Conventos, Iglesias y Santería

16 09 2012

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 Convento de San Francisco de Asís y plaza del mismo nombre en La Habana Vieja. Foto: Alberto Hernández

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Enrique Meitin

Museos especializados, hoteles y hostales, así como galerías de arte, y centros comerciales, todos ellos nos muestran en este apetecible Deambular por mi Habana Vieja, que para mi… no se para Ustedes es un querido recordatorio a mi ciudad querida, un aparente resplandor donde se mezclan palacios y palacetes, casas y casonas, favorecidas por la diversidad arquitectónica acumulada durante casi cinco siglos, que incluyen elementos renacentistas, de art deco, el neogótico, barroco, neoclasicismo, eclecticismo y art nouveau, hasta llegar al barroco cubano, pero que en realidad ocultan en sí mismo, la real Historia de los olvidados de mi ciudad natal.

La presencia en una ciudad colonial, protegida por sólidas murallas siglos atrás y por una red de fortalezas, de tantas bellezas arquitectónicas, requeriría explorar también la profunda matriz cristiana de nuestra cultura, materializada en sus conventos e Iglesias, que muestran sin dudas, no solo a sus habitantes, sino a nuestros visitantes, una religiosidad extendida, personal y comunitaria.

el camino que hube de elegir en el interesante Deambular por mi Habana Vieja, de hecho sensiblemente más corto, era también muy solitario y en consecuencia, teóricamente poco recomendable para los turistas… no para mí, por constituir parte integral de ese sueño barroco que envuelve toda la añeja ciudad.

En el continuo andar, buscando serenar mi espíritu. La ligera brisa procedente del mar me empujo hacia una de las tantas Iglesias conocidas… que durante aproximadamente cincuenta años permanecieron casi vacías, hoy refugio actual de muchos de mis conciudadanos. En el fondo ¿Quién puede cambiar drásticamente la tendencia de nuestro pueblo a encontrar un refugio espiritual con la esperanza de alejarse —aunque solo sea por un instante de fe—, del asfixiante clima político y de la dramática realidad que padecen día a día.

Una de las primeras Iglesias de My Habana Vieja fue la del Santo Cristo del Buen Viaje, conocida como La Ermita del Humilladero, levantada en 1640, y hoy en ruinas solo queda actualmente el recinto y la cubierta de alfarjes de la nave central. Cuatro años más tarde era inaugurado el Convento de la Seráfica Virgen de Santa Clara de Asís, el primero en La Habana solo para mujeres. Si bien al inicio era solo una edificación poco a poco a la edificación original se le sumarían propiedades circundantes. Conserva en su interior callejuelas, construcciones domésticas y una fuente pública. En 1922 fue abandonado por las monjas, y al año siguiente fue protagonista de un gran escándalo de fraude gubernamental debido a su venta. Actualmente, tras su restauración, es sede del Centro Nacional de Conservación y Restauración.

También en 1644 frente a la Bahía de La Habana, en los terrenos que ocupaba entonces el basurero de la ciudad llamado el Rincón, se construyen el Hospital de San Francisco de Paula y una Iglesia cercana que más tarde la voz popular la bautizada como la Iglesia de Paula —la más vieja de la ciudad…vieja como ella. Casi un siglo después, en 1730, un huracán que azotó a la capital provocó la destrucción de ambas edificaciones, tras lo cual fueron reconstruidas con similar función y estilo arquitectónico. En 1946 finalmente fue demolido el Hospital y una parte de la Iglesia original.

Es bueno destacar que existen elementos como son su aislamiento en el medio de una importante vía, una cúpula de base octagonal y la fachada, compuesta por tres secciones determinadas por la superposición de columnas dóricas sobre pedestales, que le aportan un toque de singularidad. Con el empuje de la reconstrucción del “Casco Histórico”, por motivos ya conocidos el abandonado centro religioso se convirtió en una sala de conciertos, el llamado Palacio de la Música, dedicado a la música barroca.

Podemos señalar también otras edificaciones del Siglo 17 de carácter religioso como son entre otras, laIglesia y Convento de San Agustín o San Francisco del Nuevo, donde primero radicaron los monjes agustinos hasta que en 1844 pasó a los frailes franciscanos. Actualmente la Iglesia se mantiene en funciones, al igual que la Iglesia del Santo Ángel Custodio también edificada en el Siglo 17, que a pesar de ser arrasada por un ciclón en 1846 fue reconstruida de manera breve y total, no solo físicamente sino literariamente gracias a la pluma magistral del escritor cubano Cirilo Villaverde en su novela Cecilia Valdés.

No quisiera tampoco en este Deambular por mi Habana Vieja dejar de señalar dos cosas. La primera que allí fueron bautizados el padre Félix Varela… quien nos enseñó a pensar, y nuestro apóstol José Martí, y segunda, que gracias a que la hermana de mi madre vivía enfrente de la también llamada Iglesia del Ángel en la calle Compostela, en el tiempo que viví con ella durante los años cincuenta, pude conocer al cura de la misma, pues aprovechaba cuando yo estaba solo en la casa, hacerme su en sus “escapes fortuitos”, acudía a la casa, se cambiaba de ropa, por ropa de civil, y salía de ella como un ciudadano habanero habitual a visitar a su conquista… menos mal que los curas católicos de aquella época, no todos se comportaban igual…

Recuerdo también que en aquel tiempo, cuando niño y después ya como adolescente, era habitual ver a las puertas de la mayoría de las Iglesias de Mi Habana Vieja… no sé si en las del resto de la Isla también, lisiados, mendigos y pícaros que alargaban sus famélicos brazos al paso de los transeúntes, haciendo sonar alguna que otra moneda en el fondo de la escudilla pregonando sus miserias a fin de solicitar la benevolencia y la caridad de estos… sin dejar de apuntar el hecho, de que para pedir “limosnas” en los “quicios” que dan acceso a las puertas de estos centros religiosos, tenían que ser “rentados” a elementos de baja catadura moral que controlaban ese mísero pero a la larga fructífero negocio.

Pero volviendo a nuestro recorrido les cuento que durante el Siglo 18 se construye —como ya mencionamos anteriormente—, la que sería la Catedral de La Habana, así como el Convento e Iglesia de Santa Teresa de Jesús (Iglesia María Auxiliadora) y el Convento de San Juan de Letrán de la orden de los dominicos, este último detrás del Palacio de los Capitanes Generales, donde se estableció en época tan temprana como 1728 la primera universidad de la Isla, la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana.

Dicha Universidad secular se mantuvo en ese lugar hasta 1902, cuando la institución se trasladó a una nueva sede en la barriada del Vedado, y sus aulas y “celdas” para los frailes fueron explotadas por sus nuevos dueños convirtiéndola en una de las tantas ciudadelas de la Habana Vieja, hasta 1957, año en que sus moradores fueron “desalojados”, demoliendo el antiguo edificio, para dar paso a un futurista y sobre todo “alocado” proyecto del régimen de Batista, para la construcción de un nuevo edificio que albergaría una terminal de helicópteros.

…la realidad sobre el estado en que se encontraba el viejo edificio cuando ocurrió el desalojo de sus moradores; lo sucedido en torno a su demolición, así como lo que hubo de hallarse al remover sus cimientos, no puede ser alterada… mucho menos pasar inadvertida para mí. Pasajes de mi niñez, disfrutados y sufridos en aquella instalación colonial, convertida como muchas en ciudadela… como la de mamá Paula donde hube de nacer —noviembre de 1943—, y vivir durante trece años, vuelven hoy al Deambular por mi Habana Vieja y pararme a recordar el pasado frente a un edificio moderno que desentona el ambiente del “Casco Histórico”. Actualmente el edificio es ocupado por una filial de la Universidad de La Habana, para el estudio de nuestra historia. Creo no habrá nadie que me haga un cuento de lo que fue aquello…

…el “cuartucho” en que vivíamos en el piso superior, hacinados los cuatro, dos adultos… mis padres, y dos niños: mi hermano y yo, era notablemente pequeño. Como antigua celda de los frailes dominicos del ancestral Convento que era, carecía de cocina, pero mi madre se había inventado una… instalada en un rincón del aposento, una cocina de luz-brillante encima de una mesa, “resolvía” lo concerniente a la comida.

Como tampoco dentro de los “cuartuchos” había baño, para el aseo y hacer las necesidades, la ciudadela contaba con un número determinado de duchas y retretes, ubicadas en casetas individuales que se construyeron a principio de Siglo, al fondo del patio central del edificio… creo que media docena… no recuerdo bien. También había unos cuantos lavaderos, para lavar la ropa y que se usaba además para lavarse las manos y la cara. En aquel entonces no apreciaba diferencia alguna con el resto de los “solares” o ciudadelas de la Habana Vieja donde vivían los amigos de mi infancia.

Sin embargo los muros de piedra resaltaban sobre el resto de las construcciones de su tipo, por su descuidado y ceniciento revestimiento, siempre blanqueado por sus moradores con “lechada”… a ausencia de pintura. Al igual que siempre roído por las lluvias y los vientos, dejando entrar la luz matinal por sus espigadas troneras en forma de cruz, mientras la “chiquillería” —a la cual pertenecíamos mi hermano y yo— ajena a tanta miseria, llenaba las mañanas de cualquier día con sus juegos, gritos y alegrías… soñando aventuras. Pero éramos felices.

Viviendo allí siendo muy niño, sufrí mi primera reprimenda de importancia… nada menos que por “sabotear” una manifestación obrera. Si mal no recuerdo fue un primero de Mayo… tenía yo unos tres años, cuando muy quieto —cosa rara en mi niñez—, sentado en el balcón enrejado de nuestra habitación, que daba a la calle Obispo, bebía un biberón de leche.

Como tenía la “malcriada” manía de una vez que terminaba de tomarme la leche arrojar el pomo al piso… que por supuesto se hacía añicos. Mi madre… siempre mi madre tan lista, se le ocurrió la idea de poner el “tete”, en vez de hacerlo en el pomo, en una botella de Coca-Cola, por si finalmente se me ocurría lanzarla al suelo, no importaba si se rompía…no tendría que comprar un pomo de repuesto… y como era de esperarse la lancé. Fue en el preciso momento en que por la calle pasaban unos obreros en reclamo de sus derechos laborales… botella, que como era de esperarse estalló como si fuera una explosión en plena calle, provocando la disolución de dicha manifestación. Lo que pasó después no es difícil imaginar…

También allí viví mi primera aventura hacia lo desconocido cuando una tarde nublada… no por ello menos calurosa, me arriesgué a bajar solo, auxiliado por una linterna que entre sus cosas guardaba mi padre… por la escalera de una especie de trampilla que existía en el viejo Convento y que nosotros, los muchachos de la ciudadela, utilizábamos para jugar a escondida de los mayores. Al bajar, de inmediato sentí un escalofrío, pues a pesar del frescor que emergía del subterráneo, este no bastaba para contrarrestar el calor reinante.

Contra mi voluntad, cerré la trampilla, pues me percaté que comenzaba a llover, cuando escuché una especie de risa, en un tono amenazador que de hecho me asustó… aunque logré apartar de mi mente que había allí alguien más… era solo una mala pasada de mi imaginación… finalmente pude adelantar un grito.

—¿Quién está ahí? Si hay alguien, que se deje ver. El silencio fue la respuesta a mi llamado. Nuevamente escuche la risa. Esta vez fue una risotada estentórea… No había duda posible, allí había alguien más… y en realidad yo no estaba dispuesto a quedarme para comprobar quien era… y emprendí el regreso, mientras cada segundo lanzaba miradas de pánico hacia atrás temiendo que alguien me alcanzara en mi precipitada fuga… cuando mis ojos vieron por fin el cielo, se me soltaron lágrimas de alivio… me había librado de aquellos demonios que la gente decían que vivían escondidos en el pozo del Convento…

Si bien bajamos en muchas ocasiones —nunca más lo hice solo—, por aquel hueco angosto y desagradable que olía a humedad y a algo indeterminado, hasta llegar a un “insalubre” pasadizo que nos llevaba a algo que parecía ser una calle de adoquines abandonada, lo cierto fue que nunca nos atrevimos a caminar por la presunta calle… no pasamos de allí. Mucho después cuando se inició la demolición del inmueble, la prensa informó del descubrimiento de una callejuela subterránea que iba del Convento de los frailes dominicos hasta llegar al Convento de las monjas a varias cuadras del mismo. Me pregunté entonces ¿Cuál era el motivo de su existencia?.

El la “callejuela” se encontraron también: coches inutilizados y abandonados; huesos humanos: residuos de vestimentas de diferentes épocas; objetos varios, así como una especia de nichos empotrados en las paredes, que mostraban la existencia allí de un pequeño cementerio… recuerden queridos visitantes, que siglos atrás en Mi Habana Viejase enterraba en las Iglesias.

…para la materialización de aquel atrevido y como ya dije “alocado” proyecto de construcción de una terminal de helicóptero que se esperaba diera a la ciudad una nueva imagen, había que “desalojarnos”, y para ello bastaron solo: cuarenta y ocho horas y doscientos escuálidos pesos que “otorgaron” los nuevos dueños a los padres de cada una de las familias que vivíamos en el solar, para salir de allí… y como no nos quedaba otra, nos fuimos… No le dije adiós entonces a Mi Habana Vieja, sino hasta luego… para regresar en otros tiempos…

En realidad en las Iglesias siempre han sido acogidos de buen grado los habitantes de mi Isla, quienes ven a la mayoría de los cura como solidarios intérpretes de su sufrimiento diario, aunque no es ocioso destacar que a partir de 1959 vivimos casi cuatro décadas de hostigamiento del castrismo contra quienes iban a la iglesia o se declaraban católicos, aunque tras la visita de Juan Pablo II, en 1998, se produjo en Cuba un renacimiento del activismo religioso católico, fundamentalmente debido, no a un acto de fe renovada, sino a la necesidad de muchas personas de refugiarse en la religión para sentirse libre por un instante y no perder las esperanzas. Mi opinión es que volvieron a tener concurrencia por motivos políticos y sociales más que por devoción puramente religiosa.

La religiosidad que puede palparse al Deambular por mi Habana Vieja no es patrimonio solamente de formación católica, sino que se completa con aquellas creencias que llegaron con los negros traídos desde África por los colonizadores españoles, en especial los procedentes de la tribu de los Yorubas, y que a pesar de los colonizadores por llevar su religión a las filas de los esclavos, éstos lograron preservar hasta nuestros días sus creencias e incluso llegaron a identificar a los Orishas —sus deidades–, con los santos del catolicismo.

De ese complejo proceso surgiría una especie de sincretismo religioso que se conoce en la actualidad como Santería. La presencia de la religión Yoruba —como también se le identifica—, con una historia de casi cinco siglos, constituye un elemento que complementa las tradiciones culturales de la Isla y añade nuevos atractivos para la actividad turística en la época contemporánea, a lo cual se le ha dedicado en los últimos años un amplio panteón a esas deidades conocido como Museo de los Orishas, localizado en uno de los palacetes coloniales restaurados de la capital cubana, y que además de mostrar los atributos, ofrendas, símbolos de la religiosidad Yoruba, acoge a tres decenas de estatuas de tamaño natural que representan a esas deidades, las cuales simbolizan la mayoría de las áreas y esferas que directa o indirectamente inciden sobre el accionar de los hombres.

Con una mezcla de olor a tabaco, ron y rumba, mi hermano y yo, de la mano de mi “madrina”, conocimos a Shango, el dios yoruba del fuego y de la guerra, quien vino a sustituir a la conocida Santa Bárbara; Obatala, quien representa la claridad y está asociada a Nuestra Señora de las Mercedes… diosa escogida por mi madre, debido a que fue bautizada con el nombre de Mercedes, mientras San Antonio el hijo de la Santa es identificado como Elegua y visto como el abridor de caminos y que a su ofrenda los “creyentes” siempre ubican cerca de la puerta un recipiente repleto de caracoles, cuentas y piedrecillas para proteger la casa.

Un rol destacado en nuestras sincréticas creencias lo vino a jugar San Lázaro quien es por sustitución el Babalu-aye de los Yorubas, o el de las promesas católicas. Motivador de las peregrinaciones al pueblo del Rincón —o mejor a la Iglesia del pueblo—, a las que acudimos en más de una oportunidad, en unión de mi madre. Pero sobre todo por nuestro amor al mar llegamos a admirar a Yemaya, la diosa de las aguas y madre de todos los santos, la cual se identifica con el color azul —mi color preferido—, y se reconoce en la figura de la Virgen de Regla. De pequeños, mi hermano y yo siempre nos desvivíamos por los relatos que nuestra madre nos hacía sobre su aparición en aguas de la bahía habanera, que baña al pueblo ultramarino de Regla.

También me enseñaron que Aggayu Sola, hijo de Yemaya lo asemejan con San Cristóbal, y es para ellos el dios de la tierra y el protector de los viajeros, a la vez que Oshun, esposa de Shango y compañera de Yemaya, es la diosa del amor y de los ríos mientras que Oshosi, se le conoce como dios de la caza y la protección. No menos importante, son entre otras deidades del mencionado culto Orunmila u Orula, dios de la sabiduría y Oya, de la muerte, todos ellos representados con sus atributos, collares y colores en el ya mencionado Museo de los Orishas.

…al entrar en el Museo, saludé con una sonrisa a la guía que me recibió y acto seguido desapareció a través de una cortina de cuentas. Unos minutos más tarde un hombre separó las cuentas y nos hiso entrar en una pequeña habitación, donde apenas se podía respirar debido al olor a incienso y alcanfor. Vestía una gran camiseta blanca y pantalones color caqui. Su presencia hizo que todos tembláramos… de miedo o de emoción, tal vez preocupados por algo.

El blanco de sus ojos era tan brillante que daba miedo, sonrió levemente mostrando unos dientes en muy mal estado y como si hubiera recibido un golpe inesperado de inmediato su cuerpo tembló y sus ojos se agitaron mirándome fijamente, mientras me apoyaba, para no caerme del susto, en el quicio de la puerta y fue entonces que lo contemplé en su aparente grandeza simbólica… percibí entonces, que aquel hombre, desconocido para mí, sabía el por qué,al Deambular por mi Habana Vieja había llegado hasta allí…

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