Testimonio del día en que cayó el Muro de Berlín

7 07 2010

París, 5 de julio de 2010.

Mi querida Ofelia,

estaba en el primer año del Instituto José Martí, cuando comencé a cartearme con una chica alemana de la R.D.A. que estudiaba español en su ciudad. Para mí era algo extraordinario mantener correspondencia con una europea. La chica era muy sensible, me enviaba dentro de los sobres pétalos de flores y hojas de la hojarasca otoñal de su jardín. Durante años nos carteamos.

En la primavera de 1968 su hermana Úrsula, fue a la Universidad de Santa Clara a impartir conferencias sobre etnología. Yo estaba trabajando en Los Camilitos de Cubanacán, en la carretera que va de la Ciudad de Marta Abreu a Placetas. Fui a saludarla y ella me entregó varios regalos de parte de Renate.

Pasó el tiempo y  ambos nos casamos cada uno de su lado del Atlántico.

Cuando me fui de Cuba y vine a vivir a Francia, cada vez que veía un documental sobre Alemania o Berlín pensaba en ella. La noche en que cayó el Muro, la pasé frente a la tele observando los acontecimientos y pensando en ella y en Úrsula.

Poco después, mi padre me hizo llegar con un turista galo, desde La Isla del Dr. Castro una vieja libreta de direcciones y teléfonos. Encontré la dirección de Renate y le escribí. Por suerte, la persona que vive en esa casa es su hermano y le hizo llegar mi carta. Sentí una gran alegría cuando recibí su respuesta. Después de un paréntesis de treinta años, nuestra amistad revivió.

Fuimos de vacaciones a Berlín, en cuyo aeropuerto nos recibió Úrsula. Conocimos a la amable familia de Renate, a  su brillante esposo y paseamos juntos. Incluso fuimos al puente en donde se intercambiaban los espías y tantos lugares históricos de la bella e imponente capital alemana.

Posteriormente ella vino con su esposo a París de vacaciones y volvimos a compartir juntos. Nos vimos de nuevo en Estocolmo. Si Dios quiere nos volveremos a ver pronto en Berlín. Hace unos días le pedí que me escribiera su  sobre cómo vivió la caída del Muro. A continuación te envío su testimonio.

Renate-“¿Mis recuerdos de la caída del Muro de Berlín? No te imagines aventuras espectaculares – lo siento mucho. Yo no soy una persona impulsiva o espontánea.

Las emociones provocadas por la  caída del Muro están conectadas con las experiencias anteriores. Para mí todo empezó con la construcción del Muro el 13 de agosto de 1961. Hasta entonces yo era una niña  de 11 años de edad que había nacido en la R.D.A. Fui criada en una familia intelectual e instruida en una escuela normal, en los arrabales  de Berlín.

La casa de mis padres estaba situada solamente a unos quinientos  metros de la línea de demarcación entre la R.D.A. y Berlín Occidental. Mi padre trabajaba en Berlín, los abuelos por el lado materno vivían en Berlín Occidental y nosotros podíamos visitarlos sin grandes problemas. Miles de familias vivían como nosotros, con tíos, sobrinos, abuelos o hijos dispersos por todos los barrios de Berlín y sus alrededores. Pero la construcción del Muro rompió los lazos entre decenas de miles de familias.

El Muro fue un choque. Ya no teníamos más posibilidad de viajar, de visitar a nuestros parientes. La familia fue separada de repente. Mi madre no pudo dar el último adiós a sus padres, al no poder estar presente en sus funerales en Berlín Occidental unos años después.

La familia del que sería mi marido vivía exactamente al lado del Muro en Berlín. Ellos tuvieron muchas más restricciones, que culminaron con  la expropiación y el derribo de su casa  para poder cerrar aún más  la frontera. Hasta hoy día mi suegra no ha querido regresar nunca a ese lugar.

Durante  años mi propia familia vivía en paz, mi marido y yo estudiamos  Ciencias Naturales, trabajamos y criamos a nuestros dos hijos. Todo funcionaba más o menos. Teníamos lo  suficiente para vivir correctamente. Podíamos practicar nuestra religión sin grandes limitaciones. Las escuelas y la universidad se abrieron  para nuestros hijos, puesto que eran  bastante aplicados y escogieron estudios  técnico. Afortunadamente nuestra familia seguía unida.

Ninguno  de nuestros amigos creía que lograríamos ver algún día el fin del régimen.

En el verano de 1989 con las  evasiones vía Hungría y Praga nos pusimos a considerar los pro y los contra de un posible intento de evasión. ¿Dejar atrás la tierra natal, la familia, las madres, los hermanos, los amigos, un buen puesto de trabajo y  nuestra casa con jardín? ¿Por cuáles razones? Sería mejor tratar de mejorar nuestra Patria desde adentro, éso sí que valdría la pena.

Durante las discusiones e intercambios de opiniones  en la televisión, en las periódicos, en los centros de trabajo crecía la esperanza de que habría  mejoras en las condiciones: podríamos decir la verdad, conoceríamos la democracia, tendríamos la posibilidad de viajar, etc. Todo estaba cambiando.

Durante los meses de esa “Revolución pacífica alemana” (el cambio político sin derramamiento de sangre), ninguno de nosotros creía en una posible  reunión de los dos Estados alemanes. Esperábamos con muchas esperanzas la creación de  una confederación.

En la noche del jueves nueve  de noviembre vimos y oímos por la televisión  el debate que  cambiaría  nuestra Patria. Pero interpretamos las palabras sobre las condiciones para viajar nada más como posibilidades y cláusulas  para el futuro.

¡Nosotros nos acostamos tranquilamente!

¡Qué sorpresa por la madruga del viernes al oír por el radio sobre la apertura del muro! No lográbamos dar  crédito a la noticia. Al mismo tiempo tuvimos miedo a que lo cerraran  inmediatamente. Pero contra toda previsión no sellaban las aberturas.

En  la mañana del viernes fuimos al trabajo. Sólo un colega había sido testigo de lo ocurrido durante la  noche y nos lo contó. En la clase de uno de mis hijos faltó solamente un alumno ese viernes y fue regañado.

Por la tarde hicimos cola ante la estación  de  policía para registrar a nuestros hijos en nuestros pasaportes y obtener las visas. Sabíamos que en aquel Estado nada funcionaba sin papel. Mucho menos un viaje sin pasaporte.

La primera noche se produjo un caos fantástico, puesto que cada uno pudo ir sin pasaporte a Berlín Occidental. Hay innumerables filmes y fotos  de aquella fiesta gigantesca. Nosotros no teníamos la mínima  idea de lo que estaba ocurriendo en el centro de la ciudad. En nuestro hogar situado  en los arrabales de casas unifamiliares, todo estaba cerrado y tranquilo esa noche.

Pasamos todo el viernes con miedo a que anulen los permisos de salida.

El sábado,  junto con nuestros hijos pudimos pasar por un paso fronterizo. Pudimos observar las puertas de la frontera y la línea de demarcación de cerca. Mi marido lo reconocía mejor que yo, porque él había vivido durante los años sesenta muy cerca del primer muro.

Debido a la gran afluencia de personas, organizaron líneas especiales de autobuses para transportar a la muchedumbre. El primer sábado  pudimos utilizar los autobuses y el metro sin pagar, bastaba solamente mostrar el pasaporte. La gente de la R.D.A. aún no tenía el dinero de la R.F.A..

Fue una borrachera de emociones, entusiasmo, alivio y alegría. Pero era una alegría dudosa. ¿Cómo mantener el sentido de responsabilidad? ¿Cómo evitar el cometer faltas en medio del entusiasmo y no perder el pasaporte en plena muchedumbre? Teníamos que ser razonables. ¿Qué pasaría en los días siguientes?

En nuestras mentes aumentaban las preocupaciones sobre nuestro futuro. Tendríamos Libertad y democracia. Se convertirían en realidad nuestros sueños y tendríamos mejores condiciones de trabajo. Podríamos viajar por  el mundo y visitar a todos nuestros amigos. ¡Qué enormes  posibilidades para el futuro de nuestros hijos! Podrían estudiar lo que quisieran  y donde lo estimaran conveniente.

Al mismo tiempo nos invadía el miedo a despertar de estos sueños cuando cerraran la frontera de nuevo.

Las visitas de las semanas siguientes fueron para nosotros una reconquista.  Mi marido y yo conocíamos el Berlín Occidental de nuestras infancias. Reconocimos la misma ciudad  veintiocho años después con los ojos y la experiencia de los mayores.  Nos volvimos a encontrar con nuestros primos y tíos: la familia estaba de nuevo reunida en el Berlín Occidental. La familia que vivía en el oeste nos había sido leal  durante todos los años desde la construcción del Muro. Nos  visitaban cuando podían, a pesar de todas las humillaciones que sufrían en la frontera.

Nuestros hijos (de 16 y 13 años de edad), fueron a  conocer la ciudad de Berlín Occidental  que solamente habían visto por la  televisión y de la cual habían escuchado numerosos relatos. Exploramos  la ciudad: el zoológico, el acuario, los museos, los grandes almacenes, el cine, etc. Los grandes mercados tenían un gran  poder de  atracción porque  en la R.D.A. no habíamos tenido un  gran surtido de mercancías. Teníamos que  oponernos a  la obligación de comprar, comprar y comprar.

¿A dónde han ido a parar  nuestros sueños? La familia hace su camino con las nuevas condiciones del capitalismo. Un hijo trabaja con éxito como ingeniero aquí en Alemania para una empresa inglesa,  donde sólo habla  inglés. El otro trabaja como ingeniero para Alemania al otro lado del globo, en Vietnam, porque en nuestro país no logró encontrar un buen empleo. Mi esposo y yo pasamos por la experiencia amarga del desempleo. Sin embargo mi marido  con los años disfrutó de un ascenso y de un gran reconocimiento profesional. Ambos tuvimos diferentes puestos de trabajo en Alemania lejos de Berlín,  en Venezuela y en Suecia. Al final regresamos a Berlín, a nuestras raíces, a nuestra ciudad de origen.”

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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