AL RESCATE DE LA REPÚBLICA DE COLOMBIA PARA LA HISTORIOGRAFÍA VENEZOLANA

12 12 2011
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El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, ofrece la más cálida bienvenida a
su par colombiano Juan Manuel Santos, cuando llega a Caracas para
cumplir una reunión bilateral. Fotos: Prensa Presidencial

 

 

56º Mensaje histórico.

(Discurso de posesión como Académico correspondiente
extranjero de la Academia Colombiana de Historia)
Germán Carrera Damas
Escuela de Historia
Facultad de Humanidades y Educación
Universidad Central de Venezuela

Ciudadanos Director y demás directivos de la Academia Colombiana de Historia.
Ilustres académicos.
Estimados amigos y colegas.
Señoras y señores

Comparezco ante esta honorable corporación dispuesto a esforzarme por honrar la alta distinción que me otorga. No entraré a indagar los soberanos motivos de tal decisión. Sólo trataré de exponer, sumariamente, algunas razones que me inducen a recibirla, con ánimo sereno y propósitos responsables.
Dije una vez, en el Aula Magna de mi Casa universitaria, la Universidad Central de Venezuela, que los pueblos acuden a su historia para rendirse cuenta de sí mismos. Lo que no dije entonces, y proclamo ahora, es que propiciar esa comparecencia de los pueblos ante sí mismos, es tarea profesional y compromiso intelectual del historiador. Ambos mandatos conforman su deber social.
Debí puntualizar, también, que el historiador no logra cumplir con tal deber por el sólo hecho de ejercer su oficio. Tampoco por asumir compromiso intelectual con su obra. Al igual que les ocurre a los sanadores de cuerpos y de almas, si en su ejercicio el historiador parte de un diagnóstico errado; de un diagnóstico deformado por prejuicios supuestamente teóricos o doctrinarios; o de un diagnóstico subordinado a mezquinos intereses; puede causar más daño que bien al paciente, ya sea enfermo de cuerpo o de alma; ya sea ciudadano atribulado.
¿Cabría pensar en sugerir un Juramento de Herodoto, concebido a la manera del hipocrático? El historiador que no observase tal juramento podría, -y casi me atrevo a decir que suele hacerlo-, deformar la imagen que el pueblo, al comparecer ante su historia, pueda ofrecerse de sí mismo. Con ello facilitaría el historiador la desorientación del pueblo por obra de las malas artes de la política, despótica o demagógica; y podría llegar hasta inducir a ese pueblo a que contribuya al minado de sus valores sociohistóricos fundamentales. Estimo que esta puede ser considerada una verdad comprobada.
Por haber alcanzado a estar, en algún grado, consciente de estas circunstancias y posibilidades, he predicado y predico sobre la responsabilidad social del historiador. Entiendo esta responsabilidad como el deber de velar por la orientación, informada y crítica, de la conciencia histórica del ciudadano. En mi caso, en tanto venezolano, actúo como deudor responsable de una sociedad que se halla ocupada en consolidarse democráticamente; y que lo hace en función de una cadena de determinaciones. Esa cadena está conformada por la conciencia histórica, -como base de la conciencia nacional-; de la conciencia nacional, -como base de la conciencia social-; de la conciencia social, -como base de la conciencia política-; y de la conciencia política, y de la conjugación de todas estas modalidades de la conciencia, -como base de la conciencia ciudadana-, que es el fundamento eficaz de la República liberal democrática, instaurada en Venezuela en el lapso 1945-1948.
No hay, ni puede haberla, en el ser y el hacer de la sociedad venezolana contemporánea, una cadena causal de más alta capacidad de condicionamiento, y hasta de determinación, del curso histórico de esa sociedad. En una república liberal democrática no hay otra cadena causal de conducta ciudadana que se compare, en su legitimidad y eficiencia, con la cadena causal que acabo de esquematizar; como conjunto y aun tomada en cada uno de sus eslabones. Tampoco otra cadena causal que reúna mayor complejidad y encierre más rica carga de significados. Esta es la razón del empeño puesto por todos los regímenes opresores de pueblos, como el que actualmente agrede a la sociedad venezolana, en falsear la conciencia histórica de quienes padecen su dominación. Procuran convertir a los ciudadanos en insectos gregarios, regidos sólo por el elemental instinto de la supervivencia.
El comprenderlo así, y el practicarlo consecuentemente, hacen del historiador observante de su deber social un intelectual: un genuino intelectual, que por serlo abriga y practica el respeto de las ideas; dada la potente carga, que a éstas les reconoce, tanto en bien como en mal, para su efecto en la sociedad.
Debo añadir algo: aunque el historiador, consciente de la importancia del cumplimiento de su deber social, esté identificado con los valores, los procedimientos y las técnicas de su oficio, esa identificación adquiere rango de absoluta cuando se tiene la certidumbre de que el objeto del trabajo de tal historiador es, en primer lugar, su propio pueblo. En este caso, debe estar particularmente consciente el historiador de que el no esforzarse por cumplir el mandato de objetividad crítica sería engañar a su propio pueblo. Debe estar consciente, el historiador, igualmente, de que al proponer nuevo conocimiento, improvisado o tergiversado, dado que podría ser incorporado al saber histórico común, correría el más alto riesgo que puede enfrentar un intelectual: el de inducir a su pueblo a vivir en el autoengaño.
¡Condenado sea el historiador que se comporte como esos falsos intelectuales que juegan con las ideas! Los mismos que, luego de inducirlos a erráticos comportamientos sociales, acusan a los pueblos de no haber sido consecuentes con tales incitaciones. Que llegan a tildar a esos pueblos de incapaces para vivir la Libertad y practicar la Democracia porque no volvieron realidad sus peregrinas ideas. Contribuir a que un pueblo, desorientado, labre su infortunio, es el más grave crimen que pueda cometer un intelectual. Y tal es el crimen que cometen quienes se suman al tramposo mensaje salvacionista, de orden y eficiencia, del militarismo.
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Gracias a mi obra, y mediante la enseñanza que he impartido durante décadas, he procurado dejar claramente demostrado que mi paciente privilegiado es el pueblo venezolano. Mas, he dado pruebas de haber procurado ubicar mi visión de los hechos mayores de ese pueblo en contextos latinoamericanos y mundiales; al igual que he enfocado esa visión acorde con una perspectiva histórica de largo plazo. Hoy puedo decir que las circunstancias de mi desempeño profesional me han permitido comprobar, en mi estudio de la historia de Venezuela, lo acertado del precepto formulado por Alexis de Tocqueville, en el cierre del capítulo IV del libro primero de su obra El antiguo régimen y la revolución: ….”me atrevo a decir que quien sólo haya estudiado y visto Francia, jamás comprenderá algo de la revolución francesa.”1 Por lo demás, el sólo título de esa obra avala la necesidad de la visión de largo plazo.
Por consiguiente, no puedo limitar mi diagnóstico a una etapa de la existencia histórica del pueblo al que pertenezco. Tampoco puedo preferir una faz del ser histórico de ese pueblo. Empeñado en cumplir mi deber social, no debo enfocar mi visión sólo en lo que enaltezca a ese pueblo; tampoco sólo en lo que lo rebaje. Mi visión debe abarcar la integralidad del pueblo venezolano, de su hacerse y de su deshacerse; tanto por sus demostraciones de rebeldía ante el despotismo, como por sus estancias de sumisión a déspotas felices y crueles.
Así he dispuesto proceder, en atención a los dictados de mi conciencia profesional, en mi labor de historiador. Por eso mi primera obra sistemática la intitulé El culto a Bolívar. Indagación que fue pensada cómo un llamado a la reflexión sobre el efecto distorsionador que ejerce esa perversión del heroísmo en la conciencia histórica del venezolano, al ser utilizado el culto como agente desorientador de la conciencia histórica; y por lo mismo como factor perturbador de la cadena causal conducente a la genuina ciudadanía, a la que me he referido casi al iniciar estas palabras.
Puedo afirmar, a esta altura de mi vida y de mi ejercicio del oficio de historiador, que he intentado contribuir a que la conciencia histórica del venezolano termine de superar estadios primarios que, si bien pudieron justificarse en momentos cuando se procuraba, sobre todo, legitimar históricamente, primero la Independencia y luego el Proyecto nacional republicano, hoy la extrapolación de esos estadios atenta contra el sentido de la larga marcha de la sociedad venezolana hacia la Democracia.
Estimo comprobado que el principal obstáculo con que ha tropezado, en esa marcha, la sociedad venezolana, resulta de la fosilización, perversa e interesada, de aspectos clave de su conciencia histórica primaria, como sucede, justamente, con la confusión entre Independencia y Libertad; situación que se ha agravado durante la última década. Abiertamente manipulada, tal perversión del principio fundamental de la lucha contra el despotismo, enarbolado por el Congreso de la República de Colombia, al declarar soberanamente, el 23 de junio de 1823, ante …..”las demás naciones civilizadas del mundo”…., a la ….”Nación colombiana, libre por sus leyes, é independiente por medio de sus armas”…., ha dado al despotismo la oportunidad de encubrir, con la retórica defensa de una Independencia supuestamente amenazada, el estrangulamiento de la Libertad. Y no poco de esto ha habido en la valoración historiográfica de la que ahora paso a ocuparme.
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Preocupado tempranamente por esta situación, ya va para medio siglo que escribí y publiqué mi obra titulada El culto a Bolívar, a la que acabo de hacer referencia. Mi constante reflexión sobre el estado de la conciencia histórica del venezolano, me hizo ver que era necesario alertar sobre los peligros que ese fenómeno psicosocial podría encerrar para una sociedad que reanudaba, a partir de 1958-1959, la marcha hacia su conformación como una genuina sociedad democrática.
Desde hace algún tiempo he comprendido que la conciencia histórica, como cuestión, es más compleja, -y su significado de potencial mayor alcance-, de lo que había entrevisto durante buena parte de mi ejercicio del oficio de historiador. A esta convicción responden varios de mis recientes trabajos. Uno de los resultados de ese empeño ha sido ganar la convicción de que es necesario, y oportuno, fijar la atención en una suerte de nudo formado en la evolución de la visión historiográfica de la Venezuela republicana. Me persuadí de que ese nudo consiste en la forma como la conciencia histórica del venezolano lidia con la realización máxima de nuestra primaria etapa republicana. Y tal es la República de Colombia, creada en 1819 por los venezolanos que anduvieron con Simón Bolívar; y rota, en primer lugar, por los venezolanos que se acogieron, hasta 1821, al Poder colonial restablecido por José Tomás Boves en 1814, y consolidado por Pablo Morillo a partir de 1815.
Prueba de que mi inquietud historiográfica no es reciente, se halla en la obra ya mencionada, cuya primera edición impresa data de 1969-1970. Me permito transcribir dos pasajes. En el primer pasaje quise llamar la atención sobre la invocación de la pureza de los principios para encubrir la torcedura del acontecer histórico:
….”llama la atención del historiador el que todo el manejo político e ideológico que condujo a la disolución de la República de Colombia, se operase bajo la égida de una reivindicación intransigente de los principios invocados por la acción revolucionaria desde sus comienzos, hasta el punto de que el Páez que personificó la ruptura, aparecía en sus actos oficiales como una parodia –a veces ridícula- de aquel fundador de cuya sombra no pudo librarse jamás, y la lucha contra los postulados culminantes de la política de Bolívar se libró al amparo de las que se consideraban las metas de la revolución, las cuales, en substancia, no diferían mucho de las que alentaba el propio Bolívar, hasta 1828.”2
En el segundo pasaje ejemplifiqué lo antes dicho en su aplicación al momento de nuestra historia republicana de más alta significación:
”La reacción anticolombiana iba dirigida fundamentalmente contra la estructura liberal que se fraguaba en los congresos de Colombia, impregnados a veces de un tinte anticlerical y reformador muy apropiado para alarmar, sobre todo, a la reconstituida oligarquía venezolana, formada por el sector menos evolucionado de una burguesía terrateniente y comercial justificadamente asustadiza ante las innovaciones, vigorizada ahora por el regreso de los emigrados, aún más asustadizos, y abocada a los difíciles problemas creados por una guerra que alcanzó en Venezuela el nivel de serio trastorno de la edificación social, a diferencia, y grande, de lo sucedido en la Nueva Granada. De allí que no parezca demasiado peregrino considerar la separación de Venezuela de la República de Colombia como una empresa política esencialmente reaccionaria, en el sentido histórico de este término. El desconocimiento de la autoridad de Bolívar sería más una muestra de recelo ante el auge liberal radical auspiciado por la guerra, y un fruto directo de la convicción de que el propio Bolívar no podía contenerlo, que una muestra de inconformidad con los principios políticos que aquél sustentaba.”3
Estos pasajes de mi obra, conocida en copia multigrafiada por mi admirado y querido amigo David Bushnell, -a quien rindo sentido homenaje en esta para mí solemne ocasión-, suscitaron de su parta observaciones y reparos que reproduje en la obra ya editada, acompañadas de un breve comentario mío que cerré con esta suerte de advertencia: “No obstante, el pasaje en cuestión no ha sufrido cambio y se inserta tal cual en la presente edición [impresa en 1969]. No habiendo podido hacer el estudio cuidadoso que requeriría un cambio de concepción sobre el asunto, cumplo con advertir al lector y proporcionarle algunos elementos de juicio.” (Nota 4 al Cap. I).4
Pero el reconocer que no había hecho un estudio cuidadoso de la cuestión debatida con David, no era del todo cierto. Mucho recorrí lo tratado sobre el tema por la historiografía venezolana, al componer mi obra Historia de la Historiografía venezolana (Textos para su estudio), editada en 1961.5 Esta obra fue concebida como base para el establecimiento, simultáneo, de la Cátedra de Historia de la Historiografía Venezolana, y del correspondiente Seminario de investigación. El índice de materias de la primera edición permite tener una idea bastante informada de las orientaciones primordiales del tratamiento de la cuestión colombiana por la historiografía venezolana. Merecen especial atención la Introducción a la Historia de Colombia y el Plan de la Historia de Colombia por el Doctor Cristóbal Mendoza, fechados en Caracas en el año de 1824; nonata obra que habría precedido la notable de José Manuel Restrepo. Es difícil concebir una mejor comprobación del interés historiográfico suscitado por la República de Colombia. Acentuado ese interés al emprender Cristóbal Mendoza, junto con Francisco Javier Yanes, la composición de la monumental Colección de documentos relativos a la vida pública del Libertador de Colombia y del Perú, Simón Bolívar, para servir a la historia de la Independencia de América, obra en 22 volúmenes, publicada entre 1826 y 1833. Además del título de la obra, llama la atención que en el Prefacio, al exaltar la figura histórica de Simón Bolívar, señala Cristóbal Mendoza que ….”él ha logrado no solamente crear las Repúblicas de Colombia y del alto y bajo Perú”….
¿La interrupción de esta orientación historiográfica inicial fue tributo pagado a la consolidación de la surgente República liberal autocrática venezolana? Parece que sería oportuno el tal estudio cuidadoso, para apreciar las consecuencias de la valoración de la República de Colombia, de la que me ocuparé más adelante.
De allí que, por largo tiempo, considerase necesario alcanzar cierto nivel de comprensión de lo que fue ese hecho, singular en la Historia, y no sólo en la de América. En suma, quise comenzar a indagar lo que fueron la República de Colombia, fundada en Angostura, el 17 de diciembre de 1819; y la constituida en la Villa del Rosario de Cúcuta, el 6 de octubre de 1821. De lo alcanzado hasta ahora me permitiré ofrecer, brevemente, algunos de los aspectos tratados en mi obra intitulada Colombia, 1821-1827: Aprender a edificar una república moderna liberal. Le añadí un subtítulo que asoma los criterios básicos que rigen lo tratado: Demolición selectiva de la Monarquía, instauración de la República y reanudación política de la disputa de la Independencia. La obra fue coeditada por el Fondo Editorial de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela y la Academia Nacional de la Historia, en el año 2010.6
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Sobre el propósito de esa obra diré, -lo reitero-, que al concebirla y elaborarla quise contribuir al conocimiento, por los venezolanos, de cuestiones que considero de necesaria reelaboración histórico-crítica, para la más depurada comprensión e interpretación no sólo de la disputa de la Independencia; sino igualmente de la evolución global de nuestra sociedad hasta el presente. Advierto que, así dicho, esto suena a simple jactancia, puesto que el justificar tal aserto requeriría entrar en extensos desarrollos temáticos que nos alejarían de la finalidad de este acto académico. Pero me arriesgaré a ofrecer algunos indicios.

Preocupado por la manera como la historiografía venezolana, en general, presenta la República de Colombia, consideré necesario, y oportuno, -subrayo esto último-, llamar a conocer mejor lo que fue esa República, atendiendo sobre todo a las circunstancias y los propósitos de su creación; dejando de lado el lirismo, la controversia seudo patriótica y las interpretaciones históricas viciadas de modernismo. Aludo con esto último a las apreciaciones de esa República componentes de una gama que abarca desde considerarla un fracaso geopolítico, hasta lamentar la falta del que, modernamente, consideran algunos que habría podido ser un instrumento para enfrentar con éxito los designios imperialistas petroleros, durante la primera mitad del siglo XX. Cabe subrayar el hecho de que para estos discursos historiográficos se ha puesto la atención sobre todo en lo poco menos que anecdótico y en los ocultos designios, dando preferencia a las rivalidades entre personalidades y a las supuestas ambiciones de predominio político, llevadas hasta el abierto restablecimiento de la Monarquía, en vez de la que fue, de hecho, práctica monarcoide absolutista del Poder, enmarcada en la República liberal autocrática, sucesora de la de Colombia.

Mas no todo en la actitud de la generalidad de los historiadores venezolanos ante la República de Colombia es materia de disquisiciones historiográficas. Esos historiadores, y en particular los militares y sus adictos civiles, se han aprovechado del vacío histórico así fabricado para omitir que la Campaña que culminó en la Batalla de Carabobo, el 24 de junio de 1821, fue realizada exitosamente por el ejército de la República de Colombia, bajo el mando del general colombiano, nacido venezolano, Simón Bolívar. Así fue proclamado en el Decreto legislativo de la República de Colombia, “Sobre gracias y honores a los vencedores en la Batalla de Carabobo”, de fecha 20 de julio de 1821; uno de cuyos considerandos reza: ….“Que la por siempre memorable jornada de Carabobo, restituyendo al seno de la patria, una de sus más preciosas porciones ha consolidado igualmente la existencia de esta nueva República”…. Este conveniente vacío ha permitido sembrar la tesis de que la Independencia de Venezuela fue obra exclusiva de los militares venezolanos, para el caso intemporalizados, acarreando consecuencias que no parece que sea necesario enunciarlas. No creo que la gloria de quienes lucharon por la Independencia de Venezuela, pierda lustre por el reconocimiento de que habiendo sido ellos los principales promotores de la República de Colombia, combatieron en Carabobo en su nueva condición de ciudadanos de la gran República que contribuyeron a crear.
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Contrastando con estos enfoques, abrazo otros que integran una perspectiva interpretativa de largo plazo, y por lo mismo no subordinada a la tentadora visión de corto plazo, tan propicia a lo circunstancial, si es que no a lo meramente incidental. ¿Por qué creo justificado este cambio de perspectiva? Daré una respuesta directa: la concepción e instauración de la República de Colombia constituye el hecho mayor de nuestra historia republicana, la de los hoy sólo venezolanos y la de los hoy sólo colombianos. Al afirmarlo, pretendo hacer valer los argumentos que siguen.

En primer lugar, la creación y constitución de República de Colombia marcó la culminación del propósito estratégico, militar y político, -y el medio necesario para su realización y consolidación-, de la Independencia del conjunto de las colonias continentales hispanoamericanas. De la gestación de ese propósito también dan testimonio algunos de los primeros textos independentistas venezolanos.7 En el “Extracto de una noticia de la revolución que sirve de introducción a la historia de los padecimientos del Doctor Roscio [Juan Germán] escrita por él mismo”, probablemente fechada en el 31 de diciembre de 1812, se lee, en una nota, sin fecha, relativa a Francisco de Miranda: ….”Las hazañas de este ilustre caraqueño estarán sin duda recordadas en todos los registros que formarán la historia de Colombia”…. En el “Proyecto de un gobierno provisorio para Venezuela”, formulado por Francisco Javier Ustáriz, publicado en 1813, se lee: ….”en medio mismo de las operaciones militares que preferentemente absorben la atención actual, debe prevalecer sobre cualquiera otra atención puramente política, la de procurar esta unión tan deseada y necesaria de Venezuela con la Nueva Granada”….”y estos manifiestos designios necesariamente envuelven el de la unidad de Nación; objeto preparado mucho tiempo ha en la opinión común, consentida por diferentes individuos de una y otra parte, y sólo capaz de tranquilizar completamente nuestros cuidados a la faz de los peligros presentes y futuros, que amenazan nuestra existencia política.” Miguel José Sanz, en “Opinión dirigida al ciudadano Antonio Muñoz Tébar, Secretario de Estado y relaciones exteriores”, publicada el 28 de octubre de 1813, ve al gobierno provisional que se instauraba: ….”limpiando la tierra de enemigos y asegurando nuestro sistema por medio de la unión con la Nueva Granada, como propone el ciudadano Ustáriz”…. En sus “Bases para un gobierno provisional de Venezuela”, de igual fecha, se autoriza a Simón Bolívar, en calidad de dictador comisorio, para negociar ….”con el Congreso de la Nueva Granada para la unión proyectada.” Francisco Javier Yanes, en su “Prospecto de ‘El Observador caraqueño” fechado en el 9 de diciembre de 1823, culmina la lista de los objetivos del periódico comprometiéndolo a: ….”ser el defensor de la independencia colombiana.” Pero añade ¿reticente? que …..”no entrará en cuestión [en polémica] con ningún periódico de Colombia, sino cuando se dilucide literariamente cualesquiera materia de interés común.”

La República de Colombia representó, como diseño y realización constitucional, la instauración primera y primaria, eficaz y perdurable, de la República moderna liberal, en cuya definitiva instauración estamos aún comprometidos los pueblos cuyos antepasados se unieron en esa República. Los conatos de orden constitucional que le habían precedido respondieron sobre todo a la preocupación de erradicar el despotismo aboliendo radicalmente la Monarquía.

Por consiguiente, la República de Colombia fue, como logro constitucional y legal, la formulación sistemática de los fundamentos del régimen sociopolítico republicano liberal moderno, aun esencialmente vigente, como realización controvertida y como aspiración tenazmente abrigada y procurada, en los pueblos que la formaron.

En segundo lugar, quise acercarme al conocimiento de la realidad de la República de Colombia, mediante el estudio analítico estructural de su expresión legislativa, en tanto Estado, en tanto Gobierno y en tanto Administración pública. Me temo que las historiografías venezolanas, patria y nacional, han juzgado la República de Colombia sin haber establecido debidamente esos aspectos; y siguiendo criterios de contemporáneos inmersos en la reanudación política de la disputa de la Independencia; además de abrumar lo creado de cargos patrióticos de un sospechoso bolivarianismo. Al mismo tiempo que se pretende convertir el pensamiento de Simón Bolívar en una suerte de remedo de ley islámica, se ignora la concreción de ese pensamiento en la instancia política y social que para Simón Bolívar fue primordial, pues la prohijó, la promovió y en aras de su preservación comprometió su prestigio de Libertador.

Estoy consciente de que no cabe confundir la obra legislativa con la realidad social y política; pero creo que, al menos en el caso específico de la República de Colombia, sería igualmente desorientador desestimar lo que su obra legislativa representó, no sólo como instrumentación de la fase definitiva de la lucha por la Independencia, sino también como primer, primordial y perdurable intento eficaz de diseñar, estructurar y montar la experiencia liberal republicana moderna, en las sociedades que la integraron y aun fuera de sus fronteras. También resolví estudiar los resultados de la labor legislativa, y su evaluación por los propios legisladores, como representativos de la decisión mayoritaria, destinada a que fuese convertida en práctica sociopolítica por los poderes constitucionales competentes.

En tercer lugar, he llegado a proponer que la República de Colombia sea comprendida y valorada en función de tres criterios fundamentales, que considero arreglados al enfoque de largo plazo, único que cabe emplear para detectar la significación de un hecho histórico que he calificado de mayor, atendiendo a las razones ya aducidas. Paso a enunciar, brevemente, esos criterios.

La República de Colombia debería ser estudiada como el primer intento sistemático de orientar e instrumentar la superación del pasado monárquico, socialmente vivo, y temido en sus reacciones, consideradas ineludibles. Éstas eran más temibles aún vistas en función de las posibilidades de restablecimiento del nexo colonial, mediante la acción conjugada de los rebrotes monárquicos coloniales, posibles en toda la extensión de la República; de los justamente temidos llaneros venezolanos; del entonces muy poderoso y persistente Virreinato del Perú; y de las monarquías confabuladas en la Santa Alianza. Obviamente, para estos propósitos es imprescindible ponderar esos factores amenazantes cual eran percibidos y evaluados al ras de los tiempos. Cabe recordar, en este sentido, los temores expresados por El Libertador Presidente, al justificar la riesgosa invasión del Virreinato del Perú, presentada por la historiografía venezolana como la altruista Campaña del Sur, y algo subvalorada ¿por no considerarla parte de la Historia de Venezuela, propiamente dicha?.

La República de Colombia debería ser estudiada como el más sostenido, sistemático y perdurable esfuerzo por concebir una modalidad de organización sociopolítica republicana, moderna y liberal; pero capaz de articularse funcionalmente con la tenaz supervivencia del pasado monárquico colonial. Para este fin fue concebida y puesta en práctica la estrategia que denomino abolición selectiva de la Monarquía; eficacísimo y creativo arbitrio que sembró desconcierto en la poderosa mentalidad de Simón Rodríguez; pero sobre todo en la de los herederos teóricos de la República venezolana de 1811, entre quienes sobresalió el prócer Francisco Javier Yanes, ya citado, con sus Apuntamientos sobre la legislación de Colombia,8 fechados en 1823, recientemente publicados, por primera vez, por la Academia Nacional de la Historia, a la que me honro en pertenecer. Esta obra, que no conocía al elaborar la mía, recoge la justificación de la participación de su autor en las actuaciones que sentaron las reservas de la Corte Superior de Justicia del Distrito Judicial del Norte (Venezuela), de la que Yanes fue juez y Presidente, -en sesión de tres de enero del año 1823-, respecto de la legitimidad de los contenidos básicos de la Constitución de la República de Colombia. Aunque es materia pendiente de un detenido estudio crítico, parece posible suponer que esta obra, dado que los autores del estudio introductorio afirman que circuló en manuscrito, pudo haber influido, como lo observó José Gil Fortoul, directamente y mediante la obra de Rafael María Baralt, en la visión de la República de Colombia por las historiografías patria y nacional venezolanas. En efecto, José Gil Fortoul asienta, en su Historia Constitucional de Venezuela: ….”Y Baralt dice en sus notas que Yanes le suministró ‘muchas apuntaciones escritas’.”9 Es notoria la influencia de Baralt en ambas historiografías. En los argumentos de los dos hoy denominados objetores mencionados, Rodríguez y Yanes, creo posible percibir la subordinación de su pensamiento a la drástica lógica revolucionaria de la época, intransigentemente principista y, por lo mismo, marcadamente impolítica.

La República de Colombia debería ser estudiada como un acabado intento de concepción y puesta en práctica de un andamiaje jurídico-conceptual que se correspondiese con la aspiración, proclamada, de un reordenamiento sociopolítico republicano, mediante la substitución progresiva de la conciencia monárquica, socialmente predominante, por la conciencia republicana, socialmente casi desconocida. La puesta en práctica de esta delicada operación ideológico-política trajo como consecuencia la reactivación de la disputa de la Independencia, agudizada en Venezuela desde el momento en que la inicial proclamación de la República significó la abolición de la Monarquía. En esta disputa había reinado tregua desde los sucesos de Angostura, en 1817-1819, que cimentaron la hegemonía política y militar de Simón Bolívar. Planteada ahora la confrontación entre la república deseada de manera principista y la instrumentada de manera pragmática, la que perduraba como disputa conceptual retomó el carácter de disidencia política que llevó a Simón Bolívar a asumir la dictadura comisoria, de cuestionable legalidad, cediendo al temor de que se viese comprometida una Independencia todavía por consolidar.

Bajo esta luz, y dada la calidad intelectual de los dos objetores que acabo de mencionar, creo justificado formular una apreciación, si bien sumaria, de sus muy elaborados reparos y objeciones; por cuanto el sentido de éstos, por generalizado, parece estar en la base de las elaboraciones propiamente historiográficas. La posición principista de Francisco Javier Yanes, en la obra mencionada, es semejante a la asumida por Simón Rodríguez en sus dos grandes obras, Sociedades americanas en 1828 y Luces y virtudes sociales; si bien se advierte cierto ajuste de enfoque en la obra de circunstancia del último mencionado, titulada El Libertador del mediodía de América y sus compañeros de arma defendidos por un amigo de la causa social. Por haberse hallado ambos autores dominados por su aspiración a que la República naciese perfecta, subestimaron el arraigo del monarquismo en las sociedades ahora colombianas, al creer que para erradicarlo bastaba con la clara y firme voluntad política republicana; al igual que subestimaron la necesidad primordial de restablecer la estructura de poder interna de la sociedad, para poder proceder a la viable fundación de la Republica. Cabe apuntar, también, que la bien conocida crítica de Simón Rodríguez estuvo regida por la valoración de los hechos colombianos en función de criterios doctrinarios y de su experiencia revolucionaria francesa. En la crítica de Francisco Javier Yanes, se trasluce su condición de miembro de la comisión que redactó la Constitución venezolana de 1811; reiteradamente tomada como punto de referencia para sus reparos y objeciones a la Constitución de la República de Colombia; sin que desdeñase la validación del criterio de autoridad, como justificatorio de su postura crítica. Valga, a este respecto, el “Discurso preliminar”, titulado “Montesquieu”, firmado por “Los Redactores del Observador Caraqueño” y atribuido a Francisco Javier Yanes:
“En la formación de las sociedades, dice Montequieu, las cabezas de las repúblicas son quienes las constituyen y después esta constitución es quien forma las cabezas de las repúblicas. Nuestra sociedad está ya formada: tenemos una Constitución, leyes escritas de antemano, que han formado en cierto modo nuestras costumbres y maneras; la situación de nuestro pueblo es en todo distinta de la en que se hallaron aquéllos de quienes fueron cabezas Moisés, Licurgo, Solón, Numa Mahoma, etc., y, por lo tanto, en el caso de que la Constitución sea quien forma las cabezas de nuestra República y no éstas quienes la constituyan. Pero como esa Constitución y esas leyes por los tiempos, modos y circunstancias en que fueron hechas sean susceptibles de mejoras, y éstas puedan y deban hacerse por los delegados del pueblo a este efecto; por eso es que nos hemos impuesto la obligación de manifestar los defectos que ellas tengan y proponer las mejoras que admitan y sean adaptables al espíritu y felicidad de los pueblos”….10

Pero no fueron tan mesurados los reparos ni tan comedidas las objeciones formuladas por el meritorio prócer de la independencia venezolana. Antes parecieran dejar percibir cierto grado de resentimiento, del eminente jurista y esforzado combatiente independentista, al verse marginado del máximo proceso constituyente republicano.

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En suma, creo razonable afirmar que la institucionalización de la República de Colombia, moderna y liberal, aun reconocidos en la Ley fundamental de la unión de los pueblos de Colombia los términos de la Ley fundacional aprobada en Angostura, fue resultado de una operación de creatividad sociopolítica llamada a conjugar las realidades de un estado de guerra, cuyo desenlace era todavía incierto, con tendencias percibidas ahora en función de un escenario de paz, y por lo mismo incomparablemente más vasto, complejo y prolongado que el escenario entrevisto por los legisladores de Angostura. Éstos, es comprensible, al fundar Colombia atendieron sobre todo a propósitos de una estrategia de guerra, tan audaz como necesaria, para el adelantamiento, en lo inmediato, de operaciones dirigidas a flanquear el eficaz dispositivo estratégico montado por Pablo Morillo. En función de este cambio de realidades era necesario que los constructores de la República se fijasen objetivos que habrían de resultar altamente controvertibles, por su fundamentación conceptual al igual que por representar soluciones pragmáticas; lo que fue apreciado por algunos intelectos alertas como un aplazamiento, -y hasta como una transgresión-, de los resultados político-sociales, irrazonable y ansiosamente esperados, de la prolongada lucha independentista.

No era propicio el momento para que los ideólogos republicanos comprendieran la necesidad de una superación crítica y selectiva del pasado, observando la dinámica de continuidad y ruptura entre el ordenamiento sociopolítico monárquico colonial y los esbozos del republicano. Dos expresiones significativas de esta actitud están representadas por la observancia, amplia y franca, del precepto jurídico de la “Continuidad jurídica y procedimental”; en combinación con el arbitrio táctico político que he caracterizado como Meter el Rey en la República; una de cuyas manifestaciones, de amplia proyección psicosocial, fue la asunción por la naciente república del Patronato real eclesiástico. Al anticlericalismo suscitado por la posición asumida por altos prelados y no pocos curas, durante la fase bélica de la disputa de la Independencia, no le resultaba holgado comprender la necesidad social y política de la búsqueda de nuevos términos de convivencia entre el Poder político, ahora republicano, y el poder espiritual y social de una Iglesia cristiana católica siempre monárquica; mucho menos dejar de percibir en esos términos cierto irredento monarquismo, de parte de legisladores y gobernantes decididos republicanos.

Con arraigadas convicciones y prácticas sociales y económicas ancestrales, chocaron decisiones legislativas basadas en la comprobación de que era necesario poner por obra una concepción realista de la futura sociedad republicana, procurándole las condiciones para alcanzar un ordenamiento sociopolítico liberal moderno estable, fundado en el desarrollo capitalista de la sociedad, mediante la adopción de políticas orientadas a atraer inversión y brazos, -vale decir capital y tecnología-, generados en las sociedades consideradas más avanzadas en esas materias; pero objetivos cuya consecución requería la adopción de reformas sociales y hacendarias que chocaban con los atavismos de la sociedad colonial, en lo religioso, en lo económico, en lo social y en lo cultural. Los testimonios que así lo consignan son numerosos en textos tanto de sociología política primaria como literarios. En Venezuela esta situación fue perceptible todavía con motivo de la modernización impuesta, casi medio siglo después, por el autócrata Presidente General Antonio Guzmán Blanco.

La demostración de manejo constructivo de la realidad presente, por los legisladores de la República de Colombia, al asumir como requisito, para echar las bases del nuevo edificio republicano, restablecer la estructura de Poder interna de la sociedad, llevó a replantear los factores de los sistemas jurídico-político y jurídico-social de esa estructura, en lo concerniente a los instrumentos de control social primordiales; es decir la propiedad, el trabajo, la educación y la religión. Pero éstas eran operaciones delicadas, en cuya realización debían conciliarse prácticas y preceptos eficaces de la sociedad colonial, con la proposición de nuevos modelos y procedimientos; cuidándose de no agravar con el cambio, de hecho, la ya perturbada estructura de poder interna de una sociedad ahora llevada hacia un ordenamiento sociopolítico republicano, fácilmente perceptible como una aventura.

¿Sería excesivo ver a la colombiana como una sociedad probadamente monárquica, ahora controlada, mediante la fuerza de las armas, por los partidarios, hasta entonces marginales y marginados, de una República casi desconocida, amparados bajo la bandera de una Independencia no mucho más, ni mejor, socialmente comprendida? Me temo que no es inmotivado el hecho de que nuestra historiografía no haya prestado atención al comportamiento de esa sociedad en el ámbito del nexo colonial restaurado a partir de 1815. A comprobación semejante podría llevar el estudio del impacto, en esa sociedad, de las disposiciones legislativas y políticas sobre prevención de reacciones conspirativas e insurreccionales antirrepublicanas; particularmente en cuanto a la reinserción social de los exilados, tenida cuenta de sus actitudes ante la Independencia y la República, y ahora comprensiblemente afanados en recuperar la cuota del Poder social que habían ejercido en el marco del Poder colonial.
* * * * *

Respecto de la modernidad de la República de Colombia, aunada a su vocación liberal, parece haber bases suficientes y apropiadas para concluir que sus diseñadores emprendieron el ejercicio realista del cambio revolucionario, al centrarse en la promoción del desarrollo capitalista de las sociedades coloniales para las cuales legislaban. Dieron con ello muestras de una percepción actualizada, respecto de la vigente dos décadas antes, de la construcción del ordenamiento sociopolítico republicano moderno liberal, partiendo del ordenamiento sociopolítico de una sociedad ancestralmente monárquica colonial. Tal parece desprenderse del celo puesto en el restablecimiento social y jurídico de la propiedad, en la promoción y expansión de la propiedad privada; y en la liberación del trabajo, incluida la proclamación y puesta en marcha de la progresiva abolición de la esclavitud.

Así vista, y ubicada en el largo período histórico, la República de Colombia se le revela, al historiador, como el inicio de una difícil y compleja empresa de arquitectura sociopolítica, que en buena parte se halla todavía en curso en las sociedades que integraron esa República. Lo que explicaría, a su vez, que vista en el corto período, se llegase a considerar que fracasó. Mas, esta sería una evaluación de los resultados no sólo apresurada sino errónea. La enmienda de esta visión requeriría considerar proposiciones como las que me atrevo a asomar:

En lo estratégico-militar, la República de Colombia vio culminarse su realización en la Batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, cuando su ejército, con la contribución de contingentes de otras nacionalidades, y bajo el mando de los generales colombianos, nacidos venezolanos, Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, puso fin al imperio colonial continental hispanoamericano. Pero si bien esa batalla marcó la realización del propósito fundamental de la República de Colombia, también abrió la puerta hacia su liquidación, porque lograda la ruptura del nexo colonial retomó aliento político la disputa de la Independencia. Vale subrayar la circunstancia de que en esa disputa había reinado, desde 1819, una tregua, resultante del trágico desenlace de la lucha por el poder militar y político librada en Angostura; tregua mantenida en aras de la estrategia colombiana que condujo a la creación de la República de Colombia, sustentada en la denominada Ley Fundamental de Colombia, aprobada el 17 de diciembre de 1819, y promulgada el mismo día por Simón Bolívar. Cabe recordar que, como todos sabemos, el Artículo 1º de esta Ley, reza: “Las Repúblicas de Venezuela y la Nueva Granada quedan desde este día reunidas en una sola bajo el título glorioso de República de Colombia”. Y que, a su vez, el Artículo 1º de la Ley Fundamental de la Unión de los Pueblos de Colombia, promulgada el 18 de julio de 1821, acentúa tal reunión de repúblicas al volverla fusión de naciones: “Los pueblos de la Nueva Granada y Venezuela quedan reunidos en un solo cuerpo de nación, bajo el pacto expreso de que su gobierno será ahora y siempre popular representativo.” En consecuencia, en el campo de Ayacucho, unos cinco años después, ¿eran o no colombianos los generales comandantes de fuerzas cuyo eje era el ejército de la nación bautizada República de Colombia?

En lo concerniente a los venezolanos que no anduvieron con Simón Bolívar, la ruptura de la República de Colombia obedeció a motivos que formaban, explícitamente, parte de la que he denominado la disputa de la Independencia. Vale decir que su motivación debe rastrearse en el lapso previo a la instauración de la República de Colombia. Respecto de estos motivos, por ser esenciales, adquieren carácter de cuasi anecdóticos los enfrentamientos personales. Los factores clave en el desencadenamiento de la controversia que condujo a la ruptura de la República de Colombia fueron: unos de carácter fundamental y otros de carácter argumental:

Sobre lo fundamental, y sólo como indicios, me limitaré a apuntar, brevemente, dos que considero relevantes. Ocupa el primer lugar la reacción del sector de criollos que desde 1815 procuraba restaurar en Venezuela el Poder social colonial, por ellos representado; determinación que veían en riesgo a causa de la legislación liberal -¿una reacción semejante a la que asumieron, en su momento, respecto de contenidos liberales de la Constitución política de la Monarquía española?-; y ante las medidas represivas contra los desafectos a la República, acordadas por los congresos de la República de Colombia.

Cabe apuntar, en este sentido, que el tres de enero de 1823, la Alta Corte de Justicia, en Caracas, se reunió ….”para prestar el debido juramento a la Constitución de la República”…. Los magistrados lo hicieron, ….”Mas protestaron, que dicho acto, dirigido a la unión, orden y regularidad de la República, no puede derogar el derecho de petición”…..”porque las leyes orgánicas que han emanado de la propia constitución, contienen varios artículos y disposiciones que en la ejecución deben producir muchos inconvenientes a la felicidad de los habitantes de esta ciudad y Provincia”….11

Ocupa el segundo lugar, como fundamental, la circunstancia de que a la extinción pautada de la esclavitud, y a la observancia del Art. 191 constitucional, que estipulaba la posible revisión y reforma de la Constitución colombiana al cabo de diez años de vigencia, se sumó el temor, -en caso de que ese código pudiese seer adoptado en la República de Colombia-, a la abolición inmediata de la esclavitud, contemplada en el Proyecto de Constitución para la República Bolívar, remitido al Congreso Constituyente de ese país, con un Mensaje fechado en el 25 de mayo de 1826, en el cual se argumenta con alta elocuencia una sentencia inapelable: ….”la infracción de todas las leyes es la esclavitud. La ley que la conservara, sería la más sacrílega”…. Era justificado el temor de que esta disposición, al extenderse a la República de Colombia, habría significado la ruina de los grandes propietarios agrarios venezolanos, sobre quienes pesaban censos que gravaban la totalidad del valor de sus fundos; totalidad en la cual el valor de los esclavos podía representar la mayor parte. En sus Apuntamientos…., el jurista y magistrado de la Alta Corte de Justicia, Francisco Javier Yanes, quien cuestionó la legitimidad de los legisladores colombianos, por no ser responsables de sus actos, razonó sobre esta cuestión en términos reveladores de su en este caso desatinado, por principista, juicio jurídico:

“El artículo 177 de la Constitución dice que ninguno podrá ser privado de la menor porción de su propiedad, ni ésta será aplicada a usos públicos sin su propio consentimiento o el del cuerpo legislativo; y cuando alguna pública necesidad legalmente comprobada exigiese que la propiedad de algún ciudadano se aplique a usos semejantes, la condición de una justa compensación debe presuponerse; pero la ley de 19 de julio [de 1821] Sobre la libertad de los pardos [partos], manumisión y abolición de la esclavitud, dispuso de la propiedad de los ciudadanos, gravándola del modo que quiso sin haber obtenido su propio consentimiento, ni tampoco haberlos indemnizado del perjuicio que experimentan en la educación de los que nacen ya libres”….12

Cabe advertir que la Ley colombiana contemplaba, en lo inmediato, la ….“abolición del tráfico de esclavos.”; en correspondencia con un considerando acerca de la abolición: ….”3º En fin, que un objeto de tan grande trascendencia para la República, se debe realizar extinguiendo gradualmente la esclavitud; de modo que sin comprometer la tranquilidad pública, ni vulnerar los derechos que verdaderamente tengan los propietarios, se consiga el que dentro de un corto número de años sean libres los habitantes de Colombia”…. Este propósito final, expreso, bastaba para inquietar a quienes, en Venezuela, si bien otrora sometidos a la prohibición de la trata, por decreto de la Junta Suprema Conservadora de los derechos de Fernando VII, “Sobre prohibición de la introducción de esclavos negros”, fechada en el 14 de agosto de 1810, se hallaban en trance de recuperar la esclavitud dispersa o soliviantada, como base de la recuperación del patrimonio en el cual se apoyaba su ejercicio del Poder social, forjado en el ámbito del nexo colonial, que se había querido preservar mediante la entonces reivindicación de autonomía.

En lo argumental, la ausencia de participación fue una objeción insostenible pero efectista. El sector social que ahora la hacía valer no estuvo directamente representado, por razones obvias, en el Congreso de Venezuela, instalado en Angostura en febrero de 1819. También obviamente, fue imposible subsanar esta situación previamente a lo ratificado en la Villa del Rosario de Cúcuta respecto de la República de Colombia. Pero en el estatuto electoral de 1819, como en el correspondiente al Congreso General de 1821, se adoptó el criterio de que los diputados representarían a la totalidad de la República, y no directamente a su distrito electoral. Con ello se procuraban dos objetivos. Uno era eludir el problema de los mandatos taxativos, que suscitó serias dificultades en el Congreso constituyente venezolano de 1811. El otro objetivo era dar por representadas poblaciones todavía bajo dominio colonial; pero dejando contemplada su participación en la representación de la totalidad, una vez independizadas.

La denuncia de una posible reinstauración de la Monarquía en el nuevo Estado, -haciendo valer su funcionamiento centralista, adoptado tenida cuenta del estado general de la sociedad y de la situación de guerra-, al ocupar el primer plano, no sólo desconocía la histórica eventualidad de una Monarquía independiente; sino que en la disputa argumental sirvió para encubrir los genuinos motivos de preocupación. Pero bien pudieron alarmar los signos de la continuidad necesaria, respecto del ordenamiento sociopolítico monárquico, a lo que me refiero con las expresiones meter al Rey en la República y Demolición selectiva de la Monarquía.

Es decir, se reaccionó ante un conjunto de previsibles efectos que pudieron haber resultado devastadores para el restablecimiento de la estructura de poder interna de la sociedad implantada colonial, en vías de recuperación bajo el amparo del nexo colonial también restablecido; estructura que se había procurado preservar, aunque consintiendo una cuota de ineludibles derogaciones, -como lo fue la ya mencionada prohibición de la trata-, mediante la reivindicación de autonomía, en 1810; mediante la declaración de Independencia, en 1811.

* * * * *
Me permitiré formular una consideración final: No vale el hacer malabarismos con la conciencia histórica de los pueblos. Siempre será posible que un historiador majadero se sienta llamado a cumplir su deber social.
Ilustres académicos, gracias.

Caracas, octubre-noviembre de 2011.

NOTAS

1.- Alexis de Tocqueville, L’ancien régime et la révolution. París, GF Flammarion, 1988, p. 114.
2.- Germán Carrera Damas, El culto a Bolívar. Caracas, Editorial Alfa, 6ª edición, 2008, p. 56.
3.- Idem.
4.- Ibídem.
5.- Germán Carrera Damas, Historia de la Historiografía venezolana (Textos para su estudio). Caracas, Ediciones de la Universidad Central de Venezuela, 1961.
6.- Germán Carrera Damas, Colombia, 1821-1827: Aprender a edificar una república moderna liberal. (Demolición selectiva de la Monarquía, instauración de la República y reanudación política de la disputa de la Independencia). Caracas, Fondo Editorial de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela y la Academia Nacional de la Historia, 2010.
7.- Testimonios de la época emancipadora. Estudio preliminar de Elías Pino Iturrieta. (Colección Bicentenario de la Independencia). Caracas, Asociación académica para la conmemoración del Bicentenario de la Independencia, 2011.
8.- Francisco Javier Yanes, Manual político del venezolano y Apuntamientos sobre la legislación de Colombia. Estudio preliminar de Rogelio Pérez Perdomo e Inés Quintero. (Colección Bicentenario de la Independencia). Caracas, Asociación académica para la conmemoración del Bicentenario de la Independencia, 2011.
9.- José Gil Fortoul. Historia constitucional de Venezuela. Caracas, Editorial Las Novedades, 1942, Vol. II, p. 141.
10.- Testimonios de la época emancipadora, p. 294.
11.- Francisco Javier Yanes, Manual político del venezolano y Apuntamientos sobre la legislación de Colombia, p. 88.
12.- Ibídem, p. 50.

Mensajes precedentes: Primer Mensaje histórico: “En defensa de las bases históricas de la conciencia nacional”. 2º Mensaje histórico: “La Larga marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia”. 3º Mensaje histórico: “Recordar la democracia”. 4º Mensaje histórico: “¿Zonas de tolerancia de la libertad y guetos de la democracia?”. 5º Mensaje histórico: “El ‘punto de quiebre’ ”. 6º Mensaje histórico: “Entre la independencia y la libertad”. 7º Mensaje histórico: “El discurso de la Revolución”. 8º Mensaje histórico: “¿Reanudación de su curso histórico por las sociedades aborígenes? O ¿hacia dónde llevan a Bolivia?” 9º Mensaje histórico: “Cuando Hugo se bajó del futuro”. 10º Mensaje histórico: “¿La historia hacaído en manos de gente limitada e imaginativa?” 11º Mensaje histórico: “Las falsas salidas del temor”. 12º Mensaje histórico: “¿Hacia dónde quiere ir Venezuela?” 13º Mensaje histórico: “Defender y rescatar lademocracia”. 14º Mensaje histórico: “Sigue la marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia”. 15º Mensaje histórico: “En el inicio del 2007: un buen momento para intentar comprender”. 16º Mensaje histórico: “Las historias de Germán Carrera Damas”. 17º Mensaje histórico: “República liberal democrática vs República liberal autocrática”. 18º Mensaje histórico: “Sobre los orígenes y los supuestos históricos ydoctrinarios del militarismo venezolano”. 19º Mensaje histórico: “El vano intento de enterrar el Proyectonacional venezolano”. 20º Mensaje histórico: “Demoler la República”. 21º Mensaje histórico: “La reducción civilizadora socialista de las tribus indígenas”. 22º Mensaje histórico: “Lo que no se puede dar ni quitar”. 23º Mensaje histórico, extraordinario: “Mis razones para decir No”. 24º Mensaje histórico: “La nueva política como intento de burlar la historia”. 25º Mensaje histórico: “Sobre el 23 de Enero de 1958, en elAula Magna de la Universidad Central de Venezuela”. 26º Mensaje histórico: “La presencia activa de Rómulo Betancourt”. 27º Mensaje histórico: “Librarnos del Siglo XIX”. 28º Mensaje histórico: “Repetición del 8º Mensaje histórico”. 29º Mensaje histórico: “Lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos”. 30º Mensaje histórico: “Los ciudadanos pasivos están en vías de extinción”. 31º Mensaje histórico: “La revancha de Fernando VII”. 32º Mensaje histórico: “Las migraciones no controlables”. 33º Mensaje histórico: “El 23-N el régimen militar chocará con el legado de Betancourt”. 34º Mensaje histórico: “La Democracia: un asunto de los pueblos”. 35º Mensaje histórico: “Mi voz de alerta: !La República está amenazada!” 36º Mensaje histórico: …”nada pudre más a una nación“… 37º Mensaje histórico: “El conflictive porvenir de la República”. 38º Mensaje histórico: “El peligro de no saber leer la Historia”. 39º Mensaje histórico: “Sin título”. 40º Mensaje histórico: “En desagravio de la mujer venezolana”. 41º Mensaje histórico: “Yo dialogo, tu no dialogas; soy demócrata, tu no lo eres”. 42º Mensaje histórico: “Evolución histórica de la masculinidad en Venezuela: desde lo históricamente absoluto hacia lo socialmente retado”. 43º Mensaje histórico: “Nos están quitando la República”. 44º Mensaje histórico: “El marco politico de Venezuela en la actualidad. Balance y perspectiva”. 45º Mensaje histórico.”Tenemos doscientos años defendiéndonos del despotismo”… Nota: Estos mensajes, hasta el número 13, fueron recogidos en un pequeño volumen intitulado Recordar la democracia (Mensajeshistóricos y otros textos). Caracas, Editorial Ala de Cuervo, 2006. 46º Mensaje histórico: “ El que no entiende la historia ve solo el cambio”. 47º “Entrevista con Germán Carrera Damas”, realizada por Gloria Bastidas. 48º Mensaje histórico: “? Bicentenario de la Independencia? 49º Mensaje histórico: Aviso a los universitarios venezolanos. 50º Mensaje histórico: La historia que estamos haciendo. 51º Mensaje histórico: Del vencer el temor a las grandes palabras y susconsecuencias. 51º Mensaje histórico: “Del vencer el temor a las grandes palabras y sus consecuencias. 52º Mensaje histórico: “El futuro de la República democrática venezolana está en su pasado histórico.” 53º Mensaje histórico: “Germán Carrera Damas aseguró que el militarismo desmonta el mito de la eficiencia. 54º Mensaje histórico: “?Monarquía, República o abolición selective de la Monarquía? 55º Mensaje histórico: “Sobre limitares y elecciones democráticas”.

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12 12 2011
12 dic 2011

[…] AL RESCATE DE LA REPÚBLICA DE COLOMBIA PARA LA HISTORIOGRAFÍA VENEZOLANA […]

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