron las cárceles sin que nadie los detuviera.
De igual forma penetraban en los garitos y casas de juegos que pululaban entonces por toda la ciudad, rompían las “maquinas” tragamonedas y cuanto objeto de juego encontraban en su demoledor paso, mientras en la calle otros se fajaban con los “parquímetros” rompiéndolos y sacándoles el dinero de su interior, y “pasándole la cuenta” a aquellas personas que sospechaban estuvieran con el régimen. En ese “mare-mágnum” perdieron la vida también muchos inocentes que al llegar a determinada casa fueron enfrentados por agentes armados que disparaban para no entregarse a la muchedumbre.
Todo trascurría entre la persecución a los simpatizantes del “batistato” por parte de las milicias del 26 de Julio, la euforia general, y la proliferación de arribistas y oportunistas, que sin haber hecho nada en la lucha contra la dictadura, se identificaban como “rebeldes” portando armas—que habían acopiado como parte de los asaltos a las estaciones de policías y armerías de la ciudad—, y mostrando en sus brazos, brazaletes de M-26-7, a la par que exigían justicia…más bien venganza.
A los alaridos de Radio Rebelde que copaban las ondas radiales cubanas donde a los pormenores del avance de los “barbudos” y los discursos de los dirigentes del Movimiento se les sumaban las acusaciones a los representantes de las “clases altas”, que no habían podido escapar al Norte en eso días, tildándolos de traidores a la Patria por haber cooperado con Batista.
Muchos de los jóvenes quinceañeros de La Habana de aquel tiempo participaron “de lleno” en dichos acontecimientos, algunos por convicción y solidaridad, y otros por embullo o por darle rienda suelta a la “adrenalina” acumulada, o tal vez… los más, llevados por el impulso de la juventud.
—Adonde van muchachos, con el peligro y los tiros que hay. Expresó una madre preocupaba ante la decisión de los hijos… aunque en el fondo ella, debido a sus ideales, quería salir a festejar lo que todo el pueblo de Cuba festejaba… la caída del tirano.
—Nos vamos para la calle a celebrar mami. Tal vez respondieron al unísono. Todos nuestros amigos están en la calle, no vamos a quedarnos aquí en la casa bajo la “falda”… ya estamos bastante creciditos. No te preocupes mamá… no nos pasará nada.
Ya en la calle, entre muchos abusos verían como las turbas enardecidas sacaban a un policía de su casa y sin miramiento alguno era golpeado y asesinado, también como un joven como ellos al romper de una patada la puerta de un apartamento para penetrar a su interior, era ultimado por una ráfaga de ametralladora, cercenando en varias parte su aorta descendente, provocándole la muerte al instante. Fueron testigos también de otras atrocidades que marcarían para siempre en sus mentes juveniles lo que fue el despertar de esa Revolución, que con el tiempo sufrirían todos los cubanos en carne propia.
Días después comenzaron a darse los preparativos de lo que sería la justicia revolucionaria, o más bien el “ajuste de cuenta”, los amañados juicios, las “inventadas” pruebas, y los posteriores fusilamientos, donde fueron llevados ante el paredón connotados asesinos, junto a otros inocentes que no pudieron probarle su participación en torturas, muertes y desaparecidos, pero que igualmente fueron fusilados.
Tal fue el caso del dueño de un establecimiento de venta de carros de la Osmobile que había logrado un contrato con el gobierno de Batista para suministrarle en 1959, una docena de automóviles de esa marca, que serian utilizados por la policía de la ciudad, y al mismo tiempo equiparlos con radios de onda corta, labor contratada con otra compañía, la que se dedicaba a la venta e instalación de equipos de radio y sonido. Lo acusaron de contubernio con el régimen y le “sumaron” a ello de que había chivateado a unos miembros del Movimiento 26 de Julio cuando la Huelga de Abril, todo lo cual sirvió para llevarlo sin prueba alguna a la tristemente célebre prisión de “La Cabaña” y luego al paredón de fusilamiento, del argentino Guevara.
Muy de cerca vivieron aquellos jóvenes quinceañeros de La Habana, las primeras atrocidades del nuevo régimen, les hizo caer en profundas contradicciones que arrastrarían durante los años iniciales del “cacareado” proceso revolucionario y que con el de cursar del tiempo irían en aumento. Frente a ellos murieron o fueron asesinados algunos de sus condiscípulos, otros marcharon hacia el extranjero, sobre todo hacia Estados Unidos arrastrados por sus respectivos padres que huían de las medidas, así como de las leyes contra la propiedad, que Castro trataba de justificar ante el mundo, alegando la recuperación de las propiedades mal habidas, Todo ello y mucho más les haría perder las ilusiones que traían de la niñez.
Aquellos jóvenes quinceañeros de mi ciudad –al igual que yo–pudimos apreciar durante esos pocos días las tristes realidades. Como a pesar de que muchos habían luchado por un cambio de la sociedad, sin muertes por torturas o asesinatos, se repetía la misma historia. Esta vez disfrazada por un cacareado “pase de cuentas legales”, una forma solapada de asesinato que marcaría la historia temprana de la susodicha Revolución. Conocimos así de venganzas; de actos de terrorismo; robos de propiedades, y de toda una seria de ilegalidades, a tono de la “nueva legalidad”.
Sin quererlo, fuimos mudos testigos del despegue del proceso, que iba a caracterizarse desde su inicio en una flagrante violación de los más elementales derechos humanos, y que igualmente se transformaría en una de las tiranías más sangrientas y duraderas de América Latina y el Caribe. Y por qué no, del mundo entero…
Comenzaba así una nueva etapa en la historia de Cuba, y de la familia cubana. No pudiendo dilucidar cuál de las dos seria más confusa, compleja y llena de contradicciones. Dicha etapa convulsa en si misma daría lugar a una doble y controvertida migración —si se quiere utilizar ese término—, en dos direcciones. Una, la menor, procedente de Estados Unidos y otros países de América Latina y el Caribe, sobre todo de México y de Venezuela. Otra en sentido opuesto, que iría incrementándose poco a poco por más de sesenta años a tenor de los cambios “revolucionarios”, que es mejor decir, debido a las medidas en contra de la libertad y de la democracia.
Sin detenernos a precisar las consecuencias que en estas, ambas direcciones, tuvieron para los que participaron de la misma, obligados o no, basta decir que dejaron seres queridos, padres e hijos, posesiones, riquezas o pobrezas, y sobre todos los más profundos sentimientos humanos. Unos hacia su Patria querida que abandonarían por mucho tiempo, pensando siempre en el retorno otros los llamados “repatriados” que aunque en un corto periodo de tiempo habían establecido sus vidas lejos de su terruño, y regresaban a sus seres queridos en Cuba, dejando trabajo, bienes, riquezas, nuevas amistades y porque no a personas que supieron sacrificarse y quererlos en ese “breve espacio en que no estás”, los cuales diferente a los primeros, que en el regreso estaba su futuro.
Con el de cursar del tiempo continuaría en una sala dirección. Desde Cuba hacia el exterior, en consecuencia con las diversas olas migratorias que van a tener lugar durante el cacareado “proceso revolucionario”, y donde no va a faltar nunca la necesidad espiritual de la unión familiar, desmembrada por el propio accionar de esta tildada Revolución, y que conllevaría, por supuesto, a la eterna preocupación —en ocasiones ocupación—, de regresar al punto de partida. Quiera Dios que llegado el momento, más temprano que tarde, del fin de la dictadura de los Castros, esta Historia no se repita.

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