Recuerdos de Doña María Fernández

8 10 2010

 

Doña María Fernández en su hogar de Noriega, Asturias, en agosto de 2010.

 
París, 29 de septiembre de 2010.
Recordada Ofelia,
hace sólo diez días te escribí  “Volver a Noriega, mi pueblo asturiano”, donde te conté sobre los dos días pasados en casa de la familia Álvarez Fernández  y de mi querida e  inolvidable Doña María Fernández. Le propuse que me contara sobre cómo ella y su familia habían vivido la tristemente célebre  Guerra Civil y ayer me llegó por correo su carta, la  que te transcribo a continuación.
Doña María Fernández- Noriega, 19 de septiembre de 2010. Las cosas que ocurrieron durante  la Guerra Civil tienen tantas caras como historias humanas puedan contarse. Tal vez muchas personas podrían contar los acontecimientos mucho mejor que yo, pues era muy joven, sólo tenía 13 años. Ahora tengo 87 años y la memoria me  juega esas pasadas de olvidar algunas cosas. Pero de lo que yo recuerdo de entonces lo compartiré contigo.
Era difícil comprender lo que ocurría porque vivíamos sin ninguna información de parte de los que  llamaban “nacionales”, sin poder hablar libremente y el miedo a los que llamaban “rojos”. ¡Estábamos perdidos!
La violencia durante la Guerra Civil fue en muchos casos el resultado de los arreglos de cuentas entre vecinos: rencillas, denuncias, traiciones, caciquismo, etc.
Nuestro pueblo de Noriega, siempre había sido muy tranquilo, muy pacífico. Sólo años después, durante  mi juventud, descubrí con horror y miedo lo que había ocurrido. Había visto la cárcel del cercano pueblo de Llanes llena de personas, muchas de las cuales no se podían explicar por qué habían sido conducidas allí, ni lo que estaba sucediendo en los montes de los alrededores  de nuestro pueblo. Allí en Llanes fusilaron a muchos prisioneros.
En pleno campo cerca  de nuestro pueblo, fusilaron a cinco muchachos, campesinos que no sabían leer ni escribir. Los acusaron de haber quemado unos chalets preciosos de las familias pudientes del pueblo. Aún hoy día se pueden ver las ruinas, pues nunca fueron reconstruidos. Con el tiempo se comprobó que todos eran inocentes y que ese día no estaban en el pueblo.
Años después, un testigo de la quema de los chalets, vino desde México y alquiló un taxi para visitar las ruinas  de las que fueran mansiones de su familia.  Descubrió que el chófer del taxi había participado a la quema por la cual habían sido fusilados los cinco jóvenes inocentes.
En  cuanto a los atropellos  causados por los falangistas, ésos son sólo “detalles”. Los “rojos” quemaron los santos de la iglesia, pero como a menudo ocurría, acusaron a unos inocentes, que murieron en la cárcel no se sabe cómo.
Los “nacionales” se  llevaron a muchas personas del pueblo incluyendo  ancianos con sus vacas, burros y caballos, y los pusieron a transportar árboles de nuestras propiedades. Se llevaron al pueblo de Colombres a trabajar como mozas de limpieza en un Hospital de Sangre (de heridos de guerra), a más de veinte chicas de Noriega. También obligaban a los campesinos a darles alojamiento en sus casas.
De mi casa, gracias a Dios no hubo presos, a pesar de que yo tenía tres hermanos en los frentes de batallas. En otros pueblos hubo mucha violencia y crímenes cometidos por ambos lados. En Noriega, a pesar de que como ya dije anteriormente siempre habíamos vivido pacíficamente, también ocurrieron  cosas muy tristes.
Cuando destruyeron a cañonazos el puente de la cercana playa La Franca,  el estruendo llegaba a nuestros oídos, naturalmente, todos los vecinos estábamos aterrorizados. No comprendíamos lo que pasaba. Hoy día los que van a esa playa,  pasan por al lado de un  muro blanco, monumento simbólico a las numerosas personas que fueron fusiladas en ese lugar.
Al caer el pueblo en poder de los “nacionales” se oyeron tiros por todas partes. En aquel momento los derechistas sacaron las uñas y… continuaron los arreglos de cuentas.
Recuerdo muy bien que teníamos un viejo molino al cual íbamos a refugiarnos cuando nos sentíamos en peligro. Pero un buen día, en pleno tiroteo, mi abuela que tenía 98 años, decidió regresar a casa y no hubo quien pudiera impedírselo. En medio de un caos total, recorrió bajo las balas  los dos kilómetros que la separaban del molino y por milagro llegó sana y salva.
¡Dios quiera que jamás volvamos a vivir una situación como aquella! Un gran abrazo, María.”
Y yo pido a Dios de todo corazón,  que impida el que gracias a tanto odio sembrado en el corazón de millones de cubanos desde hace más de medio siglo por el oprobioso régimen de los hermanos Castro, se produzca una violencia  incontrolable, que conduzca a un drama en el próximo futuro de Cuba, como el que vivió nuestra querida España entre 1936 y 1939.
Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,
Félix José Hernández.

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