A la Hora del Mito no Existen Razones.

13 03 2010

https://i2.wp.com/upload.wikimedia.org/wikipedia/en/8/84/Che-movie-poster2.jpg

Por José Vilasuso.


La verdadera prueba es la convicción.
Ernesto Guevara.

Acabo de leer una columna rubricada por Rosa Montero en El País de Madrid sobre el Che Guevara. Para el lector gustoso de un periodismo objetivo al margen de partidismos y artificios retóricos, con este trabajo doña Rosa seguramente lo complacerá.

No me permito el lujo de tomar ideas ajenas a menos del obligado reconocimiento, y esto no prueba la carencia de las propias; sino su pertinencia.

Los mitos no corresponden a la razón sino a los sentimientos. Bonita frase, buen pensamiento, irrebatible e irreemplazable idea; pero con los dedos de una mano se pueden contar los que la tienen en cuenta, al menos tratándose de lo que se trata, Cuba. Sin embargo, ahí se enraíza el meollo de esas campañas a base de camisetas, rótulos ampulosos y hasta parrafadas que igualmente las pudo acuñar San Francisco de Asís allá en su tierra de Asís – valga la redundancia – por los siglos de la Edad Media. Lo grave del caso es que una buena porción de los portadores y porteadores de tales ditirambos, pompas y grandielocuencias, como no leyeron a Francisco ni escucharon al Che, sencillamente se deslumbran al lanzarlas a gusto del consumidor unidas a todas las lindas peripecias cinematográficas que imaginarse pueda sin necesidad de repetirlas aquí; “’los pobres, el pueblo, la liberación, la guerra de guerrillas y por ahí pa’ bajo.

Sí, hijos de mi corazón. Hace rato que debíamos haber aprendido que la opinión política no se debe trazar por lo que se desea decir, escuchar y saborear; sino por su realidad; los hechos como palos de trapear. Es plausible, conveniente poseer ideales y lo contrario sería inocuo e incluso aborrecible. Tanto que los hombres que sólo piensan en su barriga no deben servir para gran cosa y jamás serán modelo para nadie. Aparte de que los tiempos y las circunstancias en que estamos inmersos no ameritan encogerse de hombros y pensar que llegamos a la conclusión de la sociología. Por no contarme entre los afectos a planteamientos apocalípticos. Considero la protesta, la rebeldía y la inconformidad justa no solamente deben recibir nuestro espaldarazo sino hacerlos propios. En eso va la reputación y el prestigio si se nos permite emitir el desahogo.

Ahora bien, nada obliga a adherir las mejores y más nobles aspiraciones humanitarias a ningún personaje dado que las circunstancias de su caída resultaran idóneas para montar un tinglado publicitario de indiscutible efecto internacional. Todo hombre muerto merece respeto. Todo militante de cualquier ideología que cae luchando por la misma tiene que cultivar un recuerdo, murió con las botas puestas. Aunque no es menos cierto que a la hora de instrumentalizar su homenaje no debe perderse de vista el total de su ejecutoria con altas y bajas; de lo contrario se lesionará seriamente su aureola personal puesto que tan pronto la pasión se diluya su prestigio quedará al garete. Aprovecho para insertar que en el juicio de Dios – no importa el momento de la muerte – no se basa en hecho particular alguno; sino que toma en cuenta desde el nacimiento de la criatura hasta el latido póstumo de su corazón. Así concibo la justicia para todo mortal – incluyendo los héroes – al instante de resumir su residencia terrena.

Mas la ola de hoy nos ofrece una visión parcelada en la vida del guerrillero argentino. Se ha pormenorizado la fase de la víctima, ocultando la del verdugo. Se cuenta aquello que alimenta el mito mientras se descarta lo que lo evapora. No se ha sabido ser realista. Se juzga con unos ojos de diosa justicia que fueron despojados de la venda. Tenemos a la mano una taxonomía voluminosa y detallada de lo que le hicieron al personaje; más engavetaron lo que antes él hizo a otros tantos, tantos otros. No hay balance y de esa forma nada se adelanta. La preocupación por lo justo no ocupa espacio alguno en este valimiento. A la prueba irrebatible se contrapone la mixtificación. No en balde la dislocación levanta cólera, saca ronchas, y en poco tiempo todo se vuelve un ácido intercambio de desbarres y vituperios. Galimatías por confrontaciones. No, nada se progresa derrochando las emociones; enconamos más los ánimos.

Con el mismo objeto considero pertinente sacar a colación la incidencia de queridos oponentes al mito cuyos descargos, acusaciones y hechos esgrimidos, por carambola, ofrecen nuevos puntos a favor del icono. Sin pretenderlo han construido otra prueba efectista y poderosa de que Guevara fue sacrificado incalificablemente. Basta contemplarlo esposado con la cabellera suelta y conducido por guardias armados. La imagen por excelencia de la víctima. Recuerda grotescamente algo sublime. En cambio vistas así las cosas para los queridos acusadores y denunciantes sus captores y ejecutores son los buenos de la película. Una vez más los extremos se tocan.

No puedo omitir la cita de un ilustre compatriota de luenga y memorable prosapia publicitaria quien atribuyó la friolera de cincuenta mil ejecuciones al gobierno actual. ¡Cónfiti, yo que estuve parado frente al paredón para reflexionar mejor sobre la naturaleza de aquellos episodios! Ni con ametralladora calibre cincuenta. Además el ejército constitucional – incluyendo marina, aviación y policía, – no llegaba a cuarenta y ocho mil hombres en 1958.

Amén que la elevación al cubo de tales pifias y desboques ha alcanzado el tope gracias a la formidable orquestación en contrario de determinada prensa internacional, especialmente la de Estados Unidos, con sus excepciones. Por los excesos de aquello, éstos han podido acreditarse renglones no menos infundados. Y a la recíproca. Es el duelo de las pasiones braceando en mar revuelto.

Vamos al caso, es deseable que la opinión pública sana prevalezca sobre el marasmo de izquierdazos y derechazos, la misma no se puede vertebrar con los latidos fuertes del sistema cardiovascular; sino con la sesera o el moropo que no es solo para calarse una bonita peluca de pajilla fina. Es aconsejable dejar a un lado acaloramientos y posturas preconceptuales para recopilar situaciones y circunstancias diferidas sin las que nunca llegará la luz a los ojos ni la paz a la conciencia. Gústenos o lo contrario se da por la vena del gusto a Robert Redford, a Hollywood, o incluso a los casos aparte de tantos sudamericanos que tienen sobrado derecho a sentirse coopartícipes de una aventura romanticona, bien narrada, acaecida en su continente y que por cierto al estudiarse con detenimiento se percibe la ausencia de Castro como padre de la criatura; por no añadir el reconocimiento tácito de un nuevo embarque para eliminar a otro rival de cuidado. Como a Camilo, Pazos, Hubert, Frank, Ochoa…

En dirección correcta y a mayor abundamiento. No es posible valorar la omisión de la etapa patibularia, desollante de Guevara, por ejemplo, en una obra como Biografía del Che por Jorge Castañeda, una de las mejor documentadas, amena y de concentrada lectura. A fin de cuentas todo trabajo por recomendable, no excluye a terceros de suplir sus lagunas. La historia no la escribieron solamente Tácito, Jonhson o Toynbee. La historia no se ha dejado de escribir. La historia se sigue escribiendo día a día. A la bibliografía profusa y confusa sobre el personaje discutido débese añadir la recopilación pormenorizada y exhaustiva del período comprendido entre su llegada a la provincia de Las Villas hasta el resumen de las funciones de la Comisión Depuradora en La Cabaña. Son meses cruciales cuya omisión desvirtúa la credibilidad de cualquier figura de carne y hueso, la única con derecho a entrar en la historia. Este período establece un balance revelador capaz de excluir el mito para esclarecer una personalidad y su conducta en conjunto. Se dirige entonces la mirada a un carácter muy particular que tal vez entraría en el campo de la sicología. Guevara fue un hombre de capacidades múltiples. Lo recuerdo sentado en su escritorio mirando de frente, a la caza de opiniones nada afines a la suya. Le gustaba o mejor gozaba de la polémica en buena lid. Entrar al pulso de las ideas y remojar en el calor del debate. Se sentía fuerte por su convicción marxista leninista y restaba peso a la del adversario. Pero escuchaba, sabía escuchar y nunca le oí una expresión de desprecio o menoscabo hacia aquél. Su polémica pública con Pepín Rivero director de El Diario de la Marina ilustra sobradamente este destello de su carisma. A veces y no sin razón se duda que un hombre responsable de la ejecución a sangre fría de más de dos centenares de oponentes, varios personalmente, pueda lucir sereno y luego fumándose un grueso tabaco, se sentara tranquilamente a discursear. Mas aun si se tiene en cuenta cuántos de sus subalternos en aquella jornada terminaron desquiciados, deprimidos, locos, esfumados como por encanto, o dimos un giro de noventa grados en nuestra postura política. Para el comandante las ejecuciones eran una fase indispensable de un proceso único que se iniciaba con sangre. Lo cruento ofrecía al régimen cariz epopéyico. Es sabido que la tragedia expone el máximo de la intensidad dramática. Guevara manejó estos elementos con fría naturalidad, fueron sus herramientas de trabajo, y quizás su obsesión permanente. En su mirada y repetidas frases brota la tragedia. Su recuerdo por generaciones ha quedado profundamente grabado junto al dolor. Hizo sufrir a muchos. Se cuenta que en una ocasión desaprobó la revolución del coronel Nasser al enterarse que no hubo confiscaciones ni exilados arruinados. Su insensibilidad ante la madre de Ariel Lima, implorando de rodillas que le salvara la vida a su hijo, mientras Guevara siguió de largo. Mueve a reflexión.


A los efectos de las responsabilidades como presidente de la Comisión Depuradora la visión de truculencia necesaria traspasa los límites de cualquier criterio objetivo mínimo. Ernesto Guevara implantó una regla de juego con carácter absoluto. Para él las ejecuciones alcanzaron sitial máximo mientras las pruebas en juicio quedaban relegadas, cuando no innecesarias. Su idealismo envolvía el concepto de justicia cual boa constrictor a su víctima indefensa. Con el propósito de condenar al mayor número de prisioneros posible nos exigía prescindir de evidencias y basarse únicamente en la convicción. Además, no daba tregua, quería las causas a la mayor brevedad. Esto partía de que todos los reos eran unos asesinos. Cuestión de bandos y radicalismo por tres bandas. Nunca alcanzó a privilegiar al ser humano por encima de la ideología, por no decir del poder. Al final de tales afirmaciones poniéndose de pie, y simulando apuntar con una ametralladora, solía agregar: “yo los pondría a todos en el paredón, y con una cincuenta: ratatatatatatata……………. A todos.”

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