Comentario al libro de Arturo Martínez Nateras, El 68, Conspiración comunista, UNAM, 2011.

25 02 2012

Por Mario Héctor Rivera Ortiz

XXXIII Feria Internacional del Libro, Palacio de Minería, Salón “Rafael Ximeno Planes”, México DF, jueves 23 de febrero de 2012, 16 hrs. Ponentes: Félix Goded Andreu, Mario Rivera Ortiz, Nicando Mendoza Patiño y Raúl Moreno Wonche.

Del origen y la historia del Movimiento estudiantil de 1968 únicamente podemos tratar ahora los puntos que nos parecen más esenciales: 1. La literatura producida por los actores del Movimiento, 2. La identidad política y social del Movimiento, y 3. La “generación” estudiantil en la historia del Movimiento.

1. La literatura producida por los actores del Movimiento

Recuperar la memoria en general, no significa necesariamente preservar una base teórica para las luchas sociales del futuro. Para que cumpla con esta función se requiere que corresponda con la verdad histórica y además, que los datos acumulados hayan recibido un tratamiento científico. Y esos requisitos no los llenan todos los escritos producidos sobre temas históricos aunque contengan información útil. El esfuerzo que hace Arturo Martínez Nateras para rescatar partes fundamentales del pasado mexicano en El 68, conspiración comunista y el trabajo editorial de la UNAM, son dignos de elogio y agradecimiento de nuestra parte.

El 68 estudiantil mexicano, entre otras peculiaridades, destaca por la producción literaria que generó. Desde entonces hacia acá empezaron a aparecer testimonios, ensayos políticos, novelas y poemas, elaborados por quienes actuaron y sobrevivieron dicho episodio histórico en diferentes ámbitos del escenario social. Arturo Martínez Nateras tiene el mérito de haber sido uno de los primeros escritores de esa corriente con su libro, No queremos apertura, queremos revolución, editado en septiembre de 1972.

En el postsesentaiocho, inmediato y tardío, fluye una producción literaria originada en las entrañas mismas del pueblo, que cuenta lo que verdaderamente sucedió en las universidades, las fábricas, el campo, las grandes urbes, los cuarteles, los juzgados, las prisiones y que, además, pudo autofinanciarse y distribuirse por canales propios, burlando así el cerco monopólico impuesto por ciertos suplementos culturales de la prensa liberal y conservadora, los consorcios libreros y la censura oficial.

Dicha producción literaria tuvo en común las siguientes características:

a) – Denunció el carácter de Estado y de clase de la represión policiaco-militar que montaron los gobiernos de Díaz Ordaz y Luis Echeverría contra el Movimiento estudiantil y dejó claro que cuando la justicia del orden burgués se pone en movimiento contra sus disidentes, tal “justicia” se muestra como lo que fue en la Plaza de las Tres Culturas el dos de Octubre del 68, con el ribete de las muecas de contrición y arrepentimiento que significaron las efímeras y débiles fiscalías especiales.

b) – Popularizó las nuevas formas de organización de la multitud: comunidades multitudinarias con poder legislativo-ejecutivo, comités de lucha, círculos de estudio, brigadas de acción directa, columnas guerrilleras y diversas formas de clandestinidad, cuando eran requeridas.

c). – Recogió todas las formas y vías de lucha utilizadas por la multitud en contra de la barbarie oficial y justificó la contra violencia de masas.

d).- Tuvo que reconocer y aceptar que ni el estudiantado ni ninguna otra capa del proletariado mexicano, estaban preparados para tomar el poder y avanzar hacia una república social.

e). – Descalificó y puso en la picota pública, por su complicidad con las fuerzas represivas, a las organizaciones estudiantiles reaccionarias y oportunistas: FEG, FNET, Frente Nacional Revolucionario Juárez, Tecos, Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO) y algunos grupos de notables que supieron guardar prudente silencio y deformar la verdad histórica.

f).- Puso de manifiesto la inexistencia histórica de las agrupaciones estudiantiles internacionales que, como la Organización Continental Latinoamericana de Estudiantes (OCLAE), carecen de un criterio internacionalista independiente y revolucionario.

g). – Dio cuenta no sólo de la socialización del sexo, sino también de la socialización de la yerba en México y los Estados Unido. Y

h). – Ejerció el derecho y el deber científico de la crítica y la autocrítica.

Ciertamente, los escritores a quienes nos referimos no se ocuparon de hacer literatura de la literatura, o de escribir sobre lo que otros habían escrito, mucho menos de falsear la historia como lo han hecho con fruición algunos y algunas profesoras de la academia. Hay que aceptar, también, que entre los méritos de estos escritores destaca su rechazo a las dos tendencias dogmáticas más importantes que asolan el campo de las ciencias sociales, el economicismo mecanicista y la ideología abstracta de la razón pura, o sea las expresiones más comunes del doctrinarismo. Por tales obras pues, ellos nunca recibieron ni recibirán el Premio Nobel: David Alfaro Siqueiros, José Revueltas, Raúl Ramos Zavala, Ignacio Arturo Salas Obregón, Gustavo Hirales Morán, Carlos Montemayor, Joel Ortega Juárez, Guillermo Robles Garnica, Arturo Martínez Nateras, Raúl Álvarez Garín, Ramón Gil Olivo, Eduardo, Búho, Valle Espinosa, Enrique Condés Lara, Mario Rivera Ortiz, Carlota Guzmán de la Garza, Mario Rivera Guzmán, Salvador Rivera Guzmán, José Luis Alonso Vargas, José Natividad Rosales, Manuel Aguilar Mora, Gerardo Estada y muchísimos más.

2 La identidad política y social del Movimiento

La lucha por la democracia en México la inició Francisco I Madero en 1910 y posteriormente el régimen cardenista hizo algo más en tal sentido, pero ni en sus mejores momentos alcanzó los niveles que esa forma de Estado logró en algunos países europeos y en los Estados Unidos; después, incluso, hubo un retroceso sensible a partir del gobierno de Miguel Alemán Valdés y en los primeros sesenta fracasó el penúltimo intento por consumar la revolución democrática de liberación nacional (MLN). La burguesía y todos los sectores de la izquierda reformista mexicana, habrían demostrado a esas alturas, que eran incapaces de llevar hasta el fin la construcción de la república parlamentaria moderna y, en consecuencia, sin que nadie lo advirtiera, se instaló en el país una situación económico-política que sólo permitiría en adelante, las revoluciones proletarias.

Arturo Martínez Nateras define al 68 como el movimiento social y político más importante de la segunda mitad del siglo XX, en la marcha del pueblo por la democracia y el socialismo y, en el plano internacional, habla de una “orgía libertaria mundial”. Sale al paso de quienes, afirma, pretenden “marmolizar” o “mitificar” el 68.

Estamos de acuerdo con Martínez Nateras en que la caracterización científica de cualquier movimiento social y particularmente el 68, es un terreno extremadamente polémico y resbaladizo y que requiere más de una desmitificación de parte de los estudiosos de la historia. Y el punto es polémico, entre otras cosas, porque aunque el pliego petitorio del Movimiento no rebasa en sus seis puntos los límites de un programa estrictamente democrático, el proceso real, más allá de su forma exterior, era otro asunto; porque las acciones, los sentimientos, los instintos, las convicciones y hasta el ideario mismo de buen número de militantes y dirigentes correspondía con algo que superaba la república democrática. El origen y la historia del proceso pues, sucedían como si el Movimiento fuese algo más a tono con la época que se vivía: el Consejo Nacional de Huelga (CNH) se fundó con la idea de que fuese un instrumento legislativo y ejecutivo al mismo tiempo y no un organismo parlamentario; la efigie del Che Guevara, (símbolo de la revolución socialista en América) encabezaba las grandes marchas y concentraciones de agosto y septiembre de 1968; todas las instancia organizativas del movimiento eran plurales pero con un núcleo de comunistas al frente, etc., etc. Tal sospecha se refuerza si tenemos en cuenta el amplio y poderoso movimiento estudiantil socialista que se desplegó en México durante los años treinta.

¿Acaso no es cierto que la composición política de La Comuna de París era sumamente plural y que la mayoría de sus componentes eran socialistas únicamente por instinto revolucionario y proletario y no por el conocimiento del socialismo científico? No obstante, en el París revolucionario de 1871 como en México DF 68, a pesar de la pluralidad de la composición del movimiento, el atraso teórico de la mayoría de sus participantes y las luchas entre ellos, la orientación hacia la revolución social se mantuvo hasta el final. Entonces ¿qué era realmente el Movimiento del 68, sino un episodio primogénito de la lucha de clases en dirección a la República Social? No es casual que Martínez Nateras haya escogido para el título de su ensayo los vocablos “conspiración comunista”, que nombran el contenido real del Movimiento. Si yo pensara como un sicólogo diría que en ese título, Martínez Nateras fue traicionado por su rebelde subconsciente…

Por todo ello pensamos que cubrir la cabeza del Movimiento del 68, con el gorro frigio de la anarquía libertaria es suplantarlo con un fantasma desdentado que sólo pretendía reformas limitadas de la educación superior y el cumplimiento de la Constitución Política de la República.

Es cierto que formalmente únicamente proponía la regeneración de la república mexicana con una base de instituciones realmente democráticas; pero ni un gobierno tolerante, ni el respeto a los derechos del hombre, ni siquiera la “verdadera república”, constituían su meta final, aunque así lo dijeran algunos de sus dirigentes liberales. Intuitivamente sus aspiraciones iban más allá de la democracia burguesa, la cual no era sino una estación de paso. Esa era la “razón” del pánico nocturno que solía desvelar al presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien prematuramente temía la destrucción del Poder estatal moderno.

Ahora bien, es verdad, los estudiantes del 68 no tenían un programa revolucionario terminado, pues ellos estaban en condiciones únicamente de presentar un plan para la acción inmediata, más no un programa de principios socialistas para asegurar, en lo posible, el rumbo del movimiento revolucionario. Representaban simplemente el movimiento de una clase social que empezaba a tener conciencia de su misión histórica en condiciones todavía no maduras para la revolución. Por consiguiente el Movimiento real en sí, contradictoriamente, tal como era, no podía ser socialista en ningún sentido, ni luchaba por el poder político, ni se hallaba maduro para ejercerlo, otra cosa era, ya lo dijimos, el instinto proletario, el sentimiento colectivo y las nuevas formas organizativas ensayadas.

Entonces, ¿por qué hablamos del fantasma desdentado reformista con gorro frigio libertario? Porque la democracia si no es proletaria, significa una forma de Estado con una peculiar sociedad civil llamada “pueblo”, fundada en la división del trabajo y la lucha de clases.

Y aquí vale una aclaración: La izquierda marxista-leninista nunca ha “despreciado la democracia como un artificio burgués”, como acusa Enrique Krauze, (Ansiedades del PAN, Reforma 05.02.12.) sino por el contrario, la aprecia y la necesita como la condición indispensable para luchar por el socialismo. Lo que ocurre es que para Krauze y otros demócratas vulgares, la república burguesa es el reino milenario sin origen ni progreso, o mejor, el mismo fin de la historia, mientras que para los comunistas es algo histórico con principio y fin, útil para conquistar el poder y la construcción del socialismo.

En 68, Conspiración comunista encontramos una narración detallada de los eventos de que consta el Movimiento estudiantil y sobre todo de su punto crítico más dramático, en agosto-septiembre del 68 y de la lucha intestina entre comunistas, dentro y fuera de Lecumberri. Mucho se ha escrito al respecto, pero nosotros ahora sólo señalamos que ninguno de dichos eventos fue un fenómeno nuevo, ya en los años de 1952-53, por ejemplo, Carlos Sánchez Cárdenas + Valentín Campa Salazar Vs Mario Rivera Ortiz + Manuel Díaz Arzave, escenificaron en las crujías de Lecumberri confrontaciones semejantes.

Martínez Nateras indica que después del dos de octubre privó la confusión y cierto desaliento dentro del Movimiento. El golpe que había recibido con el genocidio de la Plaza de las Tres Culturas no era para menos. Dentro del grupo de jóvenes comunistas que mantenía la hegemonía en la dirección del Movimiento estudiantil y en su organización de masas, la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), aparecieron diferencias. Es posible que la matanza del dos de octubre haya determinado su abrupta fisuración en dos alas contrapuestas. De un lado los “intransigentes” que opinaban que la huelga debía mantenerse y del otro, los que planteaban el regreso a clases y el arreglo “airoso” con el gobierno, los que estuvieron por el autoexilio y los que votaron en contra, los que se fueron a la huelga de hambre de los presos políticos y los que la rechazaron, etc., etc. En estos grupos se habían polarizado la mayoría de los compañeros encarcelados. La lucha que se desató en dentro del movimiento estudiantil aceleró su debilitamiento y propició la ruptura de la alianza con algunos sectores de la intelectualidad progresista y la burocracia liberal universitaria.

Cuenta Martínez Nateras que, desde el mes de agosto del 68, cuando el Movimiento logra desplegar su poder máximo y no fue aprovechado para lograr un acuerdo favorable con el Estado, se abrieron de par en par las puertas de la derrota y el genocidio. Pero este error táctico hay que endosarlo por igual a los “duros” y a los “moderados” del CNH, porque ambas alas fueron incapaces de desplegar un debate amplio en los comités de lucha para derrotar las posiciones erróneas. En este momento crítico hubo errores de parte de todos, pero así precisamente es la lucha social, no es de otra manera. Está claro, por otra parte, que en ese mismo momento la estrategia del gobierno contra el Movimiento no incluía el uso de los “charros” y los “charrazos”, porque a esa hora ya habían sido desenmascarados los que aspiraban a desempeñar esa función, sino estimular las pugnas entre “intransigentes” y “moderados”. Por otra parte, la coyuntura crítica de agosto-septiembre, dada la envergadura del movimiento, reclamaba a gritos, un pronunciamiento claro y enérgico sobre las cuestiones tácticas en litigio de parte del Comité Central del Partido Comunista, pero la Dirección suprema de esa organización no lo hizo, escondió la cabeza de manera oportunista y por consiguiente pesa sobre ella la responsabilidad principal de la derrota.

En relación con la fase terminal de Movimiento del 68 y el “deslinde” de los comunistas mexicanos con el movimiento guerrillero, recomendamos a los investigadores revisar los Materiales de Discusión del IV Congreso de la Juventud Comunista Mexicana, 1973; las Resoluciones del XVI Congreso Nacional del PCM, 1974 y el Informe del Seccional Universitario a la VII Conferencia del PCM en la UNAM, 1978.

Como conclusión de este apartado hay que decir que el estudiantado del 68 no conquistó el poder político pero sí, en cambio, dio un gran paso adelante en su maduración como clase social en sí y para sí y por supuesto alcanzó modestas metas útiles para el pueblo, que era lo único que en ese momento podía lograrse.

La ”generación” estudiantil en la historia del Movimiento.

Arturo Martínez Nateras recupera en su trabajo algunos de los movimientos estudiantiles más relevantes de las cinco últimas décadas del siglo XX: las luchas de los nicolaítas de Morelia Mich., 1949; el contraataque a la agresión fascista de la Columna Independiente en mayo de 1952, México DF; la ocupación militar del Internado del IPN, 1956; la agresión militar contra los universitario de Morelia, 1963; la brutal carga policíaca del 26 de Julio de 1968 en el Zócalo de la Ciudad de México, y todos los eventos represivos que culminaron en la Plaza de las Tres Culturas el dos de Octubre.

Y en el curso de la narración de dichos acontecimientos Martínez Nateras expone algunas de las tesis sociológicas que se pusieron en boga en los años sesenta para interpretarlos. Habría que hacer otro libro para desplegarlas y discutirlas, pues su significado teórico exige algo más que una nota como la presente, sin embargo vamos a adelantar algunas opiniones sobre lo que parece más polémico, verbigracia: la idea de las generaciones estudiantiles “atípicas”, “especiales” o “sobre salientes” y en consecuencia, también la que sobrevalora el papel de las personalidades en los sucesos históricos.

Para nosotros los grandes y pequeños cambios son fruto de la acción de las clases sociales en su conjunto desde sus más remotos orígenes, en primer lugar porque el grupo de individuos que forman una generación estudiantil que entra a la universidad, no viene de la nada ni su historia comienza en cero, necesariamente recibe un legado de experiencia de vida de las generaciones preexistentes; dicho en otras palabras: la nueva generación necesariamente entra en posesión de una obra social ya realizada que le sirve de base para desplegar su práctica y crear lo nuevo y con ello establecer una conexión histórica con el pasado y el porvenir, parte actual de un hilo que continúa. Así lo estableció C. Marx al hablar del carácter histórico de la estructura y las superestructuras.

La tesis de la generación “atípica”, dígase o no, esconde una ficción ideológica de la razón pura y el oculto propósito de privatizar la historia, tal y como lo han venido haciendo los académicos burgueses de aquí y de acullá. Ello se debe probablemente a que no se comprende, por un lado, cuál es el carácter total de nuestra época y por el otro su fisonomía peculiar; mucho menos se acepta que cualquiera que sea el movimiento social siempre es el producto de la actividad recíproca de los hombres y que la organización de las clases sociales y el desarrollo de sus luchas corresponden siempre a un estado particular del desarrollo de las fuerzas productivas, de su comercio y de su consumo, etc.

Explicar la historia del Movimiento del 68 desde el ángulo de las “generaciones especiales” y de la lucha dentro de ellas, o bien a partir de sus “genios”, es caer en el ámbito de las ficciones, porque una generación aislada de estudiantes no existe en ninguna parte y si existiese sería como una inmóvil estatua de sal. Las leyes de la dialéctica establecen que las clases sociales, entre ellas la estudiantil, con sus luchas, son el alma de todo movimiento y, por lo tanto las únicas capaces de imponer cambios históricos en las relaciones sociales existentes.

Es por ello que resulta teóricamente peligroso hablar de una generación “sobresaliente” del 34, del 50 o del 68 como artífice exclusivo de un determinado cambio social, porque si así lo hiciéramos estaríamos actuando, queriéndolo o no, en el terreno del movimiento de las sectas en vez de hacerlo en el movimiento de las clases.

Finalmente, cuando hacemos alguna consideración sobre historia del movimiento estudiantil mexicano y de la influencia del pasado sobre el presente, no deben olvidarse los rojos antecedentes de los años treinta, sobre todo la huella que dejaron el Primer Congreso Nacional de Estudiantes Socialistas, celebrado en Ciudad Obregón, Tabasco en 1934, el Segundo Congreso Nacional de Estudiantes Socialistas realizado en Guadalajara Jalisco en 1936; el Primer Congreso de Estudiantes Socialistas de América, en Guadalajara, 1936 y, por supuesto, el papel desempeñado por organizaciones como el FESO, las Juventud Socialista Unificada de México, la Confederación de Estudiantes Socialistas de México, el Partido Revolucionario Estudiantil Cardenista y los equipos de trabajo que encabezaron Natalio Vázquez Pallares, Carlos A. Madrazo, Lauro Ortega y José Parrés Arias.

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