CHESAPEAKE BAY Y YORKTOWN

8 10 2011

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Chesapeake Bay. Foto: Mzarro’s buddy icon

Por Hugo J. Byrne
Hugojbyrne@aol.com Hugojbyrne@aol.com

Está de moda en Estados Unidos revalorizar la historia norteamericana. Ese loable esfuerzo ha sido encabezado tenazmente por varios comentaristas de televisión por cable, destacándose entre ellos Glenn Beck y Bill O’Railly. Ahogados en una miríada de llamados “estudios étnicos” de propósito “políticamente correcto”, los estudiantes norteamericanos de primaria y secundaria, pero en especial los que se deciden por humanidades en sus estudios superiores, terminan con una ignorancia supina sobre la historia de su propia nación. ¿Quién puede asombrarse de que carezcan de orgullo nacional?

Sin embargo, aún dentro de esa muy positiva corriente se mantienen todavía inexcusables lagunas de ignorancia histórica, en las que aunque no se hayan necesariamente tergiversado los hechos básicos, estos permanecen incompletos. La historia es primordialmente una ciencia y debe tratarse de la manera más objetiva posible.

La naturaleza de esa disciplina no debe ser escena de litigio político, sino de análisis sereno y objetivo del pasado. Cuando escribí un artículo titulado “Los 92 días” lo hice con la única intención de aclarar que la victoria insurrecta cubana en la ofensiva de 1895 no se debió a las cargas al machete de la caballería ligera emboscada en la manigua (coronadas por el éxito en la mayoría de los casos), sino a la muy efectiva quema de los campos de caña, destrucción de ingenios azucareros y comunicaciones que impidieron la zafra (cosecha de la caña y producción de azúcar) para varios años por venir. En otras palabras, la victoria no la proporcionó el machete, sino la tea.

La noción de los insurrectos cargando contra los cuadros españoles e ignorando heróicamente la lluvia de plomo, es una hermosa evocación romántica. No obstante, debe recordarse que la caballería cubana tenía órdenes estrictas de evitar el combate siempre que fuera posible. A diferencia de la Guerra de los Diez Años, durante el año 95 no hubo grandes batallas como “Las Guásimas”. Sólo escaramuzas y combates, el más notable, “Mal tiempo”.

El objetivo de alcanzar las provincias occidentales era de carácter estratégico y sólo pudo realizarse evitando todo contacto extenso con las tropas coloniales. Algún tiempo después, como resultado de la victoria del 95 y con las tropas coloniales efectivamente acorraladas en las ciudades de la Provincia de Oriente, sucedieron en años posteriores otras batallas victoriosas, como el sitio y consecuente toma temporal de Victoria de las Tunas. Este acontecimiento fue también narrado hace años por esta columna.

En ese mismo artículo indiqué que los hechos históricos se suceden en cadena y cada eslabón se conecta con el anterior y el siguiente. Sin la victoria de Yorktown en 1781, Estados Unidos no hubiera sido independiente, por lo menos en esa ocasión. Sin la victoria del almirante francés, Marqués De Grasse sobre la flota británica en la bahía de Chesapeake, las tropas del general británico Cornwallis pudieron haber sido evacuadas o incluso reforzadas y avitualladas, negándole la victoria en Yorktown a Washington y Rochambeau.

Sin el concurso eficiente de un ejército de 5,000 soldados profesionales de Luis XVI, comandados por el muy capaz General Rochambeau, la milicia de Washington en toda probabilidad no habría podido por sí sola acorralar al brillante General Cornwallis en Yorktown.

Antes de su victoria en Chesapeake, De Grasse arribó al Mar Caribe en busca de vituallas y dinero para poder pagar las milicias de Washington a las que se les debía emolumentos por considerable tiempo. Los soldados de Washington desertaban a diario y se vislumbraba la posibilidad de un motín. España y Francia, aliadas en virtud del “Pacto de Familias” de 1761, actuaron en coordinación para ayudar a la naciente nación norteamericana. De Grasse hizo escala de avituallamiento en Cuba en la Bahía de Matanzas, debido su considerable calado, eviando un emisario al Gobernador de la Isla en la persona del Marqués de Saint-Simon, capitán de la fragata Aigrette. El gobierno colonial de Cuba en La Habana bajo el Gobernador Juan Cajigal estaba en ese entonces carente de grandes medios económicos.

En consecuencia, Cajigal propuso recabar donaciones del pueblo de La Habana, muy resentido por la reciente ocupación británica durante la Guerra de los Siete Años. Esta colecta pública tuvo en consecuencia mucho éxito y las donaciones incluyeron grandes cantidades de monedas de oro y de joyas.

En toda la historia de los tremendos encuentros en el mar entre las armadas británica y francesa, culminando en Trafalgar, la derrota de la Bahía de Chesapeake se destaca como la primera y última victoria francesa. Eso trae a colación al Primer Lord del Almirantazgo Británico de ese entonces, Earl de Sandwich. Sandwich, jugador empedernido y bebedor copioso, no quería perder tiempo levantándose de la mesa de juego a menos que fuera necesidad imperiosa. Para evitar eso ordenaba le trajeran un pedazo de carne entre dos panes. Desde entonces la más popular comida rápida de todos los tiempos tomó su nombre. Bajo el mando de este “bon vivant” la armada británica empobreció en organización, equipos y vituallas. La marinería y la oficialidad perdieron en cierto grado su tradicional cohesión y disciplina. La derrota de Chesapeake, de acuerdo a serios historiadores, tuvo mucho que ver con ese deterioro.

Sin embargo, todas esas vitales coyunturas históricas con países y personajes extranjeros, son olímpicamente ignoradas en los libros de texto en Estados Unidos. Peor aún es que quienes procuran un bienvenido renacimiento de los estudios históricos norteamericanos, tristemente también omiten esos capítulos fundamentales. ¿Ignorancia, o chauvinismo mal disimulado?

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