El Morro, La Cabaña y El Cañonazo De Las Nueve

15 08 2012

Faro del Morro de La Habana. Foto: Alberto Hernández

Por Enrique Meitin

La capital cubana debe su ubicación a la estratégica posición que para la metrópoli española revestía la otrora villa de San Cristóbal de La Habana, poseedora de un puerto de entrada estrecha y aguas profundas, que la convertiría en el punto idóneo de reunión para las naves que transportaban hacia España las riquezas del Nuevo Mundo. No obstante, debido al peligro que se cernía sobre la rica villa en la medida en que ésta se convertía en el principal puerto comercial español en la América hispana, unido a las constantes amenazas de corsarios, piratas y escuadras de naciones enemigas de España, resultaba imprescindible su protección militar, lo que llevó al rey Felipe II a decretar de inmediato la fortificación de la misma, con verdaderas obras de ingeniería militar de la época.

Así la antigua villa contó con un sistema de fortalezas que abarcó nueve grandes construcciones para constituir el conjunto más notable de su tipo en toda la América hispana. Sin duda alguna debido a su posición estratégico-militar, como a su vigencia posterior la más significativa de estas fortalezas coloniales fue el emblemático Castillo de Los Tres Reyes del Morro”, el que siguiendo un proyecto del ingeniero militar italiano Juan Bautista Antonelli, comienza a construirse en 1589.

Si bien con anterioridad al inicio de la construcción del Morrose situaban vigías sobre el peñón que dominaba la amplia bahía; en 1563, el entonces gobernador de la Isla, don Diego de Mazariegos hizo construir en el lugar una alta torre que comenzó a servir como punto de referencia para los galeones en la zona. Años más tarde se erigió una casilla de tejas para guarecer a los centinelas, se dispuso que se instalaran allí una batería con seis cañones, y se erigiera un faro de cal y canto que utilizaba leña como combustible.

Finalmente quedó concluida la obra en 1629, y tras la terminación al año siguiente del Castillo de San salvador de La Punta, los habitantes de la villa pensaron estar a salvo de cualquier ataque enemigo por mar. No obstante a pesar del sistema de fortalezas erigido en aquella época, la advertencia hecha a las autoridades de la Isla por parte del propio ingeniero Antonelli, de que la fortaleza del Morro no sería nada si el cerro de la Cabaña se mantenía desamparado, por el valor estratégico de este, se hizo realidad cuando en 1762 las tropas inglesas avanzaron por dicho cerro entrando en el Castillo, mientras la artillería enemiga lograba rendir la fortaleza, reducir la defensa de la villa y apoderarse de La Habana.

Debido a que durante el ataque de los ingleses a La Habana el Morro sufrió daños de consideración y el faro quedó destruido la experiencia vivida aconsejó el refuerzo de la guarnición y erigir uno nuevo que se instaló en 1764, casi inmediatamente después que cesó la dominación inglesa sobre la Isla. La creciente importancia marítima del puerto habanero a partir de entonces reclamó un sistema de aviso más eficiente y a partir de 1816 los proyectos por modernizarlo se sucedieron, hasta que finalmente en 1844 fue reemplazado por un faro de aproximadamente 45 metros de altura sobre el nivel del mar. El mismo que ha devenido símbolo imperecedero de La Habana.

…recientemente al reencontrarme con ese emblemático lugar, escenario de algunas de mis cuitas amorosas del pasado, al entrar en el Castillo sentí la presencia de algo sobrenatural…cegado por la claridad exterior no reparé en al alto peldaño que quedaba a su entrada y torpemente, perdiendo el equilibrio fui a dar con mis huesos contra el suelo… tal vez atontado por el golpe sentí como una larga y fría mano, me ayudó a incorporarme… lo que agradecí a aquel anciano que tenía ante mí.

Pese a la penumbra existente pude definir claramente que sus ropas, las que parecían brillar no eran actuales… en nuestros días, se destaca una guardia de hombres que visten uniformes de la época. Era un hombre menudo, calvo y arrugado como una pasa, con las manos y calva cubierta de manchas marrones que junto a su barba casi plateada, enmarcaban un rostro ligeramente bronceado en el que parecían resaltar unos ojos claros y penetrantes… vi que sus orejas se le trasparentaban con la luz del sol… en realidad todo él constituía un ente algo borroso…

Además puedo agregar, sin querer impresionarlos, que no solo yo, sino todos los que me acompañaban vimos como los viejos estandartes colgados de los muros de piedra ubicados junto a escudos de armas españoles se agitaron levemente movidos por una brisa interior, tan súbita como inexplicable, mientras el aire de la habitación se llenaba con penetrantes olores y suaves voces de tiempos pasados. Sin duda alguna eran las voces amigas de los tiempos de la Historia, que junto a la del anciano nos daban la bienvenida…

No debemos pasar por alto en esta breve descripción que el Farojunto al Castillo de los Tres Reyes del Morro, fortaleza de tipo renacentista, construida como un polígono irregular y con tres poderosos baluartes que dominaban la bahía, la entrada al puerto y la ciudad, como era de suponer hubo de complementarse más tarde tras la conclusión de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, cuando después de la retirada de los ingleses como parte del “trueque” efectuado de La Florida por La Habana, y recuperada esta por España, el rey español Carlos III ordenó la inmediata fortificación del cerro. Esta trilogía constituye en la actualidad el complejo histórico-turístico denominado Parque Histórico Militar Morro-Cabaña.

Según los guías turísticos que ensalzan las cualidades y características de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, enlazada con el fuerte del Morro tanto estas edificaciones militares estratégicas como sus diez hectáreas que ocupa con más de 700 metros de muralla, convertida en la mayor de la Isla y la primera de América, desde su construcción, albergó a las unidades élites del ejército español en Cuba hasta su Independencia. Agregando que con la llegada del Siglo 20, ya resultando obsoleto el Morro como fortificación militar el complejo Morro-Cabaña pasa a cumplir otras funciones. No solo sería a partir de entonces alojamiento de tropas, sino también almacén, escuela militar, e incluso prisión.

Pero lo que no se les dice a los visitantes es que San Carlos de La Cabaña, enlazada con el fuerte del Morro y sus diez hectáreas han sido para la mayoría de los cubanos, desde época de la colonia, sinónimo de lágrimas, maltratos físicos, dolor y muertes. Primeramente fueron los negros esclavos, que en los once años que duró su edificación cientos de ellos murieron debido a las condiciones de vida y maltratos recibidos; que durante las guerras de independencia, sirvió de prisión de los patriotas, y su foso fue sitio ideal para fusilamientos.

Más cercano en el tiempo, cuando Castro tomó el poder y designó al argentino “Che” Guevara al frente de La Cabaña, donde también dirigió la Comisión Depuradora, que actuaba sin juicio alguno, se dictaba sentencia directa y se declaraba sin lugar la apelación. Entre enero a junio de 1959, tiempo en que estuvo al frente del complejo Morro-Cabaña se fusilaba de lunes a viernes de madrugada, cerca de quinientos cubanos fueron llevados a la muerte por esa vía. Cifras más altas pueden incluir ejecuciones que tuvieron lugar en los meses posteriores a la fecha en que el “Che” dejó de estar a cargo de la prisión.

Por supuesto que tampoco, en el recorrido por el Parque Histórico Militar Morro-Cabaña se les dice a los visitantes que para muchos de los familiares que venían a visitar a su ser querido, significaba llegar a la reja y oír de la manera más despiadada posible que había sido fusilado la noche anterior. Mucho menos se les informa, que allí todos los días los prisioneros se despedían de sus hermanos de lucha sentenciados a ser fusilados, los que caminaban encadenados, pero con la frente en alto, a su encuentro con la muerte sin poder despedirse de sus seres queridos.

Si bien con el paso del tiempo, la orgía de sangre de los primeros tiempos se aplacó… pero solo un poco. La Cabaña además de unidad militar continuó siendo para los vivos en sus celdas, meses y años de cautiverios tras juicios que eran una farsa, celdas hacinadas carentes de toda higiene, calor sofocante, requisas, vejaciones, golpizas, bayonetazos… al final un último abrazo, y la muerte…

Para los familiares de los reos por su parte, en el parque al pie de la fortaleza, bajo la inclemencia del tiempo —sol, frio, lluvia—, permanecían hasta escuchar el nombre del preso para subir el empinado camino hacia la cárcel, pasando frente al paredón de fusilamiento… silencio, rezos, lágrimas y finalmente antes de entrar, la larga espera en fila para la vejaminosa requisa personal…

Gracias al fin, el viento de la Historia se llevó al socialismo y La Cabaña como tétrico representante del Sistema, no pasó por alto las adecuaciones a los cambios… la maquillaron y la reabrieron, convertida en centro de atracción turística y cultural… el famoso Parque Histórico Militar Morro-Cabaña de la actualidad.

Terminada la restauración, se abrieron en ese complejo el Museo de Armas donde se muestran una completa colección de armas provenientes de varias partes del mundo, desde la prehistoria hasta el Siglo 19, un Museo Monográfico, que describe la historia de la fortaleza y el llamado Museo de la Comandancia del “Che”, donde con marcado desprecio a los cubanos que allí murieron se exponen documentos y testimonios que “engrandecen” la memoria y figura del asesino. Además, desde entonces, sus instalaciones han acogido eventos culturales tales como la Bienal de Artes Plásticas de La Habana y la Feria Internacional del Libro, una falta de respeto más a los miles de cubanos presos en La Cabaña durante años… No obstante hoy todo esto es parte de la diversión turística.

En general, salvando la real, verdadera y oculta Historia, San Carlos de La Cabaña es hoy por hoy un lugar ideal para el descanso activo y evocador, con sus .calles adoquinadas inundadas de luz y sombra, plazoletas abiertas a la brisa, donde se destaca: El Patio de Los Jagueyes o la Plaza de Armas saturada de vigilantes cañones, tronantes ayer y devenidos ahora silenciosos sobrevivientes de una época erizada de sobresaltos, imponente muralla, inexpugnable valladar antaño y hoy soleado balcón sobre la ciudad que me hace retrotraerme en el tiempo.

Hoy al Deambular por mi Habana Vieja, recuerdo que en mis años de adolescente podía quedarme allí sentado durante horas, observando mi ciudad… en paz y soledad y por confuso que me sintiera, por abatido o descorazonado que estuviese, se me aclaraban las ideas, me levantaba con ánimo y nuevamente me incorporaba a la vida diaria… si podía llamarse vida del ciudadano “de a pie” bajo el castrismo. Pensaba entonces que no existía otro lugar en el mundo, donde pudiera sentirme más sintonizado conmigo mismo y con mi Dios…

…quiero que me poseas aquí mismo, bajo las estrellas, con este Morro a nuestros pies, ahora que tenemos la oportunidad. Creo que algo así me dijo aquella vez… la abracé y la miré atrayéndola hacia mí. Ella notó mi erección al pegarme contra su vientre… sus pechos reflejaban la pálida luz de la Luna. Tenía los pezones duros, tiesos. Me incliné hacia delante y se los besé. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y gimió, abandonándose al placer… no sé cómo ni cuándo, pero si se que la posee, acabando todo con un nuevo grito de placer, casi un aullido, primero yo, luego ella, que todavía seguía arriba y abajo entre pequeños… hasta que una detonación, casi cercana a la pareja nos hizo separarnos súbitamente y comenzar a arreglar nuestras ropas… eran las nueve de la noche…

En épocas coloniales, a las 4 y 30 de la mañana y a las 8 de la noche, desde la nave capitana en el puerto, se disparaba un cañonazo para avisar la apertura y cierre de las puertas de la muralla que rodeaba a La Habana y la colocación y retirada de la cadena que, situada entre los castillos de La Punta y el Morro, cerraba la entrada del puerto. Luego de la construcción de LaCabaña, el disparo del cañonazo se efectuaba, indistintamente, desde el puerto o desde la Fortaleza.

Construidas las murallas en 1740 para proteger la ciudad de los ataques de corsarios y piratas, que junto a la señal sonora del Cañonazo de las Nueve —símbolo del cierre de las puertas en la época colonial—, le indicaba a los habaneros de la época que ya era hora de recogerse al abrigo de los gruesos muros y evitar el tránsito por los bosques de espesa vegetación que existían en los alrededores de la urbe. Después que estas fueron derribadas tras el desarrollo de la ciudad, la costumbre de disparar el cañonazo continuó como una tradición que se mantiene hasta nuestros días y sirve para que los habaneros rectifiquen la hora de los relojes.

En nuestros días, una guardia de hombres -vestidos con uniformes de la época- se dirige con paso marcial hacia la pieza designada para el disparo, seguidos de cerca por la mirada de visitantes nacionales y extranjeros, que acuden cada noche al ahora Parque Histórico Militar Morro-Cabañaa presenciar una de las tradiciones más conocidas de La Habana. Presenciar la ceremonia del Cañonazo de las Nueve, efectuada por una dotación de soldados vestidos a la usanza del Siglo 18, es en la actualidad una de las actividades más atractivas y gustadas que este centro turístico enclavado en lo más alto de la ciudad ofrece.

No quisiera pasar por alto que en las faldas de La Cabaña, aunque geográficamente no pertenece al municipio de la Habana Vieja, sino al de Regla, se encuentra una colosal escultura de 20 metros de altura esculpida en mármol de Carrara, que representa a Jesús de Nazareno, y que se le conoce como El Cristo de La Habana. Imagen que fue esculpida en Roma y bendecida por el entonces Papa Pío XII, y traída a la capital de Cuba para emplazarla a la entrada de la Bahía el 24 de diciembre de 1958 a tan solo quince días del triunfo del castrismo

De más está decir que durante más de cuarenta años la escultura que se encuentra a e cincuenta metros sobre el nivel del mar, y que permite ser vista desde muchos puntos de la Habana Vieja, debido a la “persecución” religiosa implantada por el régimen esta fue cubierta a principio de los sesenta, con árboles y no era visible, mucho menos visitada, alegando que se encontraba en una zona militar. De cómo nuevamente los habaneros y el público general podría observarla y tener acceso a la misma, sería motivo de otra Historia que de hecho nos alejaría de nuestro Deambular por mi Habana Vieja.

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18 08 2012
18 de agosto de 2012

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