Sionismo cristiano

19 10 2012

Daniel B. Shapiro, embajador norteamericano en Israel, junto a las autoridades locales de Beit Shemesh Beit Shemesh, ciudad situada a unos 30 kilómetros al oeste de Jerusalén. Shapiro ha trabajado activamente en la comunidad judía de Washington y habla hebreo con fluidez y algo de árabe. Foto: Embajda de Estados Unidos

Por Isaac Bigio

El sionismo es la corriente que plantea que los 5 millones de judíos de Israel deben mantener su propio Estado en tanto que los 10 millones de judíos que hay en el resto del mundo son su principal base de soporte internacional. Sin embargo, hoy hay otro credo que ofrece un apoyo aún más numeroso a Israel: el de muchas iglesias evangélicas.
Lo paradójico es que el sionismo surgió en la Europa cristiana de fines del siglo XIX aduciendo que los judíos debían emigrar hacia una tierra donde debían estructurar su propio Estado debido a la discriminación y persecución a las que fueron o eran sometidos en esas naciones.
El sionismo recordaba cómo la cristiandad encerró a los judíos en guetos durante más de un milenio y luego varios de sus exponentes reprimieron a los hebraicos acusándolos de haber asesinado a Jesús o usar la sangre de niños cristianos para hacer sacrificios y les sometieron a apropiaciones de todos sus bienes, expulsiones masivas, a la inquisición, a matanzas en las cruzadas y en pogromos, etc.
Hasta antes de la fundación de Israel, los judíos más se quejaban del maltrato que tenían en los países cristianos que en los musulmanes donde habían gozado de mayor tolerancia. Pero tras el holocausto y luego las guerras entre hebreos y árabes y el exilio de los palestinos, la situación fue alternándose.
Mientras la mayoría de los musulmanes se opusieron al establecimiento de un Estado judío en el corazón de su amplia región, todas las potencias occidentales se alinearon con Israel.
Las iglesias ortodoxas y la católica, si bien aceptaron a Israel y se han beneficiado de su tolerancia religiosa, también han sacado la cara por sus adeptos palestinos. Varios de los líderes del nacionalismo palestino o panárabe son cristianos de iglesias tradicionales.
Sin embargo, la situación es muy distinta para las decenas de millones de evangélicos. Estas iglesias tan fuertes en EEUU (el mayor soporte financiero de Israel) no sienten la presión de correligionarios nativos palestinos (pues en esas tierras no tenían muchos seguidores antes de la creación de Israel) y, más bien, ven que Tel Aviv les abre las puertas para viajes de peregrinaciones, construir allí numerosas misiones, y usarlas como plataforma para irrigarse internacionalmente.
Los evangélicos no sienten la necesidad de coquetear con el nacionalismo palestino y, más bien, ven a Israel como el gran aliado suyo. Además, ellos reclaman querer retomar el cristianismo original y por ello se acercan a algunas ideas judías y rechazan los santos, las confesiones, la misa y otros elementos que ellos consideran como corrupciones paganas que Roma impuso sobre su fe.
De allí que es usual ver banderas israelíes en muchos templos evangélicos y evangélicos en marchas sionistas o pidiendo a las grandes potencias un mayor apoyo hacia Israel.

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