Reseña del libro póstumo de Carlos Montemayor

14 05 2010

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Carlos Montemayor (nacido en Parral, Chihuahua, el 13 de junio de 1947 y fallecido en México, D.F., 28 de febrero de 2010) Carlos Montemayor pronunciando unas palabras en honor a León Trotsky, durante el 68 aniversario de su muerte, en el jardín del Museo dedicado al cofundador del Estado Soviético.

En Memoria de Roque Dalton, en el XXXV Aniversario de su asesinato, consumado por un grupo de aventureros demócrata-liberales.

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Por Mario Rivera Ortiz

La Violencia de Estado en México, antes y después de 1968, Debate, México, DF, 2010.

El libro se inicia reconociendo la génesis multifocal de los grupos guerrilleros que surgieron en México en las décadas de los 60-70 del siglo XX y su diversa ubicación geográfica, composición social y motivaciones, así como su denominador común: fueron acciones de contra-violencia a las agresiones armadas reiteradas del Estado.

En la primera parte de La violencia de Estado en México se recoge la historia del movimiento estudiantil del 68 y de las organizaciones guerrilleras anteriores y posteriores a ese año y se documentan las acciones gubernamentales montadas para aplastarlos. La denuncia minuciosa que hace de las múltiples masacres y de los grupos militares y paramilitares que participaron en la Operación Galeana, y la demostración del papel protagónico del Estado Mayor Presidencial en su planeación y su desarrollo, tiene un gran valor documental y político que por supuesto no liberó al ejército de su responsabilidad en tales sucesos,  sino que la confirmó, por la sencilla razón de que el Estado Mayor Presidencial no es algo ajeno a la institución armada, sino uno de sus segmentos más relevantes.

En esta parte del libro llama la atención algo que se había sospechado pero no estaba comprobado plenamente, la explicación de la idea errónea que se hicieron los gobiernos cubano, chileno y soviético sobre la resistencia social desplegada en el post/68  frente al gobierno mexicano, idea que los llevó a la complicidad práctica con la política interior de Luis Echeverría y que se plasmó más en los hechos que en las palabras en un “pacto” bilateral, como lo calificó Joel Ortega Juárez en su libro El otro camino. Montemayor explica la razón de esa peculiar política México-cubana en un toma y daca entre los dos gobiernos y por la supuesta ignorancia de los jefes de Estado socialistas, acerca de los arreglos secretos a los que habían llegado Echeverría y el presidente Nixon en el año de 1972. Montemayor habla claramente del efecto adormecedor que supuestamente logró el falso discurso demagógico nacional-antiimperialista del mexicano. En otras palabras, de acuerdo a esta lógica, Fidel Castro Ruz y Salvador Allende cayeron en un intercambio de favores mutuos con Echeverría al son de una retórica latinoamericanista y de amistad con la Revolución Cubana y con el régimen chileno, en tanto que Echeverría, llegó a ver en los gobiernos, cubano y chileno, simples aliados tácticos desechables.

A este respecto, he aquí tres párrafos reveladores del libro póstumo de Carlos Montemayor:

Uno, trascrito del Informe sobre el exilio en Cuba, de José Luis Alonso Vargas, que refiere palabras del comandante Manuel Piñeiro: “En primer lugar nos aclaró que, por tener una buena y necesaria  relación diplomática con México, Cuba no nos iba a dar entrenamiento militar, como al resto de los guerrilleros de América Latina; que los gobiernos del continente, de Guatemala para abajo, habían roto relaciones con ellos y los habían expulsado de la OEA por órdenes de los Estados Unidos. Y que México era la excepción. Por eso no iban a poner en peligro esas excepcionales relaciones diplomáticas ayudándonos con los entrenamientos.”

Y dos más del propio Montemayor: “Kate Doyle apuntó que Nixon y Echeverría se reunieron dos veces en junio de 1972 y que el tema central de sus conversaciones fue el peligro del comunismo en América Latina representado por Fidel Castro y Salvador Allende. Doyle recuerda que para entonces Echeverría ya buscaba convertirse en el líder del Tercer Mundo y que en público defendía a  Castro y, más enérgicamente a Allende. Las grabaciones de estos encuentros se desclasificaron y es posible conocer ahora la opinión que sobre Cuba y Chile compartían  Echeverría y Nixon…” y “…Nixon tenía claridad para imaginar la utilidad  de Echeverría en el proceso diplomático y político del continente: el papel de agente, un agente peculiar,  protagónico, pero en función de proyectos predominantemente estadounidenses.”

Entonces, según lo expuesto por Carlos Montemayor, Fidel y Allende, en la práctica, se sometieron al plan Nixon-Echeverría y sacrificaron, en aras de sus intereses nacionales deberes internacionalistas. Quizá.

Pero lo más importante de esta parte del libro, a nuestro juicio, es que Carlos Montemayor logra poner en evidencia el nivel crítico al que ha llegado la lucha de clases en México en el periodo  2009-2010, el nivel de confrontación objetiva que priva entre el nuevo proletariado y la burguesía mexicana. Carlos descubre, además, las grandes fracturas que dividen a diferentes capas de la burguesía mexicana, una de ellas, quizá la más evidente ahora es la que encarna la disputa por el lucrativo mercado de drogas. Implícitamente se incluyen observaciones que sugieren la descomposición de la burguesía como clase dentro de una sociedad cada vez más controlada por la swell mob. Montemayor habla de estos fenómenos no como partes de un proceso culturalista sino como manifestaciones objetivas de la lucha de clases de hoy. También, proponiéndoselo o no, el autor habla de las respuestas todavía débiles y dispersas de los grupos insurgentes frente a sus enemigos, totalmente desproporcionadas a la intensidad de la  agresión múltiple y  cotidiana que sufren de parte del aparato estatal, quizá precisamente por su herencia cultural predominantemente campesina. Rescata únicamente como ejemplo de coordinación nacional de estos grupos insurgentes y sólo para criticar a Seguridad Nacional, lo que él llama la “conversión” del PROCUP-PDLP en el EPR en 2006 y deja para después la crítica para esa parte protagónica de la oposición política actual, formada por algunos ex guerrilleros, ex comunistas, ex socialistas, ex trotskistas, familiares de las víctimas de la represión y defensores de los derechos humanos, por su  gestoría desde los partidos reformistas, las comisiones de la verdad, los comités ad hoc y las ONGs, que frecuentemente culmina en el canje de muertos por curules.

Quizá por estas omisiones  y algunas afirmaciones presentes en su texto, es que algunos de sus lectores pudieran haber confundido a Montemayor con un asesor-consejero de la oficialidad. En algunos de sus textos en efecto hay párrafos en los que subyace el sentido de “esto estuvo mal hecho y debería haberse hecho así”, dirigiéndose a los altos mandos del ejército o a los servicios de Seguridad Nacional, en vez de  “Esto es así y no puede ser de otra manera a menos que…cambiemos el sujeto de la historia”.

Ejemplos de los párrafos que suscitan tales dudas los tenemos en La violencia de Estado, veamos: “Cuando se captura a una célula, se corta la línea, de cualquier investigación futura. Significa un retroceso, puesto que se debe empezar otra vez de cero….Lo mismo podemos decir de las casas de seguridad…” (p. 261) o como aquel otro párrafo que se refiere a la captura de los hermanos, Héctor y Arturo Cerezo, el día 23 de agosto de 2001: “En la aprehensión de los presuntos guerrilleros no se capturó a ningún dirigente de las FARP. Podía suponerse que Seguridad Nacional prefirió dar un golpe publicitario a mantener vivo el orden de investigación anterior, lo que iba muy de acuerdo con el régimen de ese entonces, que prefería la mercadotecnia de la imagen a la eficacia de la realidad…” (p.262) y el siguiente, ”Como los gobiernos mexicanos traducen toda movilización popular como una manipulación y toda solución como represión, Seguridad Nacional podría ser uno de los contrapesos naturales para medidas gubernamentales desprovistas de una ponderación social,” (p.271)

Yo nunca creí en tan excesiva conjetura, porque en los textos de Carlos hay evidencias suficientes para descartarlas. Montemayor no era de esa gente con doble o triple identidad que abunda en la izquierda institucionalizada, en cambio, sí es posible que él, un hombre bien intencionado y carente de recovecos ideológicos abrigara, allá en lo más recóndito de su alma romántica de artista, ciertas esperanzas en relación con la capacidad de auto-regeneración del Estado burgués. Es posible, pero las pruebas más sólidas en contra de cualquier supuesta identidad múltiple de Carlos fue la disolución del Coned, el 21 de abril de 2009. (p. 246) y la denuncia documentada de las orgías terroristas en el estado de excepción y en general, de la estrategia de guerra sucia.

En la segunda parte de La violencia de Estado Carlos Montemayor rescata las dos más antiguas experiencias del Estado mexicano en las que aplicó la batería represiva antisocial completa de la guerra sucia, que, después, en los años sesenta y setenta, se reactivó acrecentada y cuyos perversos componentes orgánicos fueron desde entonces el ejército, los paramilitares, las policías, los fiscales, los jueces, los medios de comunicación, los servicios médicos de emergencia, los “delitos” prefabricados, las cárceles etc., etc. En efecto, Carlos Montemayor, utilizando testimonios y documentos fehacientes, refiere los sucesos del primero de mayo de 1952 y del siete de julio del mismo año, cuando el gobierno priísta de Miguel Alemán Valdés estrenó en México las técnicas posmodernas para el control de las multitudes indignadas y dispuestas a hacerse justicia por su propia mano ante crímenes flagrantes o crónicos de Estado. El escritor, al referir los episodios violentos de 1952, puso de manifiesto el lazo que ata indisolublemente todas las variantes del terror estatal o sea el lazo que une en uno solo todos los intereses de la clase dominante.

Esta parte del libro es la menos extensa pero no la menos importante.

Finalmente, otro aspecto sumamente valioso del libro de Montemayor es el que se refiere en forma específica a los instrumentos “legales” que ha creado la burguesía mexicana al alimón con la norteamericana, para reprimir a los militantes de los partidos políticos y los movimientos sociales de oposición y en suma, criminalizar la protesta popular, como son los “delitos” de disolución social, terrorismo internacional o nuclear, secuestro equiparado, etc., que han sido injertados sucesivamente en el cuerpo del Código Penal Federal por encargo, a partir del año de 1941, no por situaciones de crisis nacional, sino por intereses específicos del gobierno estadounidense.

Carlos Montemayor no era un marxista, es cierto, en su obra no se identifica un discurso marxista y la idea de la revolución social no tiene espacio en su texto póstumo, sin embargo aporta valiosos elementos empíricos para que quienes le sobrevivimos lo hagamos sin demora. Carlos era un demócrata consecuente, que a diferencia de algunos liberales populistas y demócrata-liberales, nunca pactó con los conservadores ni vivió de sus componendas.

¡Leamos el libro póstumo de Carlos Montemayor y que cada quien saque sus conclusiones!

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