Sus Calles y otros Monumentos

16 09 2012

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Templete, Habana vieja, foto: Alberto Hernández

Por Enrique Meitin

Al Deambular por mi Habana Vieja lo mejor es tomar como punto de partida El Templete, atravesar la Plaza de Armas y tomar una de las principales arterias del “Casco Histórico”, que se extiende de Este a Oeste por un tramo de más de diez calles hasta llegar al Paseo del Prado, a los límites de mi ciudad. Nos referimos a la calle Obispo, que en época colonial fuese una de las calles más céntricas y debe su nombre a que en algunos sectores de ella establecieron sus residencia diversos obispos.
Si recorremos de arriba abajo la calle Obispo —también llamada en su momento: San Juan de Letrán, de El Consulado y Weyler, y nuevamente Obispo a partir de 1936—, convertida en un boulevard actualmente y cerrada al tránsito vehicular vemos en ella gran cantidad de establecimientos comerciales, entre ellos algunos muy tradicionales como el Hotel Ambos Mundos, donde se alojaba el escritor Hemingway y así como el Hotel Florida. También nos toparnos con diversas casas y palacetes, construidas entre los Siglos 16 y 20, y reconstruidas apenas unos años, entre las que se destaca la Casa del Obispo Fray Jerónimo de Lara.
Sin duda alguna la mejor manera en que el visitante extranjero o el habanero original puede recorrer este sector es andando, a través de sus calles. Las distancias no son tan grandes, por ello se puede apreciar sus monumentos de piedras y otros humanos… más bellos aun, en toda su plenitud. Hoy yo nuevamente me lanzo a recorrer esas calles por las que vague por más de cuatro décadas, alegre y acompañado en ocasiones, deprimido y olvidado en otras, “razonando sin razón” con una total, aunque fugaz certeza de que no sabía donde coño estaba.
Al Deambular por mi Habana Vieja lo hago a pie… siempre a pie, por una de las callejuelas de ciudad natal, aunque vieja, nunca olvidada y del “Casco Histórico”, me introduzco en su “Casco Histérico”… con cierta lentitud para abarcarlo todo con la vista, aunque de inmediato no tardo en verme atrapado por el denso y habitual tráfico peatonal.
Las calles estaban atestadas a aquella hora… hacía calor y el aire era casi irrespirable, y para avanzar tenía que abrirme paso entre la gente. En otras circunstancias aquel ambiente me hubiese resultado atractivo… de pronto escuché la música de las radios a todo volumen, y me sentí aturdido y desorientado por un instante… luego alegre, al recordar aquellas “rumbas” de cajón, los “plantes” en los solares y las fiestas constantes de sus pobladores, a las que había acudido años atrás… todo de nuevo me resultaba familiar.
Además el olor a basura, a especies y a “heces”, apisonadas por el constante ir y venir de las gentes formaban un todo con el pavimentado de las calles que aunque al parecer estuve habituado, empezó a producirme nauseas. En realidad solo en las Plazas principales y las cortas y estrechas calles del “Casco Histórico” eran barridas a diario por los “recogedores de basuras” mandados por el Poder Popular, en el resto, en mi querido “Casco Histérico”, la limpieza callejera brillaba por su ausencia.
Pasé por delante de un grupo de muchachos… de una niña que estaba de pie encima de un montón de desechos de construcción… de dos viejos que jugaban a las “damas” en la acera, con su habitual corrillo en torno a ellos. Tuve la sensación de que al pasar dejaron a un lado sus dotes de estrategas de ese juego y me miraron como algo extraño, mientras que un hombre encaramado en un andamio de madera le gritó algo a la niña… ella disgustada le hizo caso y fue a refugiarse a su vivienda… que debido a la falta de pintura de las paredes y las manchas que presentaba en su fachada, por la mugre acumulada, hacían de esa añeja casona, una de las tantas ciudadelas oscuras y sórdidas, que conforman Mi Habana Vieja, completamente arruinada, y permanente albergue de cucarachas y ratones.
Me detengo a ver, que las farolas que hasta hacía algún tiempo —al menos cuando partí de aquí—, alumbraban las calles de mi ciudad, ahora han dejado de hacerlo… observo como los cristales de las bombillas se encuentran esparcidas por el suelo en las calles y aceras. Quisiera pensar que son actos de la población habanera en protesta a las acciones del sistema, pero estoy seguro de que fueron algunos muchachos, al parecer “inocentemente”, que las tomaron como un tiro al blanco y las han roto a “pedradas”.
Continuo en el Deambular por mi Habana Vieja y me acuerdo de cada bache de sus calles, otrora adoquinadas o asfaltadas, más tarde sin mantenimiento, tan añejos como la propia capital de mi querida Cuba, ciudad que tanto amo, pues en sus calles existen algunos de más de cincuenta años de historia, baches que como alguien dijera con exactitud “… si estos pudieran hablar, narrarían la historia de la lucha de nuestros habaneros por la plena soberanía”.
Observo fachadas de viejas residencias ya destruidas, muchas de ella apuntaladas hoy con vigas, o recostadas a los pilotes, que a sustitución de columnas la sostienen, precedidas por habituales montañas de basura que se aglomeran a cada paso, despidiendo ese hedor, para muchos característico de mi vetusta ciudad, a las que se suman pintorescos rincones y patios de sabor colonial, con diversidad de estilos y diseños arquitectónicos, no faltando tampoco sus vitrales… algunos de ellos destrozados por el tiempo, o desmontados o porque no vendidos por los actuales “bisneros” clandestinos de objetos de arte. Me familiarizó con ellos, con sus “barbacoas”, balcones y pasillos colmado de “tarecos” y de vendedores clandestinos de todo lo “faltante”, con los gallinazos inmóviles sobre los tejados y las ropas de los pobres tendidas a secar en los balcones, solo entonces comprendo hasta donde añoro a Mi Habana Vieja.
Recuerdo cómo mi hermano y yo, como parte integral del callejeo de sus habitantes expulsados de sus viviendas por el calor reinante tanto de día y mejor de noche, nos hicimos “curtos y “a preparados” en la tan cacareada “cultura de barrio”, en el conocimiento de la Santería y el respeto hacia los verdaderos santeros, estos que me perdonen la profanación a sus ofrendas y a su árbol sagrado, la Ceiba del Templete… pero era un niño.
Apoyados en esa “cultura de barrio”, supimos entender que lo más sensato es mantener la boca cerrada, no “echar p’lante” a nadie salvo que el hecho resultara en algún daño a la familia: a no temerle a la policía, aunque si cuidarse de ellos y menos considerar como “buenas personas” a los que formaban parte de los cuerpos armados de la República, tanto en aquellos días como después, hasta el presente.
Numerosas fueron las estancias en los tejados oscuros de Mi Habana Vieja, donde fungieron como condiscípulos de los más “listos” del barrio. Sentándose allí ambos, junto a algunos de nuestros amigos a oír la disertaciones de estos “escogidos”, sobre todo a perder el miedo a la noche… a la oscuridad… y sentirnos menos niños. El diario aprendizaje, nos permitió identificarnos —él mucho más yo, pues mi hermano, era todo bondad y humildad con sus semejantes—, con el mundo frío y patético de la “placa”, donde aprendimos conscientes o inconscientemente a conducirnos como todo capitalino, que se jacta en decir que “Cuba es La Habana y el resto es paisaje…”
Recuerdo como si fuera hoy, como con todo aquel que se preciaba de conocer nuestra “vetusta” ciudad realizaba competencia de conocimientos con los nombres de las calles de Mi Habana Vieja, así como también sobre el origen de tales nombres. Vale decir que muy pocos oriundos de “mi ciudad” —entre los que me incluyo—, pueden decir que conocen los nombres de sus calles, y en el orden debido, ya que su urbanización no es por números.
Mi hermano —quien nunca perdía—, podía nombrarlas una por una, desde el Malecón hasta la Terminal de Trenes y cruzando la Muralla, más allá del Castillo de Atarés hasta Luyanó y por el otro lado desde la rada habanera hasta el Paseo del Prado, incluyendo el número de farolas y leones que tiene el Prado y los nombres de cada uno de los parques que pululan en la ciudad… “espacios libres y verdes” como fieles refugios de sus pobladores, en una especie de necesidad de escape, ante la angustia del encierro.
No es mi intención exagerar cuando afirmo que mis primeros sitios de esparcimiento y de juegos, fueron sus plazas coloniales, sus paseos pero sobre todo sus calles, las que con el tiempo fueron perdiendo su encanto, y por supuesto sus adoquines. Esos adoquines que han significado mucho para los “habaneros”, pues gracias a ellos es que de Mi Habana Vieja han salido tantos buenos jugadores de cuadro en la pelota.
No quiero exagerar tampoco, cuando digo que muchos de nosotros siendo niños intentamos en esas mismas calles también, montar bicicleta, algunos lo lograron… yo no. Años después, ya instaurada la denominada “Revolución” lo conseguiría, no por diversión sino por la voluntad que puse, debido a la imperiosa necesidad, que como se sabe, siempre hacia toda meta nos empuja.
Pero volviendo al tema, los más, entre ellos por supuesto yo, solo aprendimos en aquel entonces, a montar “carriola”, que se construía con dos tablas clavadas, y partes de patines viejos; o “chivichanas”, construidas con desperdicios obtenidos del basurero —indicios de una incipiente profesión artesanal criolla, que nos serviría de mucho en un futuro—; también a patinar con un sólo patín primero… en mi caso prestado, vale decir, y finalmente tras duro batallar, lograr encaramarme en un par de patines con relativo éxito, siendo a partir de entonces un “as” del patinaje… menos que modesto, ya ven. Hasta que un buen día después de mucho tiempo patinando en las vetustas calles de la siempre eterna vetusta Habana, llegué a casa extremadamente pálido y sorprendido, tras haber sido parte activa de un suceso que gracias a la ayuda de Dios —aunque no concebía que pudiera ayudarme por ser una gente descreída—, no se convirtió en trágico… Ahora les cuento…
Como ya se había establecido por costumbre, mi hermano y yo fuimos a patinar juntos, debido a que si no lo hacíamos así… nuestra madre —sobre protectora como todas las madre, y ella nunca fue una excepción—, no nos dejaba alejarnos ni un centímetro de la casa, además, valga decirlo, nos sentíamos muy bien compartiendo las diversiones. Mis compatriotas generacionales y yo, que en esa ocasión conformábamos un grupo numeroso de “mataperros” del barrio, como se les decía entonces a los muchachos que jugaban solos en la calle, sin el cuidado de adultos, nos reunimos en una de las calles aledañas a la Iglesia de El Ángel, que como ya vimos es unas de las más emblemáticas Iglesias de mi querida ciudad, casualmente frente a la entrada de la casa de mi bella “tía…
Debemos apuntar, que además de lo desaliñados que estábamos con pantalones remendados y alguno que otro, con la ropa sucia y descalzos, cosas que nos identificaba en nuestra pobreza infantil. Las dos cosas que más nos unía a todos, eran sin duda alguna, que todos andábamos en patines, ya fuesen viejos o nuevos, algunos con sus correas originales pero en su gran mayoría atados con cordeles, y que en sentido general aquel día iba a resultar ser un feliz acontecimiento, por el hecho de patinar en grupo, o en “pandilla” como prefiera usted llamarlo.
Como suele siempre ocurrir siempre que hay más de uno en un grupo —éramos dieciséis—, a alguien para “hacerse” el mejor y además por ser todos inmaduros e irreflexivos… tal vez por la edad, al instante se le ocurrió la brillante idea de acometer una “acción temeraria”… en aquel momento mi hermano, que era el mayor de todos, la catalogó de suicida. La misma consistía en bajar en grupos de a cuatro agachados y abracados por la cintura, formando una especie de “gusano”, y a toda velocidad lanzarse en patines por la calle Compostela para más allá tomar la curva hacia la próxima cuadra.
Al llegar allí, en vez de doblar hacia la derecha, por donde transitaban “guaguas” —como se denomina a los ómnibus en Cuba— y el tráfico resultaba ser más constante, hacerlo hacia la izquierda y coger por el callejón que moría en la calle Chacón, donde la pendiente empezaba a reducirse, reduciendo por ende también la velocidad de quienes bajaban, hasta perder el impulso y finalmente detenerse del todo. De hecho el bando que llegara al final con mayor número de integrantes sería el ganador…Elegimos por votación, quienes serían los “capitanes” de los grupos, y estos, basados en su afinidad o amistad, escogieron a sus integrantes respectivos y en la posición que se ubicarían dentro del “gusano”… hasta colores y banderines improvisados, no se supo nunca de donde, surgieron a manera de identificación de los cuatro bandos que logramos conformar… Raudo nos lanzamos hacia el triunfo…
Casi al arrancar se cayó un primer grupo completo, por perder el equilibrio uno de sus miembros y arrastrar al resto al suelo. El segundo, aunque pudo evadir chocar con el anterior logró deslizarse y tomar velocidad, al menos por unos minutos, a lo largo de la calle Compostela en pendiente, para caerse todos de “culo”, antes de llegar a la intercepción, mientras que los dos que quedaban —en uno de ellos estábamos mi hermano y yo—, lograban rebasar la curva para seguir “que jodíamos” cuesta abajo intentando sin reducir la velocidad, virar a la izquierda como se había acordado.
Fue entonces cuando uno de los “gusanos” soltó a dos de sus “mataperros” quienes atravesaron Chacón arrastrados por el suelo, dándose uno que otro “mamellazo” y quedando ambos fuera de la competencia aunque sin ningún contratiempo de consideración. Mientras que en los pantalones y rodillas de los caídos, se asentaba la muestra de no haber escatimado sacrificios e intentado aspirar al triunfo, los otros dos se fundieron, bien agarrados, en un solo bloque y a toda velocidad continuaron descendiendo en pos de la victoria… el otro “gusano” que logró por suerte virar a la izquierda —dijo por suerte, porque entonces quedó demostrado que la suerte existe—, fue aquel en que estábamos mi hermano y yo, él como número dos, tras el capitán del “tean” azul, y yo a su espalda…En mi veloz patinar, solo veía, haciendo un esfuerzo, como todos los colores de las fachadas de las casas del vecindario, se fundían en el espectro cromático, tornándose en blanco, y llegaban a mis oídos las protestas de los transeúntes… recordándonos a nuestras progenitoras y lanzándonos los más diversos improperios.
Al brincar un adoquín, con el impulso que llevábamos, el último de los elementos de mi grupo se cayó de manera estrepitosa y fue a golpear a una señora que transitaba por la acera, tumbándola “patas arriba”, y sacando de ella insultos, donde no faltaron sinnúmeros de “coños” y “carajos”. Si bien en que estaba detrás de mí, antes de caerse se aferró con todas sus fuerzas a mi cuello tratando de sujetarse, estando a punto de arrastrarme en su caída, no es menos cierto que pude zafarme de él y los tres a partir de ese instante hecho uno solo: el “jefe” del grupo, mi hermano y yo quedando entonces al final, logramos salir de la dificultad y tomar aceleradamente el callejón, acercándonos a la meta.
Sin embargo, la “felicidad en casa del pobre dura poco”…dice el proverbio y al llegar a la siguiente calle, el impulso me lanzó esta vez a mi sin poderlo evitar… que agachado como estaba pase por debajo de un camión que esos momentos atravesaba dicha calle, mientras el resto de mis amigos “mataperros” pararon como pudieron, abandonando de hecho la competencia, y en solidaridad conmigo ver lo que había pasado, pues todo parecía indicar que el camión me pasaba por encima…
Por suerte… otra vez la suerte no paso nada, pero si la emoción fue mucha… debido al susto no pude hablar siquiera con mi hermano… regresé en silencio a mi casa…entre y pase por al lado de mi madre sin decir ni “esta boca es mía”… quien al verme en la “facha” que me encontraba se mostró sorprendida… entonces subí las escaleras para dirigirme a mi habitación… estando ya en ella frente a una de las paredes de mi cuarto, vi aquel clavo, donde habitualmente colgaban los guantes de boxeo con los que practicaba con mi padre… los observe detenidamente, los tome y los arroje sobre la cama… como yo no era boxeador, pero si me consideraba un buen patinador, decidí retirarme de las competencias para siempre… entonces fue cuando colgué mis patines…
…al Deambular por mi Habana Vieja, mi vista no deja de desviarse y se posa de nuevo en esos monumentos que sin ser de piedras, atraen las miradas masculinas… traseros característicos de nuestras exuberantes mulatas de pañuelos rojos en la cabeza, que deambulan, danzan y se “sofocan” al toque de una rumba de cajón o de la más actual música de salsa, que inagotablemente brota alegre y apolíticamente por entre ventanas, portones y azoteas mientras ellas al menear voluptuosamente sus caderas, fijan eróticamente sus emblemáticas miradas en los transeúntes, tras el aspirar de un buen “habano” torcido a mano en la fábrica de Partagás… al fijarme nuevamente en los exuberantes cuerpo de dos de esas “mulatas”, perdí por completo el sentido de la orientación… al menos por un instante, aunque logré recuperarme y continuar.
Una de las mulatas al verme… pareció sorprenderse y cuchicheó algo al oído de su compañera, la que desapareció a la carrera por una de las puertas que daban a la “ciudadela”… al parecer fue en busca de alguien. Una niña que había comenzado a llorar en aquel momento, fue a refugiarse entre los pliegues de la saya de la otra… tal vez su presunta madre, mientras yo alarmado e indeciso por no entender que pasaba, no supe a qué atenerme. Di un par de pasos con la intención de preguntar qué sucedía, pero temeroso solo atiné a retroceder.
A los pocos segundos por una de las puertas aparecieron dos hombres y una anciana que evidentemente se habían apresurado a advertirles de la sospechosa presencia de aquel recién llegado, que parecía entusiasmado en buscar “diversión” con la exuberante mulata. La embarazosa situación, por suerte, no duró mucho al aclararle que era solo un habanero que “recordaba” su añorada Habana y no un turista extranjero en busca de alguna “jinetera”, de esas que se ofertan en clubes, y zonas de La Habana por veinte míseros dólares.
La entrañable acogida que me dieron a continuación mis “conciudadanos”, distorsionó los ánimos, y los monumentos de carne y hueso, curiosas —sin quitarme ojo de encima—, volvieron a sus quehaceres… despidiéndose de mí regalándome una de esas sonrisas, que hacía mucho tiempo no recibía.
Siguiendo con mi vista su retirada hacia aquella antigua mansión, salvé el corto vestíbulo y al asomarse al espacioso patio a cielo abierto distinguí el fondo sus baños y lavaderos, con sus colas para cargar agua… en derredor sus negritos desnudos correteando sin frenos, lo que hace que de inmediato venga a mi mente la frase de “…jamás puedes cambiar el pasado, solamente puedes vivir el presente y conformar tu futuro en la medida de lo posible” y pienso hoy —cosa que nunca hice antes—, que vivir en semejante lugar, donde trascurre día a día la terrible tragedia del hacinado habitante de la “ciudadela” habanera, tiene su precio, pues no es tan sólo una locura necesaria, sino la tendencia a la violencia.
No me decidí a entrar… conocía todo aquello… giré a la izquierda, y salí nuevamente a la calle, para pasar seguidamente por debajo de una arcada y por una especie de túnel que conducía a otra calle bastante transitada en aquellos momentos… aminoré el paso para mirar hacia atrás, recobrar el aliento y seguír adelante en pos de Deambular por mi Habana Vieja.

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