La Vieja Muralla y sus marginales

16 08 2012

Fragmento de La Muralla de La Habana. Foto: Alberto Hernández

 

Por Enrique Meitin
primeitin2006@yahoo.com

 

Las monumentales murallas, de la cual hoy sólo quedan restos dispersos en la parte vieja de la ciudad, fue concebida como parte del proyecto de defensa de la villa de San Cristóbal de La Habana, ante el peligro de posibles ataques de corsarios y piratas, que conjuntamente con el resto de las fortificaciones antes mencionadas comprendían todo un sistema de protección costera cuyo objetivo no era otro que convertir a La Habana en una plaza inexpugnable.

Creyendo contar con el apoyo económico de la Península se había planificado la construcción de la ahora La Vieja Muralla inicialmente en piedra, pero debido a trámites burocráticos y a argumentos que demostraban la carencia de fondos para los trabajos, dicho Proyecto fue “engavetado” quedando por un tiempo en el olvido. No obstante una segunda variante o propuesta permitió que las obras comenzaran a ejecutarse, aunque con el empleo de madera, que en la práctica resultó frágil para los objetivos propuestos y de hecho fue abandonada rápidamente. También existió una tercera opción, que consistía en rodear la urbe de fosos de agua, buscaba aportar a la villa un entorno similar al de los castillos medievales, pero esto último solo quedó en la mente de sus promotores.

Años más tarde, durante el mandato del gobernador Francisco Rodríguez de Ledesma se lograría la aprobación del Proyecto de amurallar la ciudad con empleo de la piedra como material fundamenta, y que constaría con nueve puertas para el acceso a la misma, entre las cuales las más conocidas serían las de La Punta, la de la Calle Reina y la llamada de La Muralla. Al obtener el presupuesto necesario para iniciar su construcción, finalmente comenzaron los trabajos de la esperada obra en 1674.

Previsto en un inicio para efectuarse en un plazo de tres años en la práctica se extenderían por más de un siglo, pues vinieron a concluir en 1740. No obstante durante su construcción, y su vida útil, las murallas se convertirían en un elemento característico del entorno urbano de la villa. Después con el paso de los años La Vieja Muralla resultó incapaz de frenar la expansión de las construcciones más allá de sus muros. El llamado espacio extramuros se fue urbanizando y poblando a un ritmo vertiginoso, llegando incluso a superar las edificaciones contenidas en el recinto, obligando a su demolición la cual se inicia a finales de 1863 y no es hasta comienzos del siglo XX que culmina.

Actualmente solo se conservan algunos restos de La Vieja Murallaque testifican las características y el trazado de esta importante construcción del sistema defensivo de La Habana, la cual según los especialistas no tuvo una verdadera utilidad. Sin embargo, fue incapaz de acabar con la tradición que los habaneros llaman con orgullo el “cañonazo de las nueve“, utilizada por muchos para poner en hora sus relojes….

…al abordar hoy la calzada entre los restos de La Vieja Muralla el instinto fue mi único guía, Al cabo de unos minutos me hallaba nuevamente en aquella virtuosa y ya habitual depresión… por mi parte, tras recoger un puñado de flores y arroparlas en un manojo de brillantes y salvajes colores arrojé el improvisado ramo al corazón del residuo de muralla que aún persiste, frente a la Terminal de Ferrocarril de La Habana… no sé si fue como un recordatorio a la memoria de Carmita o fue en honor de todos aquellos que murieron tras las explosiones del barco francés, colmado de armas, fondeado en la rada habanera, allá por los años sesenta.

En realidad nunca he logrado explicarme el por qué de aquel sincero gesto mío… mucho menos, a quien iba destinada mi ofrenda, ni tampoco ¿Por qué? hube de ofrendarla en aquel resto de la La Vieja Muralla, otrora división de los barios marginales.

Cual pared invisible, pero presente que la separaba del resto de sus vecinos La Vieja Muralla surgía reiteradamente en las pesadillas de Carmita, la madre de una novia que tuve allá por el barrio habanero de Atarés, en aquellos años. Formando pasadizos infranqueables, prestos a cerrar el paso, enrarecer el aire, y acortar el espacio que separaba a los marginales de ella y de su hija, así como del resto de su ciudad, sin percatarse que de no existir esta, nada cambiaría, pues tal separación sólo existía en su mente.

Siempre que se refería a la sociedad cubana, la comparaba con La Vieja Muralla en forma de metáfora. Le había escuchado decir que:

…lo que acontece hoy en día es como una cascada que alimenta los odios sobre esta sociedad inmoral de “marginales” y la derrumba poco a poco como a La Vieja Muralla, encorvándola, marchitándola, que ya ni las flores suelen florecer en ella cada año son menos las que la pueblan, como si la tierra conociera sus rencores y se negara a parir… las pocas flores que crecen al margen de la sociedad se van marchitando decía entonces refiriéndose a una joven amiga de su hija, que andaba La Habana jineteando.

no por llegar a término, sino por nacer ya malditas

En realidad el principal y más agudo recuerdo que tengo de ella y de su cacareado “marginalismo” era aquella ansiosa búsqueda por parte de su hija –mi novia de entonces—, de la verdadera razón de ella de catalogarnos a todos como “marginales”. El proceder de mi amada, no sería un vano intento de justificar las partes, sino de comprender el todo, sin excluirlas. Así entendió por fin como para una persona blanca preparada como su madre, el babalawo podía resultar un inculto, un marginal, sin derecho a participar, lo mismo que la jinetera, el pinguero o quizás un simple transeúnte, y de lo que se trataba no era de dividir, sino unir las partes, y entender las causas.

En una sociedad que ha sufrido las consecuencias tanto económicas como políticas, donde a tenor de ello ha crecido la desigualdad, donde se multiplica la corrupción, el mercado negro, el relativismo moral y el deterioro de los valores y donde el alcoholismo, la prostitución, el exilio imparable, el suicidio y la desesperanza por no tener futuro, son algunas de las únicas vías escapatorias. ¿Puedes entonces por eso ser tildado de “marginal”?

Para Carmita, si. Para ella, cada persona, piedra u objeto, ocupaba un lugar específico en la sociedad cubana que le tocó vivir, pero todos… “marginales” todos estaban bajo ella, puesto que se sentía superior e incorruptible, posición esta a la cual quería atraer a su hija, pues sentía que corría un grave peligro, bajo la atracción de sus amistades y por los lugares que esta última frecuentaba.

Su hija en cambio, era de la opinión que había que encontrar un sentido de la justicia social y de igualdad de oportunidades, una solidaridad que aliviara la pobreza, así como encontrar iniciativas de recuperación cívica aún bajo la represión cotidiana. Era del criterio que para ello se debía de partir de los elementos intrínsecos del problema para no eliminar de un solo tajo la autonomía individual, posición esta que no sólo chocaba con los preceptos de la autora de sus días, sino con gran parte de sus conocidos.

Carmita hasta su muerte, pasó su vida, no solo sufriendo las mismas vicisitudes y carencias de todos los cubanos, sino pensando en la influencia que pudiesen tener nosotros los “marginales” en su hija, causando en nosotros primeramente disgusto por sus planteamientos, más tarde tolerándola y finalmente sintiendo pena por ella… tal vez por ese motivo es que le ofrendé mis flores, y las llevé allí, a La Vieja Muralla, a ese enigmático lugar, que tanto parodiaba.

O tal vez fue en honor a los obreros caídos aquel horrible día de marzo de 1960 en que en plena faena de descarga en el barco La Coubre, anclado en puerto habanero, tiene lugar una explosión que provoca la muerte de decenas de cubanos, obreros portuarios y pueblo en general… tal vez “marginales” a lo Carmita. La población se lanzó a auxiliar a los heridos… entre ellos mi hermano y yo…

¡Coño “mi’herma”, mira pa’llá! Parece un hongo atómico, creo que los yanquis ya decidieron acabar con nosotros. Grité al escuchar la primera explosión.

Parece que nos están bombardeando. Exclama alguien, sin detener su carrera, hacia un destino… sin saber cuál…

Vamos para allá… yo creo que fue en la Planta eléctrica de Tallapiedra. Dijo otro.

Ambos, seguidos de algunos de mis amigos, “marginales” como yo para mi “suegra” eran… pero eran pueblo. Les cuento que partimos en dirección a la Terminal de Ferrocarriles. Por pura suerte pude subir a un Jeep y arrastré a mi hermano, casi en el momento que el vehículo arrancaba a gran velocidad. Al llegar al parque donde se encuentra una de los restos de La Vieja Muralla frente a la Terminal de Ferrocarriles, aminoró la marcha y cuando volvió a doblar a la derecha para encaminarse hacia la Planta eléctrica es que se produce la segunda explosión. La fuerza expansiva de esta segunda explosión desvía al vehículo en que viajábamos y choca contra el muro de la Terminal, lanzando a mi hermano fuera del mismo, quien rueda por el pavimento, recibiendo algunos golpes y rasguños, aunque no de importancia. Al verlo en tales condiciones me lancé del Jeep, y fui a socorrerlos y nos refugiamos tras el muro de piedras de aquel resto de La Vieja Muralla.

Parapetados allí recibimos a algunos transeúntes que venían corriendo buscando refugio también tras aquellos reliquia histórica… incluso algunos de ellos mostraban heridas y quemaduras en el cuerpo y preguntamos por lo sucedido.

—¿Fue en la Planta eléctrica? Pregunta alguien a mi lado sumamente preocupado. Después nos enteraríamos que su padre trabajaba en aquel lugar.

Fue un barco que explotó en el puerto… hay miles de heridos. Nos aclara otro, mientras se refugia junto a nosotros, tras el pedazo de La Vieja Muralla.

Mejor nos vamos de aquí, no vaya a ser que sigan las explosiones. Le dije a mi hermano, y lo ayudo a incorporarse del suelo.

¿Estás bien? Le pregunto mientras lo tomo del brazo una vez repuesto de la cometida. Corramos hacia la casa de Carmita. Alejándonos acto seguido del lugar mirando hacia atrás, logrando ver cómo junto a nosotros, otros también corren…

La tarde se obscurece… la nube de humo negro cubre toda esa parte de Mi Habana Vieja… el miedo hace su presencia en todos nosotros “marginales”, o no, a la par que el aullar de las sirenas de los carros bombas y de las ambulancias ensordece a los que huimos, mientras decenas de palomas… me imagino que como antaño, cuando los cañones de corsarios y piratas intentaban tomar la villa de San Cristóbal de La Habana se aprestaban a emprender el vuelo salvador. Si bien hasta hace unos momentos se acurrucaban en los huecos de la orgullosa La Vieja Muralla, ahora vuelan huyendo hacia el núcleo de la ciudad.

Hoy andando por mi nunca olvidada Habana Vieja camino lentamente siguiendo el curso de La Vieja Muralla… y vuelvo a vivir aquellos momentos… igual que ayer miro hacia atrás… esta vez, estoy solo y nadie me sigue… cruzo bordeando un añejado palacio que pronto sería remozado y ampliado por los motivos archiconocidos de presentárselo a los turistas, hacia aquel resto de muralla, frente a la Terminal, lugar donde aquel día nos refugiamos,

Anochece y las últimas luces del sol, antes de desaparecer en el horizonte, dan a esa parte de La Vieja Muralla y a su alta torre un aire ciertamente tétrico. “Lloverá a cántaros”… lo presentía… ya se escuchaba el resoplar del viento y las densas nubes se tornaban grises, empezando a cubrir gran parte del cielo.

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17 08 2012
17 de agosto de 2012

[…] La Vieja Muralla y sus marginales […]

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