El Testimonio de Charles Bach

20 07 2010


Charles Bach en 1945.


París, 19 de julio de 2010

Querida Ofelia,

conocí al Sr. Charles Bach hace sólo cinco años, durante la boda de mi hijo con su nieta Anne-Laure. Me impresionó mucho su personalidad  y la forma de contar, de buscar en los rincones más lejanos de su memoria, su “pequeña” historia vivida dentro de la Gran Historia de Francia. Sólo hoy, a los 92 años de edad, he logrado obtener su testimonio, con la preciosa ayuda de su nieta Anne Cécile.

Charles Bach-“antes de la  guerra, yo era aprendiz de panadero en la panadería de mi tío Yutz. El 3 de septiembre de 1939, mientras trabajaba como panadero en Peltre, recibí el telegrama que me trajo un policía para que me presentara inmediatamente en la Plaza del Rey George en la ciudad de Metz. De allí me enviaron a un cuartel en la ciudad de Thionville, donde pasé casi dos meses.

Me ubicaron como chófer de un camión de abastecimientos de comida. También me ocupaba de los tractores de cuatro ruedas o de orugas que se utilizaban para poder sacar los cañones atascados en el fango. Teníamos cincuenta tractores para unos setenta y cinco cañones.

El siete de noviembre tuvimos veintisiete muertos en Maderen. Fue el único ataque que sufrimos en ese período. El objetivo de aquel ataque aéreo alemán fue el destruir los cuatro grandes cañones que poseíamos. El bombardeo sólo duró unos tres minutos. Yo quedé herido por un balazo en un brazo.

En realidad los fusiles no eran muy útiles, pues sólo debían ser utilizados en casos excepcionales. Utilizábamos mucho más los tanques y los cañones. Los soldados franceses estábamos separados de los alemanes por unos cien metros apenas; nos veíamos. Pero la orden que debíamos respetar era la de: ¡Si no les disparan, ustedes no tiren! Entonces, nadie disparaba. Por lo cual pienso que éramos una especie de reserva de soldados.

A nuestro alrededor todo era impresionante. Los civiles habían sido evacuados, más bien expulsados. Numerosas tiendas de campaña nos rodeaban. Una gran parte de la población había partido hacia el sur del país y las ciudades estaban desiertas.

Pasé las Navidades en Morfontaine en la región de Meurthe y Moselle. Los soldados se desplazaban en tractores y camiones, nunca a pie. Había mucho movimiento de tropas que estaban acuarteladas en: Sainte Ménéhould, Chalons en Champagne, Bevilliers en la Meuse, etc.

En mayo llegamos a Verdún. La guarnición precedente lo había quemado todo para no dejar nada a los alemanes. No había carne, ni siquiera casas. El tabaco había sido tirado a las calles, cubriéndolas en ciertos trechos. En aquella ciudad muerta, los soldados habían recibido la orden de quedarse detrás de las casamatas. Sólo podían salir tarde por la noche o en la madrugada. No debían alejarse, para poder correr esconderse en caso de ataques aéreos alemanes.

Pero dos de mis compañeros desobedecieron. Estábamos en pleno mes de mayo y las fresas abandonaban en los jardines abandonados. Mientras ellos estaban recogiéndolas, de pronto aparecieron los aviones alemanes y a pesar de que los dos jóvenes soldados trataron de esconderse debajo de una escalera, ambos murieron durante el bombardeo.


Charles Bach en 1938.

El 22 de junio fue proclamado El Armisticio. El capitán de nuestra guarnición izó una bandera blanca. La alegría de todos fue enorme.

Dejamos todo lo que poseíamos en aquel lugar: las maletas, los fusiles, etc. Los cerca de trescientos soldados que estábamos en aquella guarnición fuimos bien tratados y… nos dieron una buena comida. Nos pusieron en fila en el gran patio y nos preguntaron nuestras señas. Tres días después fuimos puestos en libertad los de Alsacia y de Lorena  que éramos considerados como alemanes. Los otros soldados fueron liberados mucho después.

Como no había podido dar noticias mías a mi familia desde el Armisticio, decidí regresar a casa pidiendo auto-stop. Al verme vivo, mis padres con lágrimas en los ojos  me abrazaron y me cubrieron de besos. La fiesta que me organizaron fue grande.

Después de la desmovilización en Pont à Mousson, me fui en bicicleta hasta Metz. Me sentía aliviado al haber terminado el servicio militar. Abandoné el trabajo de panadero y decidí trabajar en el campo con mi padre.

En 1942 los alemanes hicieron un control en el ayuntamiento del pueblo de Pange. Los que habíamos participado en la guerra del lado francés recibimos un telegrama. Nos citaron al cuartel Juana de Arco de Metz, para reclutarnos como soldados alemanes y que fuéramos a combatir al frente.

Me presenté. Mi padre, que sólo sabía hablar alemán me dijo: «en cuanto  se acabe la guerra, regresa inmediatamente a casa.» Me enviaron en un camión a un cuartel en Colmar. Desde allí enviaban a los jóvenes soldados en trenes o camiones hacia el frente de combate. El día 14 me informaron que partiría a la mañana siguiente para Alemania. Pero yo había previsto desertar mucho antes de ese día. Mi gran amigo Raymond y yo habíamos decidido escapar el mismo día en que fuéramos citados. Entraríamos en el tren con destinación a Alemania para que fuera anotado que habíamos tomado el tren, pero bajaríamos por el otro lado y montaríamos en cualquier tren que pasara en sentido contrario, los que siempre paraban en Verneville.

Pero Raymond tenía miedo, ya que su amigo René Craufels lo había intentado junto a otro chico en la estación de trenes de Metz y los alemanes lo habían detenido gracias a una denuncia de alguien. El otro muchacho, de apellido Burgère fue detenido en su casa en Laquanexy, donde había logrado llegar huyendo. Toda su familia fue deportada.

Otro joven soldado, proveniente de una familia adinerada se había escapado, pero tuvo la torpeza de esperar a su «coyote» para pasar las líneas alemanas en un café. Comenzó a beber y a hablar más de la cuenta. Fue denunciado y arrestado. Cuando los alemanes supieron que su madre vivía cerca, la fueron a buscar para que viera como fusilaban a su hijo único en plena calle.

El miedo impidió que Raymond me siguiera, por tal motivo ingresó en el ejército alemán.

Un mes antes de la llegada del famoso telegrama de 1942,  Michel de Villers me había dicho que con Gaston Bourgignon de Batilly podía conseguir papeles falsos. Me bajé del tren en Vernevile y fui a Batilly. Discretamente logré encontrar a Gaston y me quedé dos días hospedado en aquella casa. Conseguí los ansiados papeles falsos a nombre de Ernest Durand. Pero tenía que pasar las líneas alemanas para llegar al Marne del lado francés. Tomé el tren en Sainte Ménéhould. A partir de aquel momento Gabi Girard fue mi “coyote”. Él era un campesino que iba solo a trabajar sus tierras que se encontraban en la zona alemana y volvía a sus tierras del lado francés acompañado de un supuesto obrero empleado suyo. Esa táctica me asombró y pensé que el Gabi debía de tener buenas relaciones con los alemanes, ya que no lo habían arrestado nunca.

Después de haber logrado pasar a la zona francesa, me dirigí a pie hasta Brau. Durante mi servicio militar había simpatizado con Marcel Charlotteau,  alcalde de ese pueblo. Él me alojó y me dio trabajo como obrero agrícola

Charlotteau tenía una hermana casada con un señor de apellido  Charinet en un pueblo cercano, por tal motivo trabajaba con las dos familias.

Unos amigos de Charlotteau querían que me casara con Bernardette, su hija única. La dote era importante: una granja de 180 hectáreas. Un vecino me dijo: “que suerte tiene usted  al estar aquí.” De veras que había tenido mucha suerte hasta ese momento, me había logrado escapar de los alemanes, vivía con una familia que me estimaba en zona francesa y me querían casar con una buena chica.

Pero había un peligro permanente que planeaba sobre mi cabeza. Charlotteau era el alcalde. Los soldados alemanes iban cada quince días a controlar el pueblo y el alcalde debía invitarlos a su casa. Como él no sabía hablar bien el alemán, la comunicación era difícil. Yo era bilingüe, pero no debía hacerlo conocer. Un día un invitado me dijo: “Du sprechst Deutsch”. Fruncí el entrecejo haciéndome el que no comprendía.

A finales de noviembre de 1944 la ciudad de Metz fue liberada. El 4 de diciembre logré regresar desde el Marne, llegué hasta  Sainte Ménéhould donde pude tomar un tren para Metz. Mi padre había sido herido en la cabeza, a causa del bombardeo de los aliados. Mientras estaba grave preguntaba por mí, decía que quería verme antes de morir. Pude llegar a casa el día 4 a las 4y 30 p.m., mi padre había fallecido ese mismo día a las 4 a.m. Eso me provocó un  dolor tan profundo que lo sigo llevando  en el corazón.

Hablé con mi madre sobre Bernardette, pero ella se opuso al matrimonio con una chica que vivía tan lejos. Acepté su decisión sobre todo porque antes de la guerra había conocido a una encantadora muchacha que se llamaba  Charlotte Jacquemin. Escribí varias cartas a Bernardette, pero no la volví a ver. Charlotte se convertiría en mi esposa poco tiempo después.»

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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