LUTERO, MARTÍN

27 04 2010

Enviado por Infopsicología <info@raices-montero.com.ar>

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Martín Lutero
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(1483-1546) “La educación como Escuela de Vida”, por Jacques-Noël Pérès, teólogo francés, es pastor de la iglesia evangélica Luterana de Francia. Presidente del centro luterano de París y del movimiento “Iglesia y Mundo Judío”, es profesor del departamento de estudios ecuménicos del Instituto Católico de París.

*: el uso del asterisco esta implementado para evitar usar el genérico masculino. La @ tampoco es conveniente en estos términos, ya que implica una derogada dualidad genérica y además es difícil leer por programas utilizados por personas ciegas o ambliopes……..

Al conmemorar las iglesias protestantes un nuevo aniversario del nacimiento del gran reformador Martín Lutero, no están rindiendo homenaje ni a su fundador (esas iglesias consideran que su doctrina se basa en el evangelio de Jesucristo) ni a un santo cualquiera. El homenaje apunta al genio de ese hombre, tal como fue, con sus ardientes intuiciones y también con sus debilidades, empeñado en regir su vida entera por el evangelio. Y cuando en estos términos hablamos de una vida no sólo nos referimos a su aspecto religioso, a la fe y a las aspiraciones espirituales, sino también a la existencia cotidiana. En efecto, además de dirigirme primordialmente a la práctica de la fe, a la que se proponía liberar de lo que estimaba adventicio, la reforma luterana se esforzó también por hacer de la persona cristiana un ciudadano responsable dentro del mundo de la creación en que dios le puso. La persona debe, así, ser responsable en la ciudad y en la sociedad en que le corresponde vivir. ¡Qué época la de Lutero! Recordemos que fue la de Erasmo y Rabelais, la de Durero y Miguel Ángel, la de Copérnico y Paracelso, la de Maquiavello, Ignacio de Loyola, Magallanes y tant*s otr*s que ilustraron las ciencias, las letras, las bellas artes y todas las esferas del espíritu. Con justicia esa época se llama el renacimiento. Fue también el siglo de Fausto o, si se quiere, el de la familia Fugger o Fúcar, el siglo en que se creía que el dinero podía comprarlo todo. El desarrollo del comercio y de las finanzas conducirán a las personas del siglo XVI y de los siglos siguientes por un nuevo camino. Observarán el mundo bajo un aspecto diferente y la sed de aprender, nueva también, no tardará en imponerse entre ellos. Quisiéramos destacar en estas líneas algunos aspectos importantes del pensamiento de Lutero sobre la educación, en relación con la cultura de su tiempo y tal vez también del nuestro.

Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 en la ciudad de Eisleben, en Sajonia; era hijo de Hans Lutero y Margretha Ziegler. “Soy hijo de campesino; mi padre, mi abuelo y todos mis antepasados fueron verdaderos campesinos”, escribía Lutero. Lo del origen campesino es cierto, pero sus padres habían ido a buscar fortuna en las minas de cobre y de plata de la región de Mansfeld, donde la familia se instala a partir de 1484 y donde el padre de Martín llegará a ser miembro del consejo municipal de la ciudad. El joven Lutero fue educado con métodos rudos, como el mismo recuerda en sus Conversaciones de sobremesa: “Mis padres eran muy severos conmigo, lo que determinó mi timidez. Un día, por una mísera nuez mi madre me azotó hasta hacerme sangrar. Mis padres sólo deseaban mi bien, pero eran incapaces de conocer el carácter de una persona y sus castigos eran totalmente desmesurados”. Lutero tendrá en cuenta estos recuerdos al reflexionar más tarde sobre los problemas de la educación.

El joven Lutero estudió en la escuela Latina de Mansfeld, fue enviado luego a la escuela de los Hermanos de la Vida Común, en Magdeburgo y finalmente a la escuela parroquial de Eisenach. Prosiguiendo sus estudios en la Universidad de Erfurt, obtiene los grados de bachiller y de “magister artium” (maestro en artes). Se abre ante él la carrera jurídica, pero contrariando la voluntad de su padres, prefiere ingresar en el convento de los Ermitas Agustinos de Erfurt.

1507 recibe las órdenes sacerdotales, dedicándose desde entonces al estudio de la teología.

1512 obtiene el título de doctor en teología y a partir de

1513 enseña las santas escrituras en la Universidad de Wittenberg. Lutero consagra desde entonces todas sus energías al servicio de las escrituras que comenta con pasión y que le llevan a emprender la reforma de la iglesia.

1517 en nombre de los principios que discierne en la biblia publica el 31 de octubre sus 95 tesis contra las indulgencias, en una acción considerada generalmente como el comienzo de la reforma, aunque ésta ya existía en germen desde mucho tiempo atrás. Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg sus famosas “95 tesis” en que condenaba los abusos eclesiásticos. Suele considerarse que ese gesto precipitó la reforma que pronto iba a difundirse por el norte de Europa ejerciendo una gran influencia no solamente en la religión cristiana sino también en el pensamiento social, económico y político de Occidente.

1520 será el año de los “grandes escritos reformadores” como se denomina al manifiesto. A la cristiana nobleza de la nación alemana y a los tratados La cautividad babilonica de la iglesia y La libertad del cristiano; será también el año de la bula Exsurge Domine, por la que el Papa excomulga a Lutero. A partir de ese año las cosas se aceleran.

1521 la Dieta de Worms destierra a Lutero del Imperio.

1521-22 confinado en la fortaleza de Wartburgo por el Elector de Sajonia, Lutero traduce el nuevo testamento al alemán (en 1534 terminará la traducción completa de la biblia), forjando lo que llegará a ser la lengua alemana moderna.

1524-25 tiene lugar la triste guerra de los campesinos; en 1525 la polémica con el humanista Erasmo de Rotterdam sobre la cuestión del libre albedrío, del siervo arbitrio y el matrimonio de Lutero con Catalina Bora.

1529 los teólogos protestantes presentan ante la Dieta Imperial reunida en Augsburgo su profesión de fe, llamada Confesión de Augsburgo y considerada como la carta magna del luteranismo.

1546 año de su muerte, Martín Lutero escribirá y predicará sin descanso, exhortando, consolando y enseñando. La edición de Weimar de la obra del gran reformador (Weimarer Ausgabe) cuenta ya con más de cien volúmenes y no está completa todavía. El “temor de dios” regía la educación medieval cuyo propósito principal consistía en enseñar a bien morir, es decir, a presentarse ante dios considerado ante todo como un juez implacable. Corresponde a Lutero el gran descubrimiento que, más que un señor que juzga, dios es un padre que ama y que ofrece la salvación por la gracia y la fe. Este descubrimiento condujo a Lutero a concebir un nuevo sistema educativo. Preciso es destacar que ya en 1520 en uno de los tres grandes escritos reformadores, A la cristiana nobleza de la nación alemana, Lutero dedica varias páginas a los problemas de la educación e incluso esboza un programa de reforma de la universidad. Para comenzar, rechaza la escolástica y la educación basada en textos de segunda mano y propicia el retorno a las fuentes.

Aboga por el estudio de las lenguas, no como un objetivo en sí, sino como un medio para lograr una mejor comprensión de la biblia: “Aceptaría gustoso conservar la Lógica, la Retórica y la Poética de Aristóteles que, presentadas en forma nueva y abreviada, se lean con provecho y ayuden a los jóvenes a dominar el arte de la palabra y de la predicación; pero sería preciso suprimir los comentarios y los escollos y así como leemos la Retórica de Cicerón sin comentarios ni glosas, deberíamos leer la Lógica de Aristóteles tal como es, despojándola de todos esos largos comentarios. Actualmente ésta no ofrece ninguna enseñanza útil al orador o al predicador ni da lugar a discusiones y argucias. A lo propuesto uniríamos las lenguas, latín, griego, hebreo, las ciencias matemáticas, la historia, respecto de las cuales me remito a jueces más competentes que yo, y si nos esforzáramos seriamente por realizar una reforma, los resultados serían excelentes”. Pero Lutero no se interesa solo por la Universidad. En sus proposiciones sobre la escuela elemental pide, lo que constituye entonces una novedad, que en cada ciudad y en cada aldea haya una escuela abierta no sólo a los niños, sino también a las niñas: “Quiera dios que cada ciudad tenga una escuela de niñas, en las que se les enseñe el evangelio en latín o en alemán, durante una hora al día”. Lo que evidentemente muestra este párrafo es que el reformador quiere, ante todo, que cada cual pueda leer y comprender la biblia. Algunos años después, en 1524, en su Carta a los magistrados de todas las ciudades alemanas invitándoles a que abran y mantengan escuelas cristianas (el título es en sí mismo todo un programa) Lutero desarrolla una argumentación que aún ahora nos parece singularmente moderna: “Estimados Señores, si cada años es preciso gastar tanto en armas de fuego, caminos, puentes, diques e innumerables cosas de ese tipo para que una ciudad pueda gozar de paz temporal y de seguridad, ¿por qué no gastar sumas similares en favor de los pobres jóvenes necesitados, pagando a uno o dos hombres calificados como maestros de escuela?”.

A los ojos del reformador el maestro de escuela goza de gran prestigio. Es así como, en su sermón de 1530 Sobre el deber de enviar a los niños a la escuela, Lutero declara que si no fuera predicador, la función que más le gustaría desempeñar sería la de maestro de escuela. Y explica el interés y el agrado que depara “doblegar y criar arbustos jóvenes”, aunque algunos, desgraciadamente se quiebren. Lutero tiene perfecta conciencia de la grandeza de la misión que corresponde a todo educador y al destacar los aspectos estimulantes de esa función, no oculta los posibles fracasos. A este respecto no es ni ingenuo ni utópico y comprende que la educación teórica no constituye un fin en sí ni es suficiente para la vida. Insistentemente pedirá que junto con la educación de la escuela se dispense la enseñanza de un oficio: “Envíese a los niños una o dos horas diarias a una escuela semejante y hágaseles trabajar el resto del tiempo en casa y aprender un oficio o aquello a lo cual se les destina, de modo que ambos aspectos vayan a la par mientras son jóvenes y pueden dedicarse a ello”.

Destaquemos otro aspecto del pensamiento de Lutero sobre la educación. Aunque sostiene a veces que las escuelas son indispensables debido a la frecuente ignorancia de los padres, incapaces por ello de dar a sus hijos la educación necesaria, cabe advertir que a cada punto fundamental de su Pequeño catecismo, que data de 1529, Lutero antepone esta frase; “Cómo un padre de familia debe presentarlo y enseñarlo con sencillez a sus hijos y a sus servidores”. Hay que notar que la enseñanza (ciertamente, se trata aquí de la enseñanza de la fe), no se dispensa únicamente a los hijos de familia, sino a todos los que viven bajo el mismo techo y que, además, Lutero pide la colaboración del padre de familia. Los padres no pueden ser ajenos a la educación de su prole; más aún, deben tomar parte en ella. En el Pequeño catecismo concibe el método educativo del diálogo, consistente en preguntas y respuestas que conducen progresivamente al alumno a comprender lo que el educador quiere transmitirle. Este educador puede ser padre, como otrora recomendara Lutero, o el pastor de hoy, siendo notable que en muchas parroquias luteranas del mundo entero se siga utilizando el Pequeño catecismo, que en nada ha pasado de moda. Existe efectivamente una transmisión del conocimiento, pero éste nada tiene que ver con la introducción de grado o por fuerza, de una ciencia abstrusa en un cerebro joven. La transmisión del conocimiento corresponde más bien a una tradición, constituye algo vivo, una experiencia que cada generación brinda a la siguiente.

Los reformadores que vinieron después de Lutero (Melanchton, conocido como el “maestro de Alemania”, Cavino y los demás) siguieron el mismo camino y aunque todos tuvieron rasgos originales, persiguieron los mismos objetivos. Queremos decir con ello que poseían un “proyecto cultural” que abarcaba todos los aspectos de la vida, ya sean relativos a la fe o a la sociedad. No pretendían formar sabi*s, sino hombres y mujeres capaces de vivir conforme a una regla ética que diera testimonio de esa gran conmoción de la gracia que se había amparado de ellos. En otras palabras, Lutero y sus discípulos reemplazaban el “temor de dios” de la educación medieval, que enseñaba a prepararse para la muerte, por el amor apasionado al dios de la salvación que guía por el camino de la vida. (NdC: dicho de otro modo el objetivo es evangelizar, por ende, los medios justifican los fines y no se aleja de cualquier otro fundamentalismo)

¿No sigue siendo de actualidad para nosotros estas ideas de Lutero sobre la educación? En nuestro mundo, que como el del siglo XVI se desarrolla sin cesar y cuyas mutaciones profundas percibimos cada día, ¿no deberíamos pensar, siguiendo al reformador, que efectivamente una buena educación es una educación resueltamente optimista, fruto de un diálogo constante, y cuyo objetivo es enseñarnos a vivir con la frente alta? Es cierto que Lutero insiste en lo que podríamos llamar la dimensión cristiana de la educación, dentro de la cual las escrituras ocupan un lugar privilegiado. Quiso así que se entendiera que la disciplina, la cultura e incluso la moral se supeditan a la conciencia que el cristianismo debe poseer de hallarse investido de una vida nueva que le permite finalmente afirmar su libertad frente a lo que, de otro modo, podría constituir una coacción. Lutero parece advertirnos que sólo así la educación escapará a los horizontes limitados que aquí o allá erigen los filósofos o la moda y que con demasiada frecuencia llamamos cultura, y que sólo así la educación será (y los escribimos deliberadamente con mayúsculas) Escuela de Vida.

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LUTERO, Martín

1483-1546 por Jacques-Noël Pérès “La Educación como Escuela de Vida

El Correo de la Unesco,

Madrid

España

Recopilación:

Lic.Jorge Horacio Raíces Montero
Psicólogo Clínico
infopsicologia@ciudad.com.ar
raices_montero@ciudad.com.ar
http://ar.groups.yahoo.com/group/Raices_Montero

….La génesis de la religión parece estar basada igualmente en la renuncia a determinados impulsos instintivos: más no se trata, como en la neurosis, exclusivamente de componentes sexuales, sino de instintos egoístas, antisociales, aunque también estos entrañen por lo general, elementos sexuales. La conciencia de culpabilidad consecutiva a una tentación inextinguible y la angustia expectante bajo la forma de temor al castigo divino, se nos ha dado a conocer mucho antes en los dominios religiosos que en los de la neurosis. Podríamos arriesgarnos a considerar a la neurosis obsesiva como la pareja patológica de la religiosidad; la neurosis, como una religiosidad individual, y la religión como una neurosis obsesiva universal. (Sigmund Freud).

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