Los asaltantes del Escambray

5 04 2012

La Habana 1959. El capitán Beraldo Salas Valdés, Danny Regino Crespo García y Roger Redondo González. Este último era el jefe de la inteligencia del segundo Frente de guerra de Cuba.

París, 25 de marzo de 2012.

Querida Ofelia:

Te envío otro de los testimonios que pude obtener en la capital cubana del exilio el verano pasado del ex guerrillero del Escambray Miguelito García, nuestro viejo y querido amigo. Estimo que al igual que los testimonios de Roger Redondo y de otros ex guerrilleros cubanos, podrá contribuir a llenar los vacíos o desmentir las falsedades creadas por la Historia Oficial del régimen de los hermanos Castro.

“En agosto de 1958, supo Eloy Gutiérrez Menoyo, gracias a reportes que le llegaron de distintos lugares, que un grupo de hombres estaba asaltando a los campesinos “ricos” que vivían en el Escambray. O mejor dicho, medio ricos -pues tenían una finquita y algunos pesos- y después de vender su cosecha de café, ganaban una suma importante de dinero. Ocurrió el caso de un señor filipino, que tenía un cafetal grande por allá cerca de Dos Arroyos. A este hombre lo asaltaron, como a otro pequeño ganadero que se llamaba Tomás Zerquera que vivía en las cercanías de Trinidad.

Los hechos ocurrieron así:

Haciéndose pasar por soldados rebeldes, uno de los primero asaltos fue en la zona del Valle de Jibacoa en la finca La Felicidad, que era propiedad de un gran cultivador de café, al que le decían El Filipino, pero su verdadero apellido era Uriarte. Allí asaltaron la casa del mayoral de la finca.

Menoyo que era el jefe del Estado Mayor del Frente del Escambray comisionó al capitán Roger Redondo, que era el que siempre se encargaba de investigar, para que averiguara sobre aquellos asaltos. Menoyo le dijo a Roger que él tenía la sospecha de que los asaltantes pertenecían a la gente nuestra, que estaban en las guerrillas y que por lo tanto estaban desmoralizando nuestras filas. Le dijo además que eran tres individuos con los rostros cubiertos por pañuelos y que pedían dinero a nombre de la Revolución.

Roger, investigó los tres últimos asaltos, los cuales se habían producido en lugares lejanos unos de otros. La primera visita que realizó fue a la casa del mayoral de la finca La Felicidad. Roger no tenía la menor pista por donde comenzar y lo primero que hizo fue hablar con los hacendados. Fue en busca del mayoral del Filipino y éste le informó que los hombres que habían estado allí eran tres. Llevaban el rostro cubierto con un pañuelo y que uno de ellos portaba un revólver de pavón blanco y era mulato, pues se le veían los brazos. Este era el que mandaba el grupo.

El segundo le contó lo mismo que el mayoral del Filipino y le dio la misma descripción.

Lo que pudo primero investigar era que los atracos habían tenido lugar cerca de Topes de Collantes por la parte norte, pero el tercero ocurrió por la parte sur, es decir cerca de la carretera que va de Trinidad a Cienfuegos, donde vivía uno de los campesinos que más ayudó a los rebeldes del Escambray. Se llamaba Tomás Zerquera y era por su tierra por donde recibíamos la ayuda de Trinidad. Roger fue a interrogar a Tomás. Pero cuando llegó a su casa que se encontraba cerca de la ciudad de Trinidad, éste le dio un nuevo dato. Le contó que al mulato con el rostro cubierto, se le había caído el pañuelo durante el asalto y que el individuo tenía la nariz parecida a la de Roger.

Aquello le lució muy importante a Roger y en lo adelante se dedicó a caminar guerrilla por guerrilla por todo el Escambray, para ver si encontraba entre los rebeldes, a un hombre con aquellas señas, porque curiosamente la nariz de Roger era como la de los árabes. Pero no encontró a nadie y esto era fácil de entender, pues en el Escambray, entre todas las guerrillas, no había más que cinco mulatos. La mayor parte de nuestras tropas eran blancos e hijos de españoles. Roger se aburrió de buscar y ya estaba renuente a seguir, cuando Eloy lo mandó a reforzar allá por la zona conocida por Mangos Pelones, cerca de Topes de Collantes a un grupo de dieciocho hombres, porque habían ocurrido muchas escaramuzas con los soldados. Eloy pensaba poner emboscadas en la carretera de Trinidad a Topes de Collantes.

Como aquello estaba cerca del cuartel de Topes de Collantes, se caminaba de noche. Una madrugada, Roger vio una casita que tenía las luces encendidas. Esa era una señal de que allí había gente levantada. Serían como las dos de la madrugada y los campesinos acostumbraban a levantarse sobre las cuatro. Aquello le resultó sospechoso: habría alguna visita o alguien estaría enfermo. Decidimos llegar a esa casa con la idea de tomar un poco de café.

Tomando precauciones llegamos al lugar. El dueño de la casa nos conocía, le comunicó a Roger que allí había cuatro hombres que querían alzarse. Cuando el hombre levantó la chismosa de petróleo lo primero que Roger vio fue a un mulato que tenía la nariz como la de él. Entonces le preguntó si tenían armas. El mulato le contestó que tenía un revólver. Roger le pidió que se lo mostrara. Cuando se lo enseñó, pudo constatar que era un revólver de pavón blanco calibre 38 y ahí mismo les dijo: ‘están presos los cuatro, ustedes son los que se dedican a asaltar a los campesino de esta zona’. Ellos lo negaron.

Seguidamente le dio instrucciones a la tropa para que los tuvieran bien vigilados. Sacó al primero para interrogarlo fuera de la casa y al poco rato se sintió un disparo. Roger regresó a buscar a otro de los cuatro. Sólo se tenía el perfil de tres. El cuarto era un negrito gordo que tenía un acento fuerte oriental y que no encajaba con los perfiles de los otros tres y fue dejado para último. Roger hizo lo mismo con el segundo y el tercero y el tiro correspondiente, y cuando le dijo al cuarto: ‘vamos que ahora te toca a ti’, el negrito que decía llamarse Musulungo se puso a temblar y le dijo: ‘capitán, yo es la primera vez que vengo a ésto… ellos me invitaron’.

Y Musulungo le contó a los allí presente todo la historia con lujo de detalles. Cuando los otros tres cometían los atracos vestidos de rebeldes, les daba mala fama a los alzados: Contó que ellos estaban presos en la cárcel de Trinidad y conocían muy bien el Escambray por haber trabajado en varias fincas recogiendo café y por lo tanto podían desplazarse de noche porque eran prácticos en aquellas lomas.

Resultó que aquellos hombres tenían un trato con un concejal batistiano de Trinidad y que en combinación con el director de la cárcel y el jefe de la guardia rural, se les autorizaba a robar en nombre de los rebeldes y de esta forma crearnos problemas con los campesinos de la zona. Ellos podían quedarse con el dinero que robaban y disfrutaban casi de entera libertad y podían salir a su voluntad.

Cuando Musulungo terminó de contar su confesión, Roger volvió a interrogar a los detenidos, ya que lo del tiro fue una farsa para intimidarlos y les dijo: ‘ustedes tres son los delincuentes que han perpetrado los atracos’.

Se vieron descubiertos y confesaron los hechos. Los tres fueron con los papeles hechos de su confesión con una patrulla para el Estado Mayor que se encontraba en la zona de Nuevo Mundo. Allí fueron juzgado y fusilados por el comandante Jesús Carreras Zayas. El código militar nuestro era una copia del vigente en la Sierra Maestra, similar al de las Guerras de Independencia del siglo XIX. En tiempos de guerra por el robo de un caballo, se aplica la pena de muerte por ahorcamiento o fusilamiento, lo cual lógicamente no es así en tiempo de paz”. Miguel García Delgado

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares, con gran cariño y simpatía,

Félix José Hernández.

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2 responses

7 04 2012
7 abril 2012

[…] Los asaltantes del Escambray […]

1 02 2013
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It’s going to be finish of mine day, however before finish I am reading this impressive piece of writing to improve my knowledge.

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